lunes, 20 de enero de 2014

Lourdes

Querida Lourdes:


Han pasado ya más de cinco años desde nuestro último encuentro. No creas que hay un motivo especial por el cual escribo esta carta. O al menos ninguno que tenga que ver contigo. Lo más probable es que no llegues a leer esto nunca.

¿Recuerdas aquél día que pasamos juntos? Fue en el verano de 2008 (no recuerdo el mes). Ya no guardo apenas detalles, pero el paso del tiempo ha hecho que lo recuerde con especial cariño. Ha llovido mucho desde entonces. Ahora tú estás casada y yo divorciado.

No sé muy bien qué contarte, la verdad. La relación que mantuvimos fue muy rara. O al menos a mí siempre me lo pareció. Pero el caso es que, siempre que de un modo u otro apareces en mi vida o te recuerdo, se me hincha la vena poética y algo acaba salpicando.

No me malinterpretes, no pretendo declararme en modo alguno. Nunca sentí eso hacia ti, y tengo bastante claro que fue recíproco. Pero tampoco me pareció nunca una simple amistad más. Iba y venía, pero siempre fue especial. Al menos para mí. Tampoco te reprocharía que para ti no significara nada diferente, y creo que no importa.

No sé cómo te habrá tratado la vida desde que perdimos el contacto. A lo mejor ya no queda nada de la Lourdes que conocí y esta carta acaba en el olvido. Es bastante probable. Aunque, siendo honestos, nunca sentí que te conociera realmente. Quizá eso permitió que lo nuestro pudiera ser especial.

El Fernando que conocías murió y fue olvidado hace mucho tiempo. No pasó a uno peor, pero sí a uno distinto. De hecho, ni siquiera lo añoraba. Muchas cosas han pasado estos años, pero esto es como no decir nada. Ha entrado y salido mucha gente de mi vida, pero tampoco conoces a los actores. El divorcio no fue fácil, pero ahora estoy bien.

Siento que he cambiado mucho desde aquella tarde que compartimos. Un poco más bruto, más viejo, con menos paciencia y con peor humor. He aprendido un poco y he olvidado mucho. Ya no paseo por la playa.

Recuerdo que antes me importaban más las pequeñas cosas. Ojalá pudiera volver a ser ese Fernando.

Tal vez el motivo de esta carta es que aquella tarde que pasamos juntos representa todas aquellas facetas mías que se han ido y que echo de menos. No creo que nunca vuelva a ser el que era y no hay nada que le pueda hacer.

Espero que a ti el tiempo te haya tratado mejor.

Un abrazo,
Fernando


P.S: Hace pocos días encontré la pluma que me regalaste. Ya no huele a ti.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Terapia

-Bueno Miguel, cuéntame, ¿Qué tal estás?

La consulta del doctor Avellaneda estaba igual que siempre. Yo, tumbado en el diván, podía ver una estantería de aspecto austero repleta de libros y el resto de la pared cubierta estratégicamente con sus diplomas, de manera que pareciera que éstos la cubrían por completo.

-Bien, bien. Realmente bien. Ese es el problema.

-Cuénteme.

-Supongo que recordará lo que me propuso hace unos meses, en una de mis primeras consultas. Yo atravesaba una época dura y confusa de mi vida y usted me propuso que escribiera. No importaba el qué o el cómo, simplemente que tratara de plasmar lo que sentía.

-Recuerdo- le interrumpió- que me dijo que eso le fue de ayuda.

-Ya lo creo. Ver mis agobios reflejados en algo externo a mí me ayudo a reflexionar sobre ello. De hecho, llegó el punto en el que no era capaz de pensar con claridad un problema hasta que no lo exponía delante de mí. Eso lo encrudecía y a la vez lo relativizaba. Fue una buena medida, ya lo creo.

-Entonces, ¿Cuál es el problema que mencionabas?

-Que me enamoré de ello. Realmente escribir me hizo tremendamente feliz y disfrutaba cada segundo que invertía en ello. Lo paradójico del asunto es que yo sólo sabía escribir cuando estaba triste. Me ayudó a salir de muchos problemas. Y ahora que no tengo nada que me preocupe, cuando soy realmente feliz, no sé qué escribir.

-Entonces, según dice, no escribir le supone un agobio, un problema.

-Así es.

-¿Y porqué no pruebas, simplemente, a plasmar esa frustración?

-Vamos doctor, no es tan sencillo. No me puedo engañar a mí mismo con algo tan infantil. De ahí no puedo sacar nada de nada. Me temo que el único consuelo que me queda es releerme, para recordar con nostalgia cuán infeliz era anteriormente. Deleitarme con la angustia que me embargaba y envidiarme por lo desdichado que era. Recordar cada ruptura, cada fracaso con añoranza. Eso o esperar con anhelo una desgracia en un futuro próximo. Qué extraña y dura es la vida del que sólo sabe expresarse cuando está hundido, pues ha de elegir entre morir él o que muera su musa.

