domingo, 10 de diciembre de 2017

[La Guerra] 15-07-2013

Para: Jorge
Fecha: 15-07-2013

¡Hola, Jorge! ¡Qué alegría saber de ti!

Menos mal que copiaste bien mi dirección de correo, mucha gente se lía con la barra baja. ¿Qué tal el verano? Ya solamente te queda un curso para terminar la carrera, tendrás ganas.

Yo estoy bien, creo, gracias por preguntar. Es curioso cómo los sentimientos van variando después de una ruptura. Al final de mi relación con Patricia me sentía ahogado, con la terrible incertidumbre que genera el no saber qué va a ocurrir y la desoladora impotencia del que observa cómo el amor se va muriendo poco a poco. Cuando finalmente se hizo oficial lo inevitable, me sentí aliviado y feliz. De nuevo volvía a saber qué me deparaba el futuro y, pese a saber que lo que tenía por delante era duro, no me asustaba. Había un ligero dolor constante, como un ruido de fondo al que crees que poco a poco vas a acostumbrarte y que puedes ignorar fácilmente.

Ahora, cuando hace ya tres semanas de mi indeseada soltería, esa triste música se ha agarrado a mi alma y torna de un tono negro todas las alegrías que me quedan, como un regusto amargo en un plato por lo demás delicioso. Miles de vivencias pasadas vuelven a mí, mostrándome ecos de lo que una vez fue el centro de mi plenitud. Y recuerdo las cosas que nunca le dije y aquellas que nunca debí decirle. Y pienso si algo podría haber cambiado si hubiera actuado de otra manera. Y, en caso de haberlo hecho, ¿me estaría traicionando a mí mismo? No deja de sorprenderme cómo se puede pasar tan fácilmente de ansiar la seguridad de saber qué es lo que va a ocurrir a añorar esa ambigüedad donde al menos había sitio para una ilusión absurda.

Sé que todos estos sentimientos son normales, pero me convierten en un ser apático, lejos del Lucas que conociste una vez. Lo peor son las mañanas, especialmente cuando sueño con Patricia, y Morfeo me miente mostrándome como real una felicidad pasada. ¿Por qué nuestro cerebro es tan cruel, Jorge?

La buena noticia es que en septiembre me voy a Madrid, a estudiar el máster de guion. Por fin me podré dedicar en cuerpo y alma a lo que me gusta y estar lejos de Zaragoza donde me asaltan tantos recuerdos, ahora tristes. Si el amor no me da cancha, que al menos pueda completarme con esta actividad literaria que tanto nos apasiona a ambos. Mis padres siguen insistiendo en que haga el máster de secundaria, pero tú y yo sabemos que son unos saca cuartos de cuidado y unos vende motos. Espero que mi carrera como escritor sea tan fructífera que no tenga que volver sobre mis pasos.

He hablado con el dueño del Balmoral, para decirle que dejaré de trabajar allí en agosto (¿te había dicho que estaba allí de camarero?). Es interesante lo que puede uno aprender estando en un bar detrás de la barra. Da cierta perspectiva el saber que en este país todo el mundo tiene clara cuál es la solución a los problemas y ninguna coincide.

Espero que nos veamos antes de que me vaya, y si no estás invitadísimo a Madrid. Iré a vivir con Elvira, mi compañera de carrera, que va a hacer un máster enfocado a hacer el doctorado. Imagino que tirará por la vía académica y hará el doctorado, porque con el expediente que tiene se la rifarán en cualquier sitio.

Vamos hablando. Y si necesitas cualquier apunte de las asignaturas del curso, me dices.

Un abrazo,

Lucas 

lunes, 27 de noviembre de 2017

En esa pequeña sala




El médico se lavaba las manos en la sala anexa a donde había sido la operación. Mientras el agua caía sobre sus dedos, revivía el momento en el que el paciente perdía el pulso. Su intento desesperado por hacer que saliera adelante, de arreglar todos los problemas que surgían. Primero un fallo hepático. Luego dificultad respiratoria y, finalmente, el corazón.

El mortal silencio de la sala estaba acompañado por el solemne pitido ininterrumpido de la máquina que controlaba sus constantes vitales. Su única obligación era ya oficializar la hora de la defunción.

Pequeñas gotas de sangre ajena caían sobre el fregadero mientras rememoraba los últimos instantes de la vida de aquella persona. No era la primera vez que le ocurría, y aunque sabía que haciendo lo que hacía podía volver a ocurrir, siempre deseaba que fuera la última. Tras secarse las manos, se lavó la cara y observó su húmedo rostro en el espejo del pequeño lavabo.

