miércoles, 30 de septiembre de 2009

Sin musa

Como cuando no dices nada porque no queda nada que decir. Cuando se rajan poco a poco los retales de una red enorme. Cuando un pintor observa delante de sí un lienzo que se torna gris sin haber trazado siquiera una mísera pincelada. Cuando sobre el cielo no hay nubes que hagan plasmar en el suelo las irregulares gotas de lluvia. Cuando le echas sal a la tierra y tratas de sembrar luego. Cuando un deportista pierde las piernas o un alfarero se queda sin barro.

Una habitación vacía con paredes blancas esperando a ser amueblada, pero sin nadie para darle el calor de la vida. Una guitarra sin cantautor. Un telescopio sin estrellas. Como un vacío inexplicable que parte las palabras en dos hasta que pierdan forma.

Un cuento sin niño que anhele conocer el final. Como una línea en el espacio.

Una pluma sin tinta.

Un folio sin inspiración.

Un ataúd sin muerto.

Un todo sin nada.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Fallar

La calle estaba casi vacía, debido a la hora de la noche en la cual se encontraban. Ellos dos se miraban con la comprensión que da la confianza, con la confianza que da el afecto y con el afecto que da el amor. En el fondo era irrelevante que Él tuviera los ojos llorosos o que en el rostro de Ella se reflejara la contrariedad de querer ayudar y no saber cómo. Ninguno hablaba, bien porque no hiciera falta o bien porque estaba ya todo dicho.

Las farolas parecían los focos que iluminaban lo que sólo era un escenario, por el cual los dos actores iban avanzando. Cada uno representando su papel. Ella el de persona comprensiva pero impotente ante una situación que no debería producirse. Él frustrado ante la perspectiva de que daba igual lo que hiciera, daba igual lo mucho que se esforzase o que se prometiese a sí mismo una y otra vez que podía con aquello (o mejor dicho, que podía con él mismo).

Ambos deseaban sentir al otro cerca, pensar que aquél mal rato estaba sólo en sus cabezas. Dormir durante uno o dos días, con la esperanza de despertarse y darse cuenta de que había sido un sueño. Y sin embargo, caminaban a una distancia de seguridad, como si al tocarse fuera a producirse una descarga eléctrica. Y en el fondo así era.

Y como siempre, una sonrisa de Ella sacó de su ensoñación a Él. Sus ojos volvieron a cruzarse y de nuevo intercambiar palabras hubiera sido superfluo. Se dijeron todo, en el sentido más amplio, sencillo y sincero, sin que ningún sonido saliera de ninguna de sus bocas.

Al final se despidieron, cada uno con dirección a su hogar. Ella regresando inmerecidamente cabizbaja a su casa. Él, temeroso de creer que la estaba fallando. Que no se merecía su comportamiento y diciéndose a sí mismo, como siempre, que la próxima vez sería mejor. Le aterrorizaba pensar que la estaba perdiendo poco a poco, y trataba de atesorar en su memoria todas las sonrisas suyas que había podido contemplar.

Era muy probable que al día siguiente todo aquello le pareciera irrisorio o sin razón de ser y que volvieran los buenos momentos. Sin embargo seguiría pensando que no estaba respondiendo como se merecía a Ella.

No obstante, le consolaba pensar que, a su modo, los focos no se habían apagado todavía. Que quedaba mucho escenario por recorrer.

Y que los actores seguirían avanzando. Unas veces un poco separados. Casi siempre abrazados.

Pero siempre juntos.

sábado, 25 de julio de 2009

Velada

El salón únicamente estaba alumbrado por una lámpara, y hacía tiempo que, fuera, las farolas daban luz a la ciudad. Sentado en un cómodo sofá de cuero, observaba como mi compañero de velada daba vueltas alrededor de una habitación atestada de libros sobre estanterías. Algunos de esos libros tenían su nombre impreso en el lomo. Paseaba nervioso, como era costumbre en él, pese a que no parecía preocupado. Era bastante activo e incapaz de permanecer quieto y, las más ocasiones, callado.

Yo, en cambio, nunca he sido mucho de hablar. Sentado, allí, apuraba el cigarrillo que sostenía entre mis dedos y observaba, con desdén, cómo mi vaso de whisky comenzaba a terminarse. Mi amigo no tomaba nada, como era ya habitual en él. Observaba yo el techo, completamente absorto, sabiendo que tarde o temprano él acabaría por sacar conversación. Finalmente, mis predicciones dieron su fruto.