Los dos callamos. Avellaneda apuntaba con su pluma unas notas en su cuaderno. Se quitó las gafas para mirarme. En ese momento hubiera dado lo que fuera por saber qué pasaba por su cabeza. Indudablemente en su profesión habrá conocido gente de muy diversa índole pero, ¿Alguien que le angustiara ser feliz? Dada mi reticencia a sentirme especial, supuse que sí.

Cuando el doctor prosiguió hablando, cambió el rumbo de la conversación. Me preguntó por mi vida y yo le contesté, obediente. Me propuso otras actividades, aunque no presté demasiada atención a lo que me decía, pues me sentía con la superioridad del que se cree incurable.

Me despedí de Avellaneda y salí del despacho. Su secretaria, sentada en una mesa al lado de la salida, me preguntó por una próxima cita, y me excusé diciendo que tenía una temporada algo ajetreada y que sería yo el que llamaría para concertarla. De vuelta a casa me senté en mi despacho y garabateé algunas líneas, que en absoluto me convencieron. Parte de lo que escribí, fue lo siguiente:

No obstante, reflexioné sobre mis sentimientos. ¿Era no escribir lo que me angustiaba o era no estar angustiado? Quizá no sólo había aprendido a escribir solamente estando triste sino a ser. Era esa necesidad de infelicidad lo que me proporcionaba esa pequeña dosis de preocupación que me permitía seguir con mi vida.

Aunque pensándolo bien, ¿Quién está preparado para ser completamente feliz? Yo diría que nadie y todos. A fin de cuentas, la vida no es más que un largo camino hacia la felicidad. Si uno la consigue, ¿Qué le queda por recorrer? Tal vez mantenerse, no lo sé.

Salí de la ducha y la llamé. Su voz me tranquilizó.”

Arrugué el papel y lo arrojé a la papelera. Rememoré con qué insultante fluidez brotaban de mi mente en el pasado sentimientos, paisajes, conversaciones, ideas… Me senté frente a un nuevo folio y lo miré, como quien estudia a un enemigo con el que se va a batir. Ya lo doblegué una vez, ¿Podría intentar volver a hacerlo?

Tal vez ya no me quedara realmente nada que decir. Tal vez uno no se quita nunca los malos hábitos que asimila cuando aprende algo nuevo.

Lloré sobre mi escritorio. Maldije a Avellaneda. Maldije al folio. Me maldije a mí mismo, por querer ser feliz e infeliz al mismo tiempo. Pero de poco o nada sirve.

Van pasando los meses y sigo sin haber escrito nada más que esas pobres líneas de las que ya me deshice.

Y rezo a Dios todos los días para que nunca me falten alegrías ni tristezas, pues conforme el tiempo avanza menos distingo unas de otras.

martes, 8 de marzo de 2011

Zanfoña impía

Siempre he pensado cómo empezaría una historia. Obviamente tiene que tener una gran introducción, algo que enganche al lector desde las primeras líneas. Dado mi carácter, siempre pensé que sería algo positivo y alegre, que animara sólo leerlo.

Por desgracia, ahora que me tengo que enfrentar a esto, me veo con la problemática de que todos estos acontecimientos de los que estáis a punto de ser partícipes comienzan con un final. El final de una persona. Uno de mis mejores amigos. Abenet.

No es este el principio que me esperaba para mi primera narración, pero siento que si no escribo esto ahora, no escribiré nunca nada. Y, francamente, es una idea que me aterra. Nunca me he enfrentado realmente a esto, pero siempre he fantaseado con la idea de poder crear personajes, vidas, relaciones… Todos esos componentes que el lector incorpora a sí mismo como si fueran de su propia esencia.

Pero esto son divagaciones de un novato, espero que sepas perdonar mi falta de tacto y talento.

Esta historia comienza conmigo como protagonista principal, abriendo la puerta del apartamento del ya difunto Abenet. Era un edificio realmente anodino, situado en uno de los barrios periféricos de la ciudad. Nada que lo distinguiera del resto.

Abrí la puerta y observé el piso, tan igual y tan distinto a como estaba cuando mi amigo seguía vivo. Es curioso lo que pasa con las cosas que pertenecían a un muerto, pues a pesar de aparentar seguir inmutables, les envuelve un halo de soledad. Como si realmente fueran conscientes de que han perdido algo de lo que formaban parte. O quizá sea simplemente nuestro vivo recuerdo lo que nos hace hacer partícipes de nuestro dolor a los enseres que rodeaban a alguien a quien queríamos. Permanecí unos instantes observando, sobre un mueblecito de la entrada, una foto de Abenet. Se le podía ver a él, sonriente, encima de una montaña.

