Sentado en mi sillón de cuero, observaba entre perplejo y asustado aquél sobre que había aparecido no sé muy bien cómo en mi escritorio. No había sellos, ni destinatario. Simplemente aparecía un remite, en tinta negra, probablemente escrito con pluma, con una tipografía que parecía del siglo XVII. Una sola y única palabra que no había vuelto a mi cabeza desde hacía mucho. Desde aquellos años en el manicomio.
Mi secretaria abrió la puerta. Llevaba un jersey azul, de cuello alto. Me gustaba ese jersey. El pelo castaño y las gafas apoyadas en la nariz, en esa postura que uno espera de una secretaria.
- La policía está ahí fuera. Desean hablar con usted a raíz de la desaparición de Euclides.
- Muy bien, diles que suban.
Me giré, mirando de frente a aquél papel que me acreditaba a ejercer la abogacía. Me costó lo indecible poder superar aquél infierno que fue el sanatorio mental. Medicinas que me aturdían y atontaban. No saber exactamente dónde estás. No saber si estás.
Pude con ello, lo superé. A pesar de las alucinaciones. A pesar de que mi primera y única amiga allí no fuera más que un producto de mi imaginación. Conseguí curarme, conseguí salir. Me dejaron volver a ejercer. Está bien, no tengo casi ningún cliente. No es extraño, ¿Quién quiere que le represente alguien que hasta hace poco era considerado una persona trastornada?
Y sin embargo, un tal Euclides, el 14 de mayo, decide cruzar a ciegas una autopista. Sobrevivió de milagro. Fue denunciado por temeridad, y pidió expresamente que yo lo representara. Durante el juicio ignoró por completo lo que ocurría, como si no fuera sobre su futuro sobre lo que se estaba hablando. Mientras testificaba dijo que aquella parafernalia le parecía más bien insulsa y que no estaba allí por su persona. "Mi misión es que Edunel llegue a una persona en concreto".
Aquella frase me puso los pelos de punta. Otra vez aquél nombre. Otra vez la pesadilla.
Otra vez.
Más tarde, durante un descanso del juicio, desapareció. Nadie sabe adónde fue. Yo no quería saberlo, sólo quería volver a mi despacho tras prestar una rápida declaración que prometí expandir en mi lugar de trabajo.
Y una vez aquí, esta maldita carta revive todo. Abro el sobre, como queriendo que se trate de una broma.
"Querido mío. Desde que llegué