- ¿Sabes? Muchas veces me pregunto hasta qué punto nuestras formas de expresión son distintas. Quiero decir, eres un compositor de éxito, tus discos se venden bien, no así como la mayoría de mis libros, que en muchas ocasiones ni yo alcanzo a comprender. Siempre he entendido que eres un músico realmente capaz por lo que se dice, si bien yo no tenga realmente herramientas para saber hasta qué punto eso es cierto. No obstante, lo que expresas, me parece en muchas ocasiones frío, como si tus canciones no fueran del todo un reflejo de ti.

- Bueno, eso es muy relavito, ya lo sabes –contesté, apoyando el vaso en la mesa tras haberlo terminado del todo durante la exposición de mi interlocutor-. Siento lo que canto como una forma de mostrar cosas que veo o de cosas que me impresionan.

- Quizá yo sea más visceral en mi correspondiente arte. No negaré que hay canciones tuyas que realmente me llegan o emocionan, pero es con mis escritos, tanto cuando trabajo con ellos como cuando simplemente los releo, cuando realmente llego a sentir lo que estoy recibiendo.

- No entiendo.

Se levantó y fue hacia la ventana. Solía abrirla después de que alguien estuviera mucho tiempo fumando en su salón. Pareció que algo llamó su atención y pidió que me acercara a la ventana. Afuera, un grupo de jóvenes estaban pegándose.

- Se podría decir que mi forma de expresión se asemeja a eso que ves.

- Oh, por favor, no empieces. Esa gente va metida hasta el culo, no creo que puedas encontrar un ejemplo de algo que se te parezca menos.

- No negaré que odio a esa gente. Sabes de sobra que considero ese tipo de vida y actividades como una forma inútil de evadirse y un patético intento por dejar de pensar en lo asquerosa y vacía que es su vida. Conoces lo que siento cuando esos temas me tocan de cerca y pocas personas aprecian del mismo modo que tú, querido amigo, el vacío que siento en esos casos. Alguna vez he sentido deseos de hacer volar por los aires a ese tipo de personas y su falta total de apego y aprecio a la vida me dan ganas de vomitar. Tú mismo me dijiste en una ocasión que considerabas que no entendía porqué había personas que necesitaban en algún momento dejar de ser ellas mismas para pasárselo bien, y acertaste de pleno. Y, no obstante, en ejemplos como este, puedo entender porqué mi forma de expresión es mucho más visceral que la tuya.

- No lo entiendo. Dices que odias a esa gente pero que identificas tu forma de expresión con una reyerta entre borrachos.

- Bueno, todo tiene una explicación. ¿Ves a aquél chico en el suelo, sangrando? Ha caído, está hundido. Sin embargo –mientras hablaba, el chaval comenzó a levantarse-, es capaz de sobreponerse, ir hacia aquello a lo que odia y golpear –mientras hablaba, el muchacho comenzó a correr y empujó a otro, mucho más grande que él, al suelo. Una vez allí, comenzó a propinar puñetazos al chaval inmovilizado-. Del mismo modo que ese muchacho descarga su ira contra una cara, yo lo hago con un folio. Él no será del todo consciente de lo que pasa y sólo cuando lo que tenga delante sea una masa sanguinolenta que diste de ser una cara, será consciente de qué ha hecho. Lo mismo me pasa a mí, para mí las palabras no dejan de ser otro tipo de puñetazos. Mis textos son una forma alternativa al lloro, a la tristeza, a la melancolía. Precisamente por eso puedo llegar a identificar eso.

Estuvimos durante un rato en silencio, observando la reyerta. Hacía tiempo que la persona inmovilizada no se movía, pero la persona de encima seguía golpeando. Finalmente, mi amigo se giró y cogió la botella de whisky de la mesa y volvió hacia la ventana.

- ¿Vas a volver a beber?

- No. Sin embargo, aunque pueda reconocer en esa violencia mi forma de expresión, has acertado en una cosa. Una cosa crucial.

- ¿El qué?

- Que odio a esa gente.

Al terminar la frase, lanzó la botella, que impactó sonoramente en la cabeza del chico, que continuaba golpeando. El vidrio se hizo añicos, y el cuerpo cayó sonoramente al suelo. La cantidad de sangre que manaba y el tamaño de la brecha hacían pensar que ya estaba muerto. Yo estaba aterrado. El que hasta hace unos segundos estaba lanzando el proyectil cristalino por la ventana, se giró hacia mí.

- Quizá, para redondear esta velada, cabría decir que tú y yo somos partes de una misma persona, pero sería mentir. Pobre de aquél que tenga que albergar en su interior dos personalidades tan contrapuestas como la nuestra. También podríamos decir que necesitamos el uno del otro para coexistir, pero podríamos hacerlo, sólo que quizá seríamos distintos. En realidad, sólo hay una forma buena de terminar con esta noche.