Repasaba mentalmente toda la operación, tratando de encontrar algún fallo que hubiera podido provocar todo aquello. Sin embargo, sabía que no se podía haber hecho más. Si volviera atrás, no cambiaría ninguna de las decisiones ni lo haría de otra forma. El paciente no se había cuidado durante el final de su vida y eso había generado esas complicaciones.

Sabía que algunas cosas simplemente no podían salir, aunque eso no apagaba ese nudo en el estómago que se le formaba siempre que perdía a alguien en la mesa. Esa impotencia y esa pena por el esfuerzo empleado en tratar de que viva lo que está condenado a morir. Nunca era la misma sensación con dos pacientes, pero siempre resultaba agotadora.

De vuelta a casa, en su refugio, con su familia, las penas se difuminaban y volvía a la normalidad. Pero en esa pequeña sala en la que desteñía de rojo sus manos y se refrescaba, volvía a vivir la intervención, buscando un error que sabía que no estaba allí.

lunes, 20 de enero de 2014

Lourdes

Querida Lourdes:


Han pasado ya más de cinco años desde nuestro último encuentro. No creas que hay un motivo especial por el cual escribo esta carta. O al menos ninguno que tenga que ver contigo. Lo más probable es que no llegues a leer esto nunca.

¿Recuerdas aquél día que pasamos juntos? Fue en el verano de 2008 (no recuerdo el mes). Ya no guardo apenas detalles, pero el paso del tiempo ha hecho que lo recuerde con especial cariño. Ha llovido mucho desde entonces. Ahora tú estás casada y yo divorciado.

No sé muy bien qué contarte, la verdad. La relación que mantuvimos fue muy rara. O al menos a mí siempre me lo pareció. Pero el caso es que, siempre que de un modo u otro apareces en mi vida o te recuerdo, se me hincha la vena poética y algo acaba salpicando.

No me malinterpretes, no pretendo declararme en modo alguno. Nunca sentí eso hacia ti, y tengo bastante claro que fue recíproco. Pero tampoco me pareció nunca una simple amistad más. Iba y venía, pero siempre fue especial. Al menos para mí. Tampoco te reprocharía que para ti no significara nada diferente, y creo que no importa.

No sé cómo te habrá tratado la vida desde que perdimos el contacto. A lo mejor ya no queda nada de la Lourdes que conocí y esta carta acaba en el olvido. Es bastante probable. Aunque, siendo honestos, nunca sentí que te conociera realmente. Quizá eso permitió que lo nuestro pudiera ser especial.

El Fernando que conocías murió y fue olvidado hace mucho tiempo. No pasó a uno peor, pero sí a uno distinto. De hecho, ni siquiera lo añoraba. Muchas cosas han pasado estos años, pero esto es como no decir nada. Ha entrado y salido mucha gente de mi vida, pero tampoco conoces a los actores. El divorcio no fue fácil, pero ahora estoy bien.

Siento que he cambiado mucho desde aquella tarde que compartimos. Un poco más bruto, más viejo, con menos paciencia y con peor humor. He aprendido un poco y he olvidado mucho. Ya no paseo por la playa.

Recuerdo que antes me importaban más las pequeñas cosas. Ojalá pudiera volver a ser ese Fernando.

Tal vez el motivo de esta carta es que aquella tarde que pasamos juntos representa todas aquellas facetas mías que se han ido y que echo de menos. No creo que nunca vuelva a ser el que era y no hay nada que le pueda hacer.

Espero que a ti el tiempo te haya tratado mejor.

Un abrazo,
Fernando


P.S: Hace pocos días encontré la pluma que me regalaste. Ya no huele a ti.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Terapia

-Bueno Miguel, cuéntame, ¿Qué tal estás?

La consulta del doctor Avellaneda estaba igual que siempre. Yo, tumbado en el diván, podía ver una estantería de aspecto austero repleta de libros y el resto de la pared cubierta estratégicamente con sus diplomas, de manera que pareciera que éstos la cubrían por completo.

-Bien, bien. Realmente bien. Ese es el problema.

-Cuénteme.

-Supongo que recordará lo que me propuso hace unos meses, en una de mis primeras consultas. Yo atravesaba una época dura y confusa de mi vida y usted me propuso que escribiera. No importaba el qué o el cómo, simplemente que tratara de plasmar lo que sentía.