Metí la mano en el bolsillo de mi gabardina y saqué el papel que el notario me había entregado. Unos garabatos en un rotulador rojo, con la inconfundible letra de Abenet. Miré el reloj. Llegaba tarde. Seguí sus indicaciones y me acerqué a su cama. Una cama sencilla, de sábanas negras con adornos rojos. Levanté el colchón y allí estaba. Un estuche de terciopelo, de color oscuro.

Lo abrí y me encontré un extraño instrumento y una carta. El artilugio constaba de un cuerpo de madera y una especie de teclas a los costados. Al final poseía una manivela, de aspecto similar a la de los molinillos de café. Ojeé la cata, cerré el estuche y salí del piso. Tenía un largo trayecto en coche, así que metí todo en el maletero y salí directo hacia la cala donde Luis y yo nos habíamos dado cita.

Éramos las dos personas que teníamos más relación con el difunto. Lo conocimos hace unos quince años, durante el instituto y hacía diez que habíamos sido casi inseparables. Ahora me da la sensación de que no sé casi nada sobre su vida anterior a que nos viéramos por primera vez.

Llegué al sitio unos quince minutos tarde respecto de la hora señalada por ambos. El coche de Luis ya se encontraba aparcado, y su figura se vislumbraba de cara al acantilado. Su ropa era sencilla, como él. El pelo, castaño y largo, le revoloteaba. Hacia mucho viento soplando en dirección al mar. Eso era bueno.

Era un risco elevado respecto el agua, algo alejado de donde vivíamos. De fondo se oía el romper de las olas contra las rocas. El suelo sobre el que nos encontrábamos estaba cubierto de unos matorrales, los cuales estaban formados por unas altas espigas de color dorado. Todo el paisaje en sí estaba lleno de una gran solemnidad. Como si todos los elementos de nuestro entorno se fusionaran con nuestra tristeza.

Abrí el maletero del coche y saqué el último recado de Abenet. Cuando Luis y yo nos saludamos, pude ver que el jarrón con las cenizas del difunto etíope estaba apoyado a sus pies. Nos quedamos un rato en silencio, cada uno recordándolo a nuestra manera. En lo que no pude dejar de pensar durante ese momento personal de recuerdo fue en la sonrisa de mi amigo. Una de esas caras amables, siempre dispuestas a poner un cariz alegre a cualquier situación.

Pasados unos minutos, decidimos empezar. Abrí el sobre y leí la carta en voz alta. Decía lo siguiente:

“Queridos amigos:

Gracias por acompañarme en este, mi último viaje. No sé si realmente esto es el principio o el final, aunque siempre supuse que sería el final.

Hemos sido casi hermanos durante más diez años, así que espero que hagáis este favor por mí. Necesito que cerréis un asunto que he pospuesto durante demasiado tiempo. Prometí sobre la tumba de alguien muy preciado para mí que guardaría el secreto de lo ocurrido, de manera que nada os puedo decir sobre lo que vais a hacer o qué representa.

El instrumento que está en el estuche es un objeto que ha causado mucho dolor y sufrimiento. Me gustaría que lo arrojarais junto a mí. Que su final sea el mío y que nadie vuelva a vernos. Y que, antes de arrojarlo, deis una vuelta a la manivela.

Que hagáis esto sin saber más es mi último deseo.

Vosotros sois lo mejor que me llevo de mi corta vida. Un último adiós y una sonrisa es lo mejor que puedo dejaros.”

Nos miramos, con una mezcla de extrañeza y tristeza. Al instante nuestros ojos se posaron sobre el estuche. Aquél extraño instrumento tenía ahora una apariencia distinta, como si nos devolviera la mirada, retándonos. La levanté, sujetándola con ambas manos.

El tacto era frío y la madera parecía ahora más oscura. Un escalofrío me recorrió la columna y sentí unas intensas ganas de alejarme de aquél repelente objeto. Luis se acercó y agarró la manivela. En su rostro se reflejaba claramente que notaba exactamente lo mismo que yo.

Tomó aire y dio una vuelta a la manivela. El sonido que brotó fue algo que jamás olvidaré. Era como un largo y punzante sollozo. Como si toda la tristeza del mundo estuviera atrapada dentro.

Luis soltó el instrumento mientras yo seguía sujetándolo y agarró la urna donde reposaba nuestro amigo. Nos acercamos al borde y arrojamos las cenizas y la zanfoña.

Aquél oscuro objeto cayó sobre las rocas, haciéndose pedazo con un ruido quedo y sordo.