- ¿Cuál? –contesté, perplejo.

- Yéndote. Tengo que escribir.

martes, 16 de junio de 2009

Edunel I

Me da la sensación de estar escoltado por dos grandes montañas vestidas con bata blanca que me sujetan con firmeza. El presidente de la junta que está decidiendo el estado de mi salud mental me mira. No distingo bien su cara. Por mi mente pasan distintas opciones.

En una, muestra una macabra sonrisa y me mira con crueldad. En otra, siente con tristeza tener que acarrear con la carga de tener que decidir sobre mi futuro. A veces mostraba indiferencia e incluso rechazo. En una versión hasta me golpeaba. No obstante, todos los rostros convergieron en una misma realidad.

Miguel Díaz. Mentalmente inestable. Sufre de habituales paranoias, falta de atención. Enumera distintas dolencias que no entiendo, pero que se traducen en un inapelable hecho. Incapaz de poder vivir en sociedad.

Me conducen a mi nuevo lugar de residencia. Un manicomio, u hospital psiquiátrico, como los llaman ahora. Las paredes blancas, completamente frías e impersonales. Las puertas de las habitaciones, de un verde apagado, van pasando tras de sí una tras otra, firmes como si me estuvieran haciendo pasillo.

La voz que me acompaña me comenta cosas como lo bien que voy a vivir allí. Me lleva hasta mi habitación. Por lo visto soy lo suficientemente estable como para no necesitar paredes acolchadas. Alzo la vista y veo por primera vez la cabeza de mi guía. Es la misma que tendría un toro cualquiera. Agito la cabeza. Sé que no es real. Pero la cabeza sigue allí, con una firmeza y consistencia que roza el insulto.

Aprieto los dientes y trato de ignorarla. Mi cabeza comienza a tener pequeños espasmos que mi acompañante advierte enseguida. Trata de calmarme y me dice que me acompañará a la zona de descanso. Me mueve a través de un recorrido que parece interesante únicamente por lo nuevo, pues no hay nada en él que merezca la pena recordar. O quizá haya algo que merezca la pena recordar pero fui incapaz de verlo.

Miro la sala a donde me conduce. Soy incapaz de discernir si todos los internos son conscientes de su situación, o si soy el único capaz de ver que está encerrado. Sobre una silla, hay una muchacha con las rodillas agarradas, tarareando una canción que no llego a reconocer. Varias personas corren alrededor de una columna invisible. Unos cuantos se concentran en torno a un televisor donde aparecen dibujos animados. Un hombre juega con un tren imaginario. Una mujer lee un libro, sentada tranquilamente.

Me siento a su lado, tratando de ver el título de la obra. Hamlet. Recuerdo haberla leído. Si la memoria no me falla, fue hace cuatro veranos, sentado en la terraza, frente al mar. La paz que se respiraba entonces… Los recuerdos se agolpan en mí, y de mis pulmones brota un suspiro que hace que la chica levante los ojos del libro. Sonríe, con dulzura. La primera cara amable que recuerdo en mucho tiempo y ni siquiera sé si es real.

- No me suena tu cara. ¿Eres nuevo? –me pregunta. Su voz suena como una cascada. Como el aleteo de miles de mariposas. Como sentir el Sol en la cara. Como el sueño de dos enamorados.
- Acabo de llegar. ¿Tú llevas mucho?
- No recuerdo mi vida fuera de aquí, y sinceramente no creo que importe mucho. Ahora soy quien soy y me gusta.
- Pareces una persona bastante cabal. No entiendo qué puedes hacer aquí.
- Bueno, como ya te he dicho, no sé cómo era mi vida antes. Ahora sólo sé que mi vida es lo que yo quiero que sea en cada momento. Y bueno, supongo que si sigo aquí, es por Edunel.
- ¿Edunel? –pregunto, extrañado-. ¿Qué es eso?
- No suelo contarlo, y como puedes observar –hizo un abanico con el brazo, señalando al resto de personas de la estancia-, no hay muchas personas con las que merezca la pena hablar aquí. Quién sabe, a lo mejor serás tú la primera persona que oiga la historia de Edunel, pero no será hoy. Pero bueno, no interrumpamos lo que parece ser una agradable conversación por algo así. Cuéntame, ¿Qué hace que estés aquí?
- Creí ver una paloma blanca encima de un policía. Se reía de mí, me insultaba. Me gritaba que estaba loco, que había perdido el juicio. Al final ni siquiera veía al policía. Salté sobre su cabeza, gritando y llorando. Al final me arrestaron y al tomarme declaración llamaron a lo que ellos denominaron “un experto”. Después, todo es una niebla de conversaciones que han hecho que termine aquí.