-Recuerdo- le interrumpió- que me dijo que eso le fue de ayuda.

-Ya lo creo. Ver mis agobios reflejados en algo externo a mí me ayudo a reflexionar sobre ello. De hecho, llegó el punto en el que no era capaz de pensar con claridad un problema hasta que no lo exponía delante de mí. Eso lo encrudecía y a la vez lo relativizaba. Fue una buena medida, ya lo creo.

-Entonces, ¿Cuál es el problema que mencionabas?

-Que me enamoré de ello. Realmente escribir me hizo tremendamente feliz y disfrutaba cada segundo que invertía en ello. Lo paradójico del asunto es que yo sólo sabía escribir cuando estaba triste. Me ayudó a salir de muchos problemas. Y ahora que no tengo nada que me preocupe, cuando soy realmente feliz, no sé qué escribir.

-Entonces, según dice, no escribir le supone un agobio, un problema.

-Así es.

-¿Y porqué no pruebas, simplemente, a plasmar esa frustración?

-Vamos doctor, no es tan sencillo. No me puedo engañar a mí mismo con algo tan infantil. De ahí no puedo sacar nada de nada. Me temo que el único consuelo que me queda es releerme, para recordar con nostalgia cuán infeliz era anteriormente. Deleitarme con la angustia que me embargaba y envidiarme por lo desdichado que era. Recordar cada ruptura, cada fracaso con añoranza. Eso o esperar con anhelo una desgracia en un futuro próximo. Qué extraña y dura es la vida del que sólo sabe expresarse cuando está hundido, pues ha de elegir entre morir él o que muera su musa.

Los dos callamos. Avellaneda apuntaba con su pluma unas notas en su cuaderno. Se quitó las gafas para mirarme. En ese momento hubiera dado lo que fuera por saber qué pasaba por su cabeza. Indudablemente en su profesión habrá conocido gente de muy diversa índole pero, ¿Alguien que le angustiara ser feliz? Dada mi reticencia a sentirme especial, supuse que sí.

Cuando el doctor prosiguió hablando, cambió el rumbo de la conversación. Me preguntó por mi vida y yo le contesté, obediente. Me propuso otras actividades, aunque no presté demasiada atención a lo que me decía, pues me sentía con la superioridad del que se cree incurable.

Me despedí de Avellaneda y salí del despacho. Su secretaria, sentada en una mesa al lado de la salida, me preguntó por una próxima cita, y me excusé diciendo que tenía una temporada algo ajetreada y que sería yo el que llamaría para concertarla. De vuelta a casa me senté en mi despacho y garabateé algunas líneas, que en absoluto me convencieron. Parte de lo que escribí, fue lo siguiente:

No obstante, reflexioné sobre mis sentimientos. ¿Era no escribir lo que me angustiaba o era no estar angustiado? Quizá no sólo había aprendido a escribir solamente estando triste sino a ser. Era esa necesidad de infelicidad lo que me proporcionaba esa pequeña dosis de preocupación que me permitía seguir con mi vida.

Aunque pensándolo bien, ¿Quién está preparado para ser completamente feliz? Yo diría que nadie y todos. A fin de cuentas, la vida no es más que un largo camino hacia la felicidad. Si uno la consigue, ¿Qué le queda por recorrer? Tal vez mantenerse, no lo sé.

Salí de la ducha y la llamé. Su voz me tranquilizó.”

Arrugué el papel y lo arrojé a la papelera. Rememoré con qué insultante fluidez brotaban de mi mente en el pasado sentimientos, paisajes, conversaciones, ideas… Me senté frente a un nuevo folio y lo miré, como quien estudia a un enemigo con el que se va a batir. Ya lo doblegué una vez, ¿Podría intentar volver a hacerlo?

Tal vez ya no me quedara realmente nada que decir. Tal vez uno no se quita nunca los malos hábitos que asimila cuando aprende algo nuevo.

Lloré sobre mi escritorio. Maldije a Avellaneda. Maldije al folio. Me maldije a mí mismo, por querer ser feliz e infeliz al mismo tiempo. Pero de poco o nada sirve.

Van pasando los meses y sigo sin haber escrito nada más que esas pobres líneas de las que ya me deshice.

Y rezo a Dios todos los días para que nunca me falten alegrías ni tristezas, pues conforme el tiempo avanza menos distingo unas de otras.

martes, 8 de marzo de 2011

Zanfoña impía

Siempre he pensado cómo empezaría una historia. Obviamente tiene que tener una gran introducción, algo que enganche al lector desde las primeras líneas. Dado mi carácter, siempre pensé que sería algo positivo y alegre, que animara sólo leerlo.