Las cenizas se alejaron, llevadas por el viento, perdiéndose en el mar.

lunes, 7 de febrero de 2011

El Relato

Y al principio, todo era blanco.

Tal cantidad de vacío, de ausencia, me pareció insultante. Cogí un bolígrafo. Mojé mi tintero. Comencé a teclear.

Y lo que una vez fue blanco se transformó en lo que mi voluntad quiso. Manipulé el vacío a mi antojo. Una gran explosión de existencia. De donde no había nada, saqué todo. Es cierto que quizá no de la mejor manera posible. Lo admito, cometí innumerables errores pero, ¿Quién no los hubiera cometido?

Mi entusiasmo me cegaba continuamente y no era capaz de ver mi objetivo, si es que lo tenía. De eso hace ya tanto tiempo que lo único que soy capaz de recordar son mis ganas por ver completada mi obra. Porque sí, por aquél entonces todavía era mi obra y yo su soberano. Todo lo que quería florecía sin apenas esfuerzo.

Pero todo a su tiempo.

Recuerdo que empecé por los detalles tontos. Sí, lo sé. Otro error más. Debería haber empezado por el ser y no por el ente, mas, ¿No os ha ocurrido alguna vez que tenéis ganas de hacer algo y, al empezar, sólo os acordáis de los detalles? Sí, tengo el cuadro en la cabeza, pero sólo soy capaz de enfocar ese guardapelo de color carmesí. Vale, sé cómo quiero que sea la canción, pero sólo sabría tararearte una parte concreta dentro del estribillo. De eso mismo adolecí yo.

Pero bueno, poco a poco mi idea iba tomando forma. Aquí un café, sí. De madera, con un estilo quizá algo usado. Algo tranquilo, un sitio de charla y café. Más allá, un parque. Un parque enorme, lleno de árboles. Y dentro, un banco. Ese tipo de bancos de piedra blanca, de los que parecen fabricados únicamente para amantes. Y más allá, un gran castillo de piedra. Al otro lado del folio, una valla de madera y una choza metida dentro de un pequeño montículo de piedra. Diseñé todo mi mundo paso a paso. Poquito a poco. Aquí una calle, que se cruce con aquella avenida tan larga, la de las tiendas de ropa. Al este pondré una ciudad, que pasé por un río. Quiero que sea un río pequeño, que pase desapercibido.

Porque si de algo me di cuenta mientras construía mi universo es que son las cosas que pasan desapercibidas las que cuentan. ¿Qué gracia tendría vivir si todo lo que se creara fuera de proporciones inmensas? Hacen falta cosas pequeñas que ensalcen todavía más las monumentales creaciones.

Finalmente, terminé mi escenario. Era precioso y todo se hizo bajo mis deseos y caprichos. Repasé en innumerables ocasiones todo lo escrito. El folio ya no sufría de la austeridad marfileña. Todo en él eran líneas perfectas bajo un patrón que tenía un nombre propio: Yo. Y lo pongo en mayúsculas porque, en cierto sentido, yo era el ser supremo dentro de todo lo que había creado.

No obstante, quedaba la parte más complicada y laboriosa. Crear consciencia. Seres con capacidad de ver, hablar, pensar, comer. Sentir. Obviamente no serían verdaderos sentimientos ni pensamientos. No hablarían si no que sería yo quién hablaría a través de ellos. Sería yo el que comiera a través de ellos. Incluso yo sería la comida. La mesa donde se sentaran.

Aquello sí que fue agotador. Estuve lo que me pareció una eternidad diseñándola. Tenía que ser fiable, consistente. Mirando hacia atrás, considero que eso fue mi verdadera creación. Lo demás, simplemente fue atrezo. Sí, hacía falta un buen escenario, pero eso no vale de nada si no tienes a nadie que represente el papel que quieres.

De aquí, además, surgieron a su vez diversos asuntos a tener en cuenta. ¿Cómo hacer posible que mis conciencias se desenvolvieran por un escenario inmóvil? Así fue como implementé el tiempo. Uno de mis trabajos, modestia aparte, más precisos. No obstante, esto dio lugar a otro inconveniente. Tuve que hacer infinitos paisajes más, uno para cada instante por mí creado. Las posibilidades de mi creación se ramificaban y sentía que nada me era imposible. Observé con gozo como las cosas comenzaban a encajar y se seguían casi necesariamente. Que mi idea, al principio tan abstracta y poco precisa, no tenía más que un final posible y que yo era un simple redactor de todo lo que en ella había.

Había encontrado algo que, de ser encontrado, no podía ser sino de una forma. Esa idea me obsesionó mientras proseguía con mi obra. La coherencia debía de ser perfecta. Las relaciones que se daban entre las cosas de mi mundo ya tenían posibilidad, pero necesitaban ser compatibles entre sí. Y no sólo compatibles, sino necesarias.