Un tenso silencio se adueñó de la sala. El tiempo pareció detenerse. Nuestros ojos se cruzaron. Algo cálido se apoderó de mí y cerré los párpados, tratando de memorizar la sensación, abrazarla con fuerza y pensar que duraría para siempre. El caos en el que se había convertido todo parecía insignificante ante el espasmo que salpicaba todos los rincones de mi consciencia. Como el mar revuelto. Como un grupo de caballos corriendo salvajes por un camino de tierra. Como una bandada de gaviotas sonriendo a las nubes.

Pasaron los meses.

Los mejores meses de mi vida.

Todas las tardes me dirigía a la zona de descanso y hablaba con aquella chica. Pude desvelar mis inquietudes, filosofar, reír. Todo junto a ella. Como una flor abriéndose. Como escuchar el palpitar de un corazón apretando la oreja contra un pecho. Como un globo sin nadie que lo sujete.

No éramos dados a grandes palabras, a discursos elocuentes o a conversaciones trascendentales. Discerníamos acerca del porqué del color del cielo. Nuestros debates podían tratar temas como el porqué de las cerezas o cuál es el motivo de que las lágrimas nazcan en los ojos.

No buscábamos, empero, una explicación científica. Llegamos a la conclusión de que el cielo empezó a ser azul cuando éste se enamoró de un pavo real. Acertamos a decir que las cerezas nacieron fruto de la tristeza de un niño al que le habían roto el corazón sentado bajo un cerezo, llorando desconsolado la pérdida de su primer amor. Afirmamos, sin miedo, que las lágrimas era una condensación de la felicidad que se escapaba cuando estábamos tristes.

Una noche, contemplando las estrellas a través de una ventana enrejada, recordé mi primera conversación con ella. Yo estaba de espaldas a ella mientras me acariciaba el pelo, y la ventana estaba a escasos centímetros de mi cara.

- ¿Recuerdas nuestra primera conversación? –dije.
- Claro –su voz sonaba animada-. La primera interesante que tuve en mucho tiempo.
- Hablaste sobre Edunel, pero me dijiste que todavía no podías contarme su historia. ¿Crees que hoy será el día?
- Si así lo quieres, te narraré la historia. Empieza con una niña pequeña, joven e inexperta en el arte de la pantomima. Todo lo que hacía era un esfuerzo intenso por parecerse a los demás, por hacer las cosas como ellos querían. Afirmaba lo que querían oír y se amoldó a una realidad que le impusieron. Aceptó todo lo impuesto como verdad dogmática, incluso lo insinuado o lo aconsejado. Apartaba de su pensamiento cualquier tipo de idea extraña, por mucho que le interesara. Hasta que un día se cansó. De su cabeza volaron todas las ideas que conforman Edunel. Le bastaba pensar en algo para creer que era cierto. Construyó una realidad alterna, pero, ¿Quién puede culparla? La coartaron hasta el punto de que explotó.
- Bueno, pero esa niña no vivía realmente todo lo que se imaginaba. Únicamente creyó vivirlo.
- Oh, vamos. No hables como si fueras el psiquiatra y yo la paciente. Ella creía que era cierto. Vivió de puertas para fuera tal y como la gente quería que se comportara, pero dentro de ella vivía aventuras. Surcaba los mares en busca de tesoros. Lideró batallas. Compartió experiencias con personajes únicos. ¿Ves aquella estrella? –su brazo señaló un brillante punto en el firmamento. Asentí-. Ella estuvo allí. Cada minuto en Edunel fue para ella un aprendizaje. Desear vivir tal y como ella deseaba hizo todo aquello tangible, transformó su sueño en conocimiento.
- No es un conocimiento real.
- El grado de realidad depende de la percepción si hablamos de experiencias. En su mundo lo que aprendía tenía sentido y repercusión allí. Nadie en todo Edunel era capaz de manejar los barcos como ella, aunque no era muy diestra en el manejo de la espada. Patentó viajes a los lugares más lejanos del cosmos y tuvo que admitir la sabiduría del anciano que vivía en la colina situada junto al río Euler. Era consciente de que aquello no podía ser útil en su oficina, para ir a coger el autobús o para comprar el pan. Pero le importaba poco.

Se hizo el silencio. Giré la cabeza. Sus ojos, fijos en el cielo, brillaban reflejo del entusiasmo y de la ilusión con la que describió el relato. Cuando vio que la estaba mirando, sonrío. Acarició mi mejilla y me besó. Suspiró.