Por desgracia, ahora que me tengo que enfrentar a esto, me veo con la problemática de que todos estos acontecimientos de los que estáis a punto de ser partícipes comienzan con un final. El final de una persona. Uno de mis mejores amigos. Abenet.

No es este el principio que me esperaba para mi primera narración, pero siento que si no escribo esto ahora, no escribiré nunca nada. Y, francamente, es una idea que me aterra. Nunca me he enfrentado realmente a esto, pero siempre he fantaseado con la idea de poder crear personajes, vidas, relaciones… Todos esos componentes que el lector incorpora a sí mismo como si fueran de su propia esencia.

Pero esto son divagaciones de un novato, espero que sepas perdonar mi falta de tacto y talento.

Esta historia comienza conmigo como protagonista principal, abriendo la puerta del apartamento del ya difunto Abenet. Era un edificio realmente anodino, situado en uno de los barrios periféricos de la ciudad. Nada que lo distinguiera del resto.

Abrí la puerta y observé el piso, tan igual y tan distinto a como estaba cuando mi amigo seguía vivo. Es curioso lo que pasa con las cosas que pertenecían a un muerto, pues a pesar de aparentar seguir inmutables, les envuelve un halo de soledad. Como si realmente fueran conscientes de que han perdido algo de lo que formaban parte. O quizá sea simplemente nuestro vivo recuerdo lo que nos hace hacer partícipes de nuestro dolor a los enseres que rodeaban a alguien a quien queríamos. Permanecí unos instantes observando, sobre un mueblecito de la entrada, una foto de Abenet. Se le podía ver a él, sonriente, encima de una montaña.

Metí la mano en el bolsillo de mi gabardina y saqué el papel que el notario me había entregado. Unos garabatos en un rotulador rojo, con la inconfundible letra de Abenet. Miré el reloj. Llegaba tarde. Seguí sus indicaciones y me acerqué a su cama. Una cama sencilla, de sábanas negras con adornos rojos. Levanté el colchón y allí estaba. Un estuche de terciopelo, de color oscuro.

Lo abrí y me encontré un extraño instrumento y una carta. El artilugio constaba de un cuerpo de madera y una especie de teclas a los costados. Al final poseía una manivela, de aspecto similar a la de los molinillos de café. Ojeé la cata, cerré el estuche y salí del piso. Tenía un largo trayecto en coche, así que metí todo en el maletero y salí directo hacia la cala donde Luis y yo nos habíamos dado cita.

Éramos las dos personas que teníamos más relación con el difunto. Lo conocimos hace unos quince años, durante el instituto y hacía diez que habíamos sido casi inseparables. Ahora me da la sensación de que no sé casi nada sobre su vida anterior a que nos viéramos por primera vez.

Llegué al sitio unos quince minutos tarde respecto de la hora señalada por ambos. El coche de Luis ya se encontraba aparcado, y su figura se vislumbraba de cara al acantilado. Su ropa era sencilla, como él. El pelo, castaño y largo, le revoloteaba. Hacia mucho viento soplando en dirección al mar. Eso era bueno.

Era un risco elevado respecto el agua, algo alejado de donde vivíamos. De fondo se oía el romper de las olas contra las rocas. El suelo sobre el que nos encontrábamos estaba cubierto de unos matorrales, los cuales estaban formados por unas altas espigas de color dorado. Todo el paisaje en sí estaba lleno de una gran solemnidad. Como si todos los elementos de nuestro entorno se fusionaran con nuestra tristeza.

Abrí el maletero del coche y saqué el último recado de Abenet. Cuando Luis y yo nos saludamos, pude ver que el jarrón con las cenizas del difunto etíope estaba apoyado a sus pies. Nos quedamos un rato en silencio, cada uno recordándolo a nuestra manera. En lo que no pude dejar de pensar durante ese momento personal de recuerdo fue en la sonrisa de mi amigo. Una de esas caras amables, siempre dispuestas a poner un cariz alegre a cualquier situación.

Pasados unos minutos, decidimos empezar. Abrí el sobre y leí la carta en voz alta. Decía lo siguiente:

“Queridos amigos:

Gracias por acompañarme en este, mi último viaje. No sé si realmente esto es el principio o el final, aunque siempre supuse que sería el final.