Todos estos requisitos fueron necesarios para que la razón pudiera entrar en ese, mi universo.

Y por fin llegó el día en que los introduje en el escenario que creé para ellos. Allí estaban, relacionándose con su entorno. Primero de maneras primitivas, casi se diría que inocentes. Como un perro que inspecciona un hueso antes de devorarlo.

A modo de nota me gustaría resaltar que no introduje seres pensantes así, de golpe, pues la idea me resultó algo burda. La aparición del pensamiento fue poco a poco. Idea a idea. Intuición a intuición. Análisis a análisis.

A partir de este punto fue cuando casi a lo único a lo que me limitaba era a redactar lo que debía pasar. Mis pequeños seres ya comenzaban a transformar su entorno y no a adaptarse a él. Se comunicaban entre sí. Apareció el lenguaje.

Hay tantos momentos memorables que recuerdo sobre ellos que mi entusiasmo me impide dar una cuenta concreta y ordenada de todo cuánto pasó. Comenzaron a creer. No en mí, por supuesto, pues me cuidaba mucho de que la gente supiera remotamente de mi existencia. ¿De qué les serviría? Aquello no les diría nada acerca de su propio mundo. No obstante, sí en conceptos que, aunque lejos de tener conmigo alguna relación, no dejaban de tener cierta similitud en algunos aspectos.

Me duele admitir que en ellos aparecieron infinitud de cosas que no me agradaban. No es fácil ver como algo que es parte de ti se puede corromper de una manera tal. Pero yo no podía si no escribir lo que debía ser. Porque comencé a comprender demasiado tarde que la coherencia me impedía hacer por mi creación nada más que seguir y seguir escribiendo.

Supongo que es por esto que en cierto modo me maldigo. La suerte que están corriendo todas y cada una de las consciencias que he creado no es si no fruto de unas reglas caprichosas que ideé hace mucho, mucho tiempo y que ya no puedo cambiar.

Me maldigo a mí, sabiendo que en realidad estoy maldiciendo a alguien que estará escribiendo sobre mí, no sé muy bien dónde.

Aunque tampoco puedo guardarle mucho rencor, pues sé que tampoco podría haberme escrito de otra manera.

jueves, 18 de marzo de 2010

El jardín

Aunque se os haga extraño, yo también fui coleccionista. Los expertos decían que no había lugar ni quién en el mundo que poseyera más flores que yo. Sí, un hobby un tanto raro, pero me llenaba. Grandes, pequeñas. De pétalos de colores intensos. Rojos, amarillos, violetas, rosas...

Siempre que me sentía deprimido, me bastaba acercarme a ellas. Cerraba los ojos, las saludaba y suavemente acercaba mi nariz y mi alma a ellas. Las escuchaba y compartíamos nuestras penas, nuestros deseos. Pero había días en los que no me sentía completo.

Vagaba por todos los parques, por todas las floristerías. Sin buscar realmente nada. Sólo por oír a mis compañeras de fatigas hablarme y contarme sus vivencias. Recuerdo el primer día que la vi. No era una floristería especialmente grande, pero aquella flor brillaba con luz propia. Mucho más hermosa y radiante de lo que nunca habría imaginado. De un morado intenso que conmovía, y sus pistilos, dependiendo de la luz, parecían marrón en la punta, y se iban haciendo verde claro conforme uno se alejaba.

Pero no parecía feliz. Estuvimos hablando durante un tiempo que pudieron ser meses enteros. Pregunté, maravillado, por la flor. El dueño de la tienda me la vendió. Cuando salí de allí, pensé que realmente él no sabía todo lo que había perdido.

Nada más llegar a mi casa, puse la maceta encima de mi mesa. La flor parecía algo más animada, aunque algo confusa por el cambio de dueño. La miré, escuchando todo lo que le faltaba por decir. Me habló de sus pequeños sueños de flor y de todo lo que quería hacer. La perfección de su ser me inundó por completo. Durante un precioso instante, ninguno de los dos tuvo problemas.

Las demás flores de mi complejo jardín acogieron felices a la nueva compañera, con la que pasaba la mayor parte del tiempo. Sin embargo, nunca la veía del todo feliz. Aquél deje de incompletud me afectaba más de lo indecible. Aquella pequeña flor no se gustaba. Las otras flores y yo tratábamos de convencerla de lo contrario, sin éxito. Parecía inmersa en un pesar sobre sí misma inexplicable en todo punto, y ello hacía que se sintiera triste.

Quería arrancarme los ojos para que pudiera verse como yo la veía. Quería gritarle que antes de que apareciera en mi jardín, éste, aunque inmenso, era incompleto. Que su sola presencia bastaba para que incluso yo me sintiera flor. Pero todo lo que le insinuaba acerca de su belleza obtenía incluso el efecto contrario del que quería y terminaba por deprimirse más.