- Quién sabe qué nos depara este universo. Quién sabe qué nos deparará Edunel. Vivamos como creamos adecuado, pero no olvidemos cuáles son nuestros anhelos. A fuerza de soñar he descubierto qué es lo que quiero –cerró los ojos-. ¿Lo sabes tú?

Justo al terminar la frase, desapareció.

miércoles, 22 de abril de 2009

Color

“El genial pintor Pedro Villalobos ha sido ingresado hoy, doce de julio, en el hospital de Buena Esperanza. Su estado es crítico y los médicos desconocen si logrará superar su enfermedad. El que es uno de los artistas más influyentes de este siglo se encuentra en su habitación, acompañado por sus familiares y amigos, que se hallan apoyándole en estos difíciles momentos que…”

Asqueado, arrojé el periódico a la papelera. Frente a aquella puerta transparente, podía observar con claridad cómo gente con bata pasaba apresurada frente a mí. Cuando me disponía a entrar oí a lo lejos el ruido de sirenas atravesando con prisa la ciudad. El lugar era tan sumamente deprimente como cabía esperar. Gente ya sin vida en los ojos caminaban como zombis, dando lo que quizá fueran sus últimos pasos. Allá donde miraba sólo podía ver decadencia y escayola, depresión y muletas, enfermedad y estetoscopios. Preguntó en recepción por la habitación de mi padre y me encaminé hacia allí.

Planta cuarta. Oncología. Habitación cuatrocientos veintiocho.

Allí el ambiente todavía era más opresivo. Allí la muerte había decidido ir de vacaciones y consideró oportuno quedarse a vivir. Avancé despacio, lentamente. Era como si todo lo que me rodeaba me hubiera contagiado de tristeza y de una quietud de ultratumba. Finalmente llegué. Habitación cuatrocientos veintiocho. La habitación de Pedro Villalobos.

Abrí la puerta y observé la habitación. De frente se observaba una gran ventana tras unas ligeras cortinas blancas que dejaban pasar la luz. A la izquierda, a lo alto y pegada a la pared, una televisión, encarada hacia una cama, que se encontraba a la izquierda, pegada a la pared opuesta. Al lado de la cama, una mesilla con una lámpara.

Toda la habitación desprendía la típica monotonía de la clínica. Todo, a excepción de un caballete que soportaba un lienzo que daba a la cabecera de la cama. Sobre la mesilla, una paleta cuyos colores se habían secado ya.

Al acercarme un poco más a la cama, pude observar que el lienzo estaba completamente pintado de negro. Giré a la derecha para situarme cerca de su cabeza. Entonces abrió los ojos por vez primera desde que yo entrara. Estaban completamente oscuros, casi apagados. Me miró, mientras suspiraba.

- No pensaba que fueras a venir –su voz sonaba completamente ronca, como si fuera un fantasma el que hablara más que un ser humano.
- No creo que merezcas morir solo.
- No entiendo el porqué. Nadie me ha importado desde hace demasiado tiempo –cada palabra le costaba mucho rato, como si pensara cada fonema antes de decirlo. A ratos, parecía que se atragantaba con su propio aire-. No te presté la atención que merecías y me dejé arrastrar por mi propia desidia.
- Ya vale papá, no hagas esto más difícil.
- Papá… se me hace raro oír eso.

Aparté la vista y miré el mobiliario, aparentando que me interesaba. Recorrí la estancia despacio y dejé mi chaqueta sobre el respaldo de una silla. Me senté y miré a mi padre. Había vuelto a cerrar los ojos y decidí observa la ventana. Los jardines del hospital estaban llenos de personas en sillas de ruedas empujadas por enfermeras. Las puertas albergaban a gran cantidad de residentes que aprovechaban el exterior para poder fumar algún pitillo. Un pájaro se posó sobre el alféizar de una habitación vecina.

- ¿Cómo está tu madre?

Me giré, sobresaltado. Viéndole ahí, tumbado, me parecía increíble que se tratara de la misma persona de hace unos años.

- Bueno, va tirando. Está de viaje con Luis durante una semana. Se han llevado a Sarita.
- Me alegro de que sea feliz – su afirmación se notaba sincera, aunque no hubo ningún cambio en el tono de su voz.
- ¿Y este cuadro? –dije, abruptamente. Nunca se me dio bien cambiar de tema.
- Supongo que es la culminación de mi vida.
- ¿No querrás decir obra?
- ¿Qué diferencia hay?

Me di por vencido y decidí ir al baño a mear. Al salir mi padre seguía ahí, donde cabía esperar. Su vida se iba agotando y nada parecía advertirlo.