Hemos sido casi hermanos durante más diez años, así que espero que hagáis este favor por mí. Necesito que cerréis un asunto que he pospuesto durante demasiado tiempo. Prometí sobre la tumba de alguien muy preciado para mí que guardaría el secreto de lo ocurrido, de manera que nada os puedo decir sobre lo que vais a hacer o qué representa.

El instrumento que está en el estuche es un objeto que ha causado mucho dolor y sufrimiento. Me gustaría que lo arrojarais junto a mí. Que su final sea el mío y que nadie vuelva a vernos. Y que, antes de arrojarlo, deis una vuelta a la manivela.

Que hagáis esto sin saber más es mi último deseo.

Vosotros sois lo mejor que me llevo de mi corta vida. Un último adiós y una sonrisa es lo mejor que puedo dejaros.”

Nos miramos, con una mezcla de extrañeza y tristeza. Al instante nuestros ojos se posaron sobre el estuche. Aquél extraño instrumento tenía ahora una apariencia distinta, como si nos devolviera la mirada, retándonos. La levanté, sujetándola con ambas manos.

El tacto era frío y la madera parecía ahora más oscura. Un escalofrío me recorrió la columna y sentí unas intensas ganas de alejarme de aquél repelente objeto. Luis se acercó y agarró la manivela. En su rostro se reflejaba claramente que notaba exactamente lo mismo que yo.

Tomó aire y dio una vuelta a la manivela. El sonido que brotó fue algo que jamás olvidaré. Era como un largo y punzante sollozo. Como si toda la tristeza del mundo estuviera atrapada dentro.

Luis soltó el instrumento mientras yo seguía sujetándolo y agarró la urna donde reposaba nuestro amigo. Nos acercamos al borde y arrojamos las cenizas y la zanfoña.

Aquél oscuro objeto cayó sobre las rocas, haciéndose pedazo con un ruido quedo y sordo.

Las cenizas se alejaron, llevadas por el viento, perdiéndose en el mar.

lunes, 7 de febrero de 2011

El Relato

Y al principio, todo era blanco.

Tal cantidad de vacío, de ausencia, me pareció insultante. Cogí un bolígrafo. Mojé mi tintero. Comencé a teclear.

Y lo que una vez fue blanco se transformó en lo que mi voluntad quiso. Manipulé el vacío a mi antojo. Una gran explosión de existencia. De donde no había nada, saqué todo. Es cierto que quizá no de la mejor manera posible. Lo admito, cometí innumerables errores pero, ¿Quién no los hubiera cometido?

Mi entusiasmo me cegaba continuamente y no era capaz de ver mi objetivo, si es que lo tenía. De eso hace ya tanto tiempo que lo único que soy capaz de recordar son mis ganas por ver completada mi obra. Porque sí, por aquél entonces todavía era mi obra y yo su soberano. Todo lo que quería florecía sin apenas esfuerzo.

Pero todo a su tiempo.

Recuerdo que empecé por los detalles tontos. Sí, lo sé. Otro error más. Debería haber empezado por el ser y no por el ente, mas, ¿No os ha ocurrido alguna vez que tenéis ganas de hacer algo y, al empezar, sólo os acordáis de los detalles? Sí, tengo el cuadro en la cabeza, pero sólo soy capaz de enfocar ese guardapelo de color carmesí. Vale, sé cómo quiero que sea la canción, pero sólo sabría tararearte una parte concreta dentro del estribillo. De eso mismo adolecí yo.

Pero bueno, poco a poco mi idea iba tomando forma. Aquí un café, sí. De madera, con un estilo quizá algo usado. Algo tranquilo, un sitio de charla y café. Más allá, un parque. Un parque enorme, lleno de árboles. Y dentro, un banco. Ese tipo de bancos de piedra blanca, de los que parecen fabricados únicamente para amantes. Y más allá, un gran castillo de piedra. Al otro lado del folio, una valla de madera y una choza metida dentro de un pequeño montículo de piedra. Diseñé todo mi mundo paso a paso. Poquito a poco. Aquí una calle, que se cruce con aquella avenida tan larga, la de las tiendas de ropa. Al este pondré una ciudad, que pasé por un río. Quiero que sea un río pequeño, que pase desapercibido.

Porque si de algo me di cuenta mientras construía mi universo es que son las cosas que pasan desapercibidas las que cuentan. ¿Qué gracia tendría vivir si todo lo que se creara fuera de proporciones inmensas? Hacen falta cosas pequeñas que ensalcen todavía más las monumentales creaciones.