Escribí sonetos, compuse canciones. Le lanzaba piropos, hablaba con ella. Hubiera subido al mismo cielo para bajar una nube sólo porque ella fuera capaz de apreciarse como yo lo hacía. Pero nada parecía funcionar.

Pasa el tiempo y mi jardín y esa pequeña flor de color morado seguimos juntos. Y sigo sin cansarme de decirle todo lo que ha cambiado en mi vida desde que llegó. Sigo diciéndole todos los días que sus pétalos son justo como cualquier dios que merezca tal calificativo habría pensado. Que sus pistilos iluminan el día de quien los ve.

Sigo escribiendo y componiendo.

Sigo piropeándola.

Y subiré al cielo si hace falta.

lunes, 15 de febrero de 2010

¿Soy algo?

Aquél día me desperté como todos. Pensando en ella. Sobre mi escritorio, detrás del cabecero de mi cama estaba mi máquina de escribir, con un relato a medio terminar. A medio empezar. Sobre ella.

Mi ser pugnaba por sentir que podía ser. Que era alguien. Que era algo.

Salí a pasear al bosque de mi ánimo. Me crucé con dos señoras viejas que conversaban tranquilamente sobre la cosecha de ideas aquella temporada. Me reconocieron de inmediato y se frenaron, en seco. Me miraron de arriba abajo, como esperando que yo hiciera algo. Una lágrima sobrevoló el cielo, omnipresente.

- Buenos días señoras -dije, educadamente-. Me preguntaba si podríais responder a una incógnita que recientemente me ha tornado de dudas. ¿Soy algo?

Las adorables viejecitas rieron nerviosamente. Una de las viejas, ataviada con una bolsa, sacó de ella un pequeño ojo que me miraba, curioso. Le acaricié. Sonrió. Sonreí.

- Gracias -contesté.

¿Me convertía eso en algo?

Seguí con mi paseo, solo. Encontré a una pobre hoja que, desde el suelo, miraba hacia la copa del árbol en la que presumiblemente se hallaba anteriormente. Me agaché, hasta tenerla a la altura de mi cara. De la tierra bajo nosotros salió una pequeña duda, que se arrastró por el suelo para volverse a meter.

Cogí a la pequeña hoja y la acerqué a la copa. Pude percibir en el preciso instante en que la acerqué su decepción. Ahora que veía de cerca todo lo que ansiaba, sentía que merecía poco la pena, que era menos ideal de lo que había imaginado.

Ante mis ojos su color se tornó paulatinamente de verde a marrón. La estrujé y la hice añicos. Sopló entonces una ligera brisa y solté los pequeños trozos de hoja, que salieron volando, elevando su alma al intinito, allá donde momentos antes sobrevolaba una lágrima. Pude sentir desde allí su dicha como si fuera la mía propia.

¿Acaso eso hacía que fuera algo?

Finalmente el camino que seguía desembocó en un brusco final. Allí, un búho me miraba fijamente. En sus ojos podía ver todo aquello que en un momento pensé, aquello que un día soñé. Y también veía dolor, veía sufrimiento. Veía demasiadas cosas.

Por desgracia, tardé demasiado en ver una pequeña astilla en su pata. La Levantó más que suplicando, invitándome. Me acerqué lentamente y sostuve tembloroso su extremidad. Agarré la astilla y tiré de ella.

En ese instante, el búho ya no estaba a mi lado, si no a un metro de distancia. De nuevo la sabiduría que escondían sus grandes ojos me sobrecogió. Detrás de él, el negro fondo se había convertido en una prolongación inconmensurable del camino que recorría. Como no podía ser de otra manera, aquella majestuosa ave comenzó un vuelo sin un final previsible hacia ese nuevo camino.

Y tan pronto como traspasó la línea que momentos antes delimitaba el camino del abismo oscuro, comprendí que era algo. Era el poseedor de una sonrisa, de decenas de fragmentos de hoja movidos por el viento y de un vuelo.

Era aquél que había creado cosas de la nada, haciéndolas mías. Porque cierto es, y no otra cosa, que si no fuera nada, esa sonrisa no existiría, esa hoja seguiría en el suelo y ya no habría más camino que recorrer.

Ahora sé que, además, tengo un escritorio, una máquina de escribir. Una historia a medio terminar. A medio empezar.