- ¿Y este cuadro representa algo? –él pareció sonreír.
- Llevo tanto tiempo pintando que siempre veo mis cuadros como gritos desesperados exponiendo claramente lo que quiero o necesito expresar… Aunque no creo que hayas visto muchos de mis cuadros.
- De niño odiaba cuando me echabas de tu estudio, ya lo sabes. Nunca he prestado mucha atención a tu obra.
- ¿Puedes hacerme un favor? Acércame un libro con la tapa naranja… está en la maleta, dentro del armario…

Mientras todavía me acongojaba lo apagado de su voz, me acerqué hacia donde me había indicado. En el interior encontré una maleta grande, sin ruedas y de color verde. Rebuscando en su interior hallé el volumen del que me hablaba mi progenitor. Se trataba de un tratado sobre artistas contemporáneos. Me acerqué a la cama y se lo ofrecí a mi padre, el cual negó con la cabeza.

- Ábrelo por la página ciento sesenta y cinco -a mitad de aquella página había una foto de mi padre. En aquella imagen tendría unos veinte años-. Por favor, léeme lo que pone…
- “Pedro Villalobos –recité-, es uno de los pintores que más han influido en las generaciones que ahora comienzan en el mundo del arte pictórico. Muchos y diversos han sido los temas de sus obras, aunque con un claro cambio, sobre todo en esta, su última etapa. Recordemos que mientras en sus inicios (Pasión, Verde, Amanecer en Alcorisa…) sus obras estaban llenas de color y de personas alegres, sus últimas obras (Olvido, Soledad, Llanto, Impotencia) transmiten una gran desazón. Ignorando esto, la temática ha sido de lo más variada. Desde el tema íntimo y personal hasta paisajes, pasando por temas de índole espiritual e incluso político. “

Un suspiro muy profundo por parte de él hizo que detuviera la lectura. Cerré el libro y me acerqué para comprobar su estado de salud.

- No te preocupes, aún sigo aquí.

Se produjo en ese instante un largo y tenso silencio, como si el peso de lo trascendental se cerniera sobre nosotros, cuando en realidad no éramos más que los protagonistas de una historia cualquiera.

- ¿Por qué ese cambio en tus cuadros? ¿Qué pasó? Quiero decir, incluso recuerdo que antes no había quien te quitara la sonrisa de la cara, y de repente te transformaste en una mueca de lo que fuiste.
- Bueno, coincidieron muchas cosas. Tu madre me dejó, y lo que en su día eran dos personas abrazadas en la playa al atardecer se transformaron en un hombre de espaldas abrazando a una mujer con caras deformadas por la tristeza. Lo que eran esplendorosos recorridos, montañas altas y frondosos árboles se transformaron en un desierto de arena negra. Perdí la fe en el ser humano y lo que era gente defendiendo con firmeza sus opiniones se cambió por imágenes de muerte y guerras. Al final no pude ver nada de bueno en la vida y terminé por pintar el cuadro que ves aquí. Cuando echo la vista atrás y observo mis pinturas anteriores no puedo más que sobrecogerme al poder ver con tal nitidez lo feliz que era y lo desdichado que me siento. Mi tiempo se termina y me iré con mi alma impregnada de ébano. Pensaba que solo, pero tampoco eso cambia mucho.
- Mira papá –dije tras digerir lo que aquél pobre desdichado que era mi padre me acababa de contar-, puedes pensar lo que quieras. Lo has pasado mal en esta vida, eso no te lo va a quitar nadie. Has amado y has perdido. Has creído y te defraudaron. Has creado esperanzas en cosas que te han fallado. Nadie podrá decirte que hayas tenido fácil nada. Pero has creído, has amado y esperabas algo de la vida. Y si no hubieras estado tan sumamente cegado por tu dolor, quizá hubieras podido tener la presencia de ánimo como para intentar ser feliz. Elegiste el camino de la autocompasión, bueno, es tu elección. Pero yo todavía quiero creer que hay algo de bueno en la vida.

En el instante de acabar me arrepentí en parte de lo dicho. No dejaba de ser un moribundo y le estaba dando lecciones de cómo vivir y sufrir.

- Mira papá, lo siento…
- Tienes razón –su voz sonaba muy débil, incluso para su estado. Cuando me incorporé para verle mejor, pude observar que una pequeña lágrima resbalaba por su mejilla-. No quiero irme así, quiero creer en algo… -apenas podía respirar ya. Tragando con esfuerzo trató de incorporarse pero calló sobre la almohada-. Hazme un favor… tráeme un pequeño bote de color blanco… está en la misma maleta que antes… Ah… y trae también un pequeño pincel…

No entendí el porqué de aquello, pero obedecí, no obstante.