Finalmente, terminé mi escenario. Era precioso y todo se hizo bajo mis deseos y caprichos. Repasé en innumerables ocasiones todo lo escrito. El folio ya no sufría de la austeridad marfileña. Todo en él eran líneas perfectas bajo un patrón que tenía un nombre propio: Yo. Y lo pongo en mayúsculas porque, en cierto sentido, yo era el ser supremo dentro de todo lo que había creado.

No obstante, quedaba la parte más complicada y laboriosa. Crear consciencia. Seres con capacidad de ver, hablar, pensar, comer. Sentir. Obviamente no serían verdaderos sentimientos ni pensamientos. No hablarían si no que sería yo quién hablaría a través de ellos. Sería yo el que comiera a través de ellos. Incluso yo sería la comida. La mesa donde se sentaran.

Aquello sí que fue agotador. Estuve lo que me pareció una eternidad diseñándola. Tenía que ser fiable, consistente. Mirando hacia atrás, considero que eso fue mi verdadera creación. Lo demás, simplemente fue atrezo. Sí, hacía falta un buen escenario, pero eso no vale de nada si no tienes a nadie que represente el papel que quieres.

De aquí, además, surgieron a su vez diversos asuntos a tener en cuenta. ¿Cómo hacer posible que mis conciencias se desenvolvieran por un escenario inmóvil? Así fue como implementé el tiempo. Uno de mis trabajos, modestia aparte, más precisos. No obstante, esto dio lugar a otro inconveniente. Tuve que hacer infinitos paisajes más, uno para cada instante por mí creado. Las posibilidades de mi creación se ramificaban y sentía que nada me era imposible. Observé con gozo como las cosas comenzaban a encajar y se seguían casi necesariamente. Que mi idea, al principio tan abstracta y poco precisa, no tenía más que un final posible y que yo era un simple redactor de todo lo que en ella había.

Había encontrado algo que, de ser encontrado, no podía ser sino de una forma. Esa idea me obsesionó mientras proseguía con mi obra. La coherencia debía de ser perfecta. Las relaciones que se daban entre las cosas de mi mundo ya tenían posibilidad, pero necesitaban ser compatibles entre sí. Y no sólo compatibles, sino necesarias.

Todos estos requisitos fueron necesarios para que la razón pudiera entrar en ese, mi universo.

Y por fin llegó el día en que los introduje en el escenario que creé para ellos. Allí estaban, relacionándose con su entorno. Primero de maneras primitivas, casi se diría que inocentes. Como un perro que inspecciona un hueso antes de devorarlo.

A modo de nota me gustaría resaltar que no introduje seres pensantes así, de golpe, pues la idea me resultó algo burda. La aparición del pensamiento fue poco a poco. Idea a idea. Intuición a intuición. Análisis a análisis.

A partir de este punto fue cuando casi a lo único a lo que me limitaba era a redactar lo que debía pasar. Mis pequeños seres ya comenzaban a transformar su entorno y no a adaptarse a él. Se comunicaban entre sí. Apareció el lenguaje.

Hay tantos momentos memorables que recuerdo sobre ellos que mi entusiasmo me impide dar una cuenta concreta y ordenada de todo cuánto pasó. Comenzaron a creer. No en mí, por supuesto, pues me cuidaba mucho de que la gente supiera remotamente de mi existencia. ¿De qué les serviría? Aquello no les diría nada acerca de su propio mundo. No obstante, sí en conceptos que, aunque lejos de tener conmigo alguna relación, no dejaban de tener cierta similitud en algunos aspectos.

Me duele admitir que en ellos aparecieron infinitud de cosas que no me agradaban. No es fácil ver como algo que es parte de ti se puede corromper de una manera tal. Pero yo no podía si no escribir lo que debía ser. Porque comencé a comprender demasiado tarde que la coherencia me impedía hacer por mi creación nada más que seguir y seguir escribiendo.

Supongo que es por esto que en cierto modo me maldigo. La suerte que están corriendo todas y cada una de las consciencias que he creado no es si no fruto de unas reglas caprichosas que ideé hace mucho, mucho tiempo y que ya no puedo cambiar.

Me maldigo a mí, sabiendo que en realidad estoy maldiciendo a alguien que estará escribiendo sobre mí, no sé muy bien dónde.

Aunque tampoco puedo guardarle mucho rencor, pues sé que tampoco podría haberme escrito de otra manera.