Y, por encima de todo, tengo algo que me inspira a escribir historias, a crear sonrisas, a hacer camino y a arrancar astillas. Porque la tengo a ella.

martes, 15 de diciembre de 2009

Callejón nocturno

Hacía bastante tiempo ya que el Sol se había puesto cuando yo regresaba congelado a casa. Había sido una noche atípica, aunque bastante agradable. Estaba extremadamente cerca de mi hogar cuando escuché algo procedente de un callejón, a mi derecha. Un sonido que ya sólo había oído en las películas y que hizo que se quebrara mi alma. Era el sonido del martilleo de una pistola.

- Ven -dijo una voz terriblemente grave.

El estómago me dió un vuelco y comencé a temblar. Debido a la falta de luz del callejón, ni siquiera podía ver de mi interlocutor nada que no fuera una silueta borrosa. Hice acopio de las escasas fuerzas que me quedaban y me dirigí hacia mi armado interlocutor.

- Te... te estás equivocando de persona -balbuceé.

- No buscaba a nadie en concreto, así que dudo que me haya equivocado -no sé si era por la falta de sueño, por el miedo o causa de mi imaginación, pero su voz me sonaba cada vez más grave-. Ven y siéntate a mi lado. Y, por favor, no trates de salir corriendo. Te daría antes de que empezaras a tensar algún músculo y no quiero eso. Si colaboras, esto terminará antes de que te des cuenta.

Cuando volví a ser plenamente consciente de qué hacía, y tal vez calmado mi subconsciente a raíz de la última promesa, me acerqué hacia el callejón, sentándome al lado de aquella voz, cuya representación visual seguía sin ser más que una difusa imagen negra.

- Buenas noches –saludó cordialmente-. Soy Felipe Pedreo. Tu confesor esta noche. Aquella persona con la que hablarás hasta que ya no quede nada que decir. Seré tu asesino y el mío.

- Has dicho que no me harías daño –el terror se apoderó de mí.

- No, eso no es verdad. He dicho que esto terminaría antes de que te dieras cuenta. Como entenderás, no tiene nada que ver una cosa con la otra.

Se hizo el silencio. Mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad. Pude ver que tenía el pelo algo alborotado, y me pareció ver que llevaba unas gafas. También creí discernir una especie de gabardina, pero no estaba seguro. Tras unos instantes en silenció, el recientemente bautizado para mí como Felipe, retomó la conversación.

- Te preguntarás porqué un hombre con una pistola puede querer algo que no sea ni tu dinero ni tu integridad sexual. La respuesta, aunque sencilla, es poco común. Necesito que alguien me escuche. Mi vida es una mierda y hace tiempo decidí ponerle fin, pero no quiero irme sin que alguien escuche lo que quiero y tengo que decir. Aún así, mi ego no es tan alto como para querer que todo el mundo oiga mi historia y se conmueva. Mi objetivo es que al menos un ser humano se siente a conversar conmigo sobre mi vida y la suya. Ya ves, una persona con una edad tan grande como la mía y ni siquiera he tenido la oportunidad de tener una disquisición seria con nadie. Nadie me ha escuchado. Y para eso, amigo mío, estáis tú y esta pistola.

- ¿Y porqué tengo que morir yo? ¿Por qué no me cuentas tu vida y luego me dejas salir y huir? –ahora pude ver que el color de su pelo era algo rubio. Llevaba unos vaqueros.

- No es tan sencillo. Necesito que esto quede entre nosotros dos. Nada debe salir de aquí. Algunas de las cosas atañen a terceros y no quiero perjudicar a nadie. Por eso, amigo mío, debes morir conmigo. No puedo arriesgarme.

- Ni siquiera te conozco –dije, desesperado.

- Eso da igual. Mañana, en el periódico, pondrá que dos personas murieron a causa de dos disparos. Una persona turbada se suicidó y se llevó a alguien consigo.

Comenzó a faltarme aire para respirar. Empecé a sollozar y por mi mente surcaron, veloces, millones de caras y de pensamientos. Concretamente, una cara se asentó con fuerza, haciendo que el resto parecieran simplemente un marco sin importancia.

- ¿En quién piensas? –me sobresaltó Felipe.

- ¿Cómo sabes que estoy pensando en alguien? –me sorprendí.

- Se te nota en la cara. Ante todo este esperpéntico panorama has sonreído. O estás tan desesperado como yo, o hay alguien que, pese a toda esta locura, te hace sonreír.

- Tienes razón –reconocí-. Se trata de mi pareja. Sara

- Vaya –Felipe sonrió-. ¿Tienes alguna foto?

Sorprendido por la pregunta, asentí nervioso. Rebusqué en mi cartera, la encontré y se la di. No pude evitar echarme a llorar.

- Es muy guapa –admitió-. Tienes suerte.

- ¿Cómo puedes tener el estómago para decirme eso? –dije, entre suspiros incontrolados.

- Tienes razón. Lo siento.

De nuevo, el silencio se apoderó de los dos. Me devolvió la foto de ella. La miré, tratando de recordar cada línea, cada detalle.