- Ahora, moja el pincel en la pintura.
- Papá, sabes que nunca tuve mano para el dibujo o la pintura.
- No quiero que tú pintes, esto es algo que debo hacer yo. Ponme el pincel en la mano, por favor –lo hice, con mi mano temblando-. Gracias…
Su voz sonaba todavía más débil. Me giré hacia el caballete. Seguía completamente negro.
- Papá, ¿Te acerco el caballete? –no hubo respuesta. Las máquinas comenzaron a pitar ensordecedoramente. Dos enfermeras entraron corriendo tras un doctor, que no pudo hacer nada más que confirmar la muerte. Ni siquiera me moví del sitio donde me encontraba. Lo más curioso de todo era que no me sorprendió su partida en ese preciso momento.

Y prometo por encima de todo aquello que aprecio que, tras el funeral, al colocar el cuadro en mi pequeño despacho, un pequeño punto blanco sobresalía por encima del negro dominante, justo en el centro del lienzo. Y abajo del todo, a la derecha, un pequeño garabato. La inconfundible firma de mi padre, a fecha del doce de julio de 2009.

viernes, 10 de abril de 2009

Poesía

Aquel día amaneció como todos los anteriores. El Sol, perezoso, salió por el Este, poco a poco, inundando de luz las ventanas de su cuarto. Una habitación cualquiera, como lo puede ser la tuya o la mía. Pero no era mía ni tuya, era suya. Él, poeta de profesión (por decir algo), se desperezó, encontrándose en ese estado de consciencia en el que uno es capaz de interactuar con mayor o menor fortuna con el medio, pero que luego no se sabe a ciencia cierta si esa interacción tuvo o no lugar.

Quitándose las legañas y en calzoncillos, se levantó de una forma para nada estética, estando a punto de tropezarse y caer con sus propias zapatillas de felpa. Se encaminó hacia el baño con andar algo torpe y sin el menor atisbo de lucidez, rascándose la cabeza. Una vez en el lavabo se encontró de golpe con su propia cara, reflejada en el espejo. Bostezó sonoramente a su imagen y empezó con la rutinaria tarea que era su higiene personal.

Al rato, sentado en la cocina, en bata y con la taza de café en la mano, se dispuso a leer el diario. Encontró en la sección de cultura y arte una breve mención a uno de sus poemas, lo cual lo alegró. Sintiéndose inspirado por esta aparición, se dirigió de esa guisa hacia su despacho, donde comenzó a escribir algo. Sentado en su sillón de cuero marrón y con la pluma ya en la mano, trató de rebuscar entre las vagas y somnolientas neuronas que dan lugar a la musa.

Del fondo de su alma salían las palabras que iban dando lugar a uno de los poemas que más lo estaban emocionando. De pronto, la sombra de la duda hizo acto de presencia en él al observar una de las palaras del poema. Algo contrariado, extrajo de entre los libros de la estanteria un pequeño volumen del mismo color y material que su sofá. Pasó con cuidado las páginas, rememorando pese al miedo el gozo que sintió durante la lectura de aquél ejemplar. A fin, detuvo su búsqueda. Allí, sobre el papel, se encontraban escritos, palabra por palabra, los versos que él había creído crear a partir de la nada.

Dejó el tomo en su sitio y se sentó, sin que sus ánimos mermaran. Arrojó el papel donde había estado escribiendo y extrajo uno nuevo. Se lanzó con renovadas energías en la tan necesaria activida de expresar lo que se siente. La naturaleza con la que los versos, nuevamente, encajaban uno con el otro encogía su estómago.

De nuevo, asombrado, creyó ver reflejado en una palabra algo que le resultaba familiar. Rebuscando entre las estanterías, halló el mismo poema exacto que se encontraba escribiendo. Durante toda la mañana esa misma escena se repitió una y otra vez.

Abatido, telefoneó a un colega suyo.

- No te vas a creer lo que me ha pasado...

- ¿Al ir a escribir has redactado algo que era de otro autor?

- ¿Cómo coño lo has sabido?

- He estado hablando con varios compañeros y nos ha pasado a todos lo mismo.

- ¿Por qué ocurre?

- Ese es el menor de nuestros problemas.

- ¿Qué quieres decir?

- Que ahora ya no se crearán más versos, ni más rimas ni nuevas sensaciones. No podremos expresar lo que sentimos. Estamos obligados a repetir y rememorar sueños de otros.

- ¿Entonces...?

- Entonces, querido amigo, vivimos en un mundo sin poesía.

domingo, 29 de marzo de 2009

Eternidad

Veintitrés años eran muchos. Más de la mitad de su vida compartida con la misma persona. Vio como gradualmente la pasión se convirtió en amor, el amor en cariño, el cariño en hastío y el hastío en la nada. Discusiones que se tornaban cada vez más frecuentes, cada vez más violentas. Se echaron miles de verdades y cientos de mentiras a la cara. Lo que una vez fueron románticas promesas acerca de algo que durara siempre se tornó en odio, indiferencia y cansancio.

Terminó todo, en cuerpo, alma y documentos. Él, triste y solo de nuevo, comenzó a divagar, a caminar sin rumbo conocido. Se mudó a otra casa, lejos de la antigua. Lejos de su anterior vida. Su rutina se redujo ahora a caminar taciturno desde el trabajo hasta su casa, donde entre pantallas que no le consolaban, se preguntaba qué le motivaba a levantarse de las mañanas obviando esa poderosa sensación de fuerza inercial que es el tener algún tipo de quehacer.

Una noche, cansado de estar triste, decidió salir. Algo más animado que los días anteriores, recorrió las calles y decidió entrar en el primer bar que le apeteciera. Al cabo del rato, encontró uno apropiado, y se encaminó hacia la entrada. El ambiente estaba oscuro, iluminado parcialmente por algunas bombillas rojas. Se acercó a la barra, pidió algo de beber y se sentó, mirando al espejo que había detras de las botellas. El reflejo le devolvió los ojos más profundos que había visto nunca. Le estaban mirando, con una mezcla de insinuación y curiosidad.

Él, nervioso y torpe, trató de coger su vaso con firmeza y confianza, pero éste resbaló y cayó al suelo. Vio como aquellos ojos sonreían con dulzura, mientras él trataba de recoger los cristales que se encontraban esparcidos por el suelo. Mientras se encontraba inmerso en la tera, observó como unas finas manos le ayudaban.

Al alzar la vista, se encontró de nuevo con aquellos iris que le habían devuelto la inseguridad de la juventud. Una mirada, una sola y única mirada, bastó para decirse todo. Ella vio miedo y soledad. Él, promesas de un futuro algo más colorido.

El resto de la noche lo pasaron hablando el uno con el otro, contándose todo lo que ya sabían gracias a ese intercambio de miradas. Una vez el bar cerró, pasaron largo rato paseando por las calles desiertas. En algún punto, uno de los dos cogió al otro de la mano, y así continuaron hasta que él, inseguro, le propuso ir a su apartamento. Ella accedió, sonriendo ante la inseguridad de aquél pobre hombre asustado.

Subir y besarse fue prácticamente una sola acción, mientras se despojaban con pasión de su ropa. El sudor de sus cuerpos desnudos devolvió calor al corazón de aquél desdichado. Durante unos breves lapsos de tiempo volvió a paladear el amar y ser amado. Posteriormente a esto, muchas personas opinaron que simplemente era sexo, ganas de pasar el rato. Pero lo que ella y él vivieron durante esa noche fue real e intenso. Se quisieron todo lo que alguien puede querer.

A la mañana siguiente, ella se topó en su cama con algo sin vida. Él había muerto durante la noche. Silenciosa y discreta fue su partida. Ella ni siquiera sabía su nombre, porque no era algo realmente importante. Llamó a la ambulancia pero al llegar sólo pudieron confirmarlo.

Durante el funeral, su afligida ex-mujer habló sobre él, sobre su vida y sobre su personalidad. Habló sobre el corto lapso de tiempo que él había vivido solo, sin nadie. Lloraba, desconsolada. Y su dolor no era falso, al contrario. Sentía con toda su alma la pérdida de aquél hombre. Todos los que estuvieron, pensaban que ella había sido la mujer de ese hombre, que la había amado para siempre. En realidad eran conscientes de que al final, ninguno de los dos sentía nada por el otro. Pero creían que era lo más próximo al amor eterno que esa persona había experimentado.

Desconocían la historia de aquella mujer. La mayoría no le habría dado importancia. Todos desconocían que, con su muerte, aquél hombre había concedido el don de lo eterno a aquella extraña. Lo que sintió a su muerte fue real, una sensación poderosa que mitigó el dolor que sentía. Fue feliz con una persona, la amó de forma sincera. Murió amándola.

Nadie podrá saber nunca qué habría pasado de no haber muerto. Podría haber durado meses, años. Podrían haberse separado a la mañana siguiente para no volver a verse nunca.

Pero ahora, sólo hay una cosa cierta.

Lo que sintió, durará para siempre.