- En fin, creo que es hora de que empecemos -dijo.

- Haz lo que te dé la gana –contesté de mal humor.

- Comprendo esa reacción. Tampoco esperaba caerte bien.

- Cállate y empieza de una vez.

- Como quieras. La verdad es que desde que nací, tú eres la persona que más me ha escuchado. Mis padres estaban todo el día trabajando para poder costearme los estudios y apenas hablaban conmigo más que para lo más insulso. La gente con la que más contacto tenía durante el colegio era para jugar a fútbol y nunca intercambié más de dos palabras con ninguno. De siempre he sido una persona con muchas inquietudes… perdona, creo que todavía no me has dicho tu nombre…

- Martín, pero sigue.

- Vale. Como te decía, Martín, de siempre he sido una persona con una gran necesidad de contacto humano. Un contacto que nunca he recibido. Acabé mis estudios, y comencé a trabajar en una oficina, anhelando hablar con alguien. Mi jefe era un capullo que no se dirigía hacia mí nada más que para quejarse de lo mal que hacía todo. Mis compañeros no sólo no querían saber nada de mí si no que le daban la razón por evitarse problemas y subir puntos ante él. Empecé un matrimonio inercial con una persona a la que detesto simplemente porque pensaba que podría hablar. Me equivoqué. Sé que desde prácticamente el principio me es infiel, y la verdad es que me da bastante igual. La conclusión es que desde que puse un pie en el mundo, nadie nunca ha escuchado lo que tenía que decir. Millones de ideas mías han muerto, como tú y yo moriremos hoy, sin que nadie las escuchara. Eso es lo que quería que algún ser humano supiera. Ahora ya lo sabes. ¿Qué tienes que decir?

- Que eres imbécil, Felipe. Eres el ser humano más imbécil sobre la faz de la Tierra.

- ¿A qué se debe tal calificativo? –contestó, visiblemente asombrado.

- Dices que tu vida ha sido dura. Y, en cierto modo lo es. Sé lo que es que nadie te escuche. Mis padres murieron cuando no tenía ni cinco años, y he ido pasando temporadas de mi vida en casas de diferentes tíos que no querían saber nada de mí. En cada nuevo colegio al que tenía que ir se me marginaba por norma y nunca se me acercaron para nada que no fuera golpearme o quitarme los pantalones entre todos. Cuando por fin pude independizarme, ni siquiera había terminado mis estudios. Conseguí un trabajo de mierda donde, además, trabajaba solo. Mi sueldo era una miseria. Y no he conseguido una relación de verdad hasta hace irrisoriamente poco, después de estar varios años con una persona que me trataba como si fuera mierda. ¿Acaso crees que me di por vencido? No. Me levantaba cada mañana con un esfuerzo indecible para querer creer que yo valía algo, que alguien ahí fuera podría acabar por quererme, por respetarme y por oírme. Y lo conseguí. Y ni siquiera estoy diciendo que por querer suicidarte seas un cobarde. Digo que eres un cobarde por querer llevarte una vida sólo porque te has rendido.

Un pesado silencio se apoderó de los dos. Ambos respirábamos de una forma bastante audible.

- Tienes razón. Aún tengo una posibilidad de ser feliz, de ser escuchado –se levantó-. Voy a salir ahí fuera para gritarle a todo el mundo que puedo ofrecer algo. Que todavía soy alguien.

- No por mucho tiempo –susurré. El se giró y me miró extrañado. Sus ojos casi se caen de sus órbitas cuando observaron como mi mano sostenía la pistola que hasta hace poco él había tenido en su poder-. No sabes hasta qué punto entristece ver que alguien es capaz de rendirse tan pronto. He tenido paciencia con la vida y con el mundo. He procurado conseguir la constancia para tratar de superar todo. Eres cruel, Felipe. Eres cruel y odioso. Si hay alguien en la vida que no merezca ser feliz, ese eres tú.


Apunté y se oyó un gran estruendo. La bala atravesó la cabeza, haciéndola saltar por los aires. Todo quedó lleno de sangre. Debido a lo tenso de toda la conversación, no fui consciente hasta que fue demasiado tarde de que ya era prácticamente de día. Comenzaron a oírse pasos y gritos. No me vi con fuerzas de tener que enfrentarme a aquello. No pude soportar la idea de tener que contar lo sucedido a Sara y que fuera consciente de lo que he hecho. De esta monstruosidad. Sabía que habría huellas de los dos en la pistola. Así que hice lo poco que se me ocurrió. Por primera vez en mi vida me rindí. Levanté la pistola.

A la mañana siguiente el periódico relataba como dos personas habían muerto durante la pasada noche a causa de dos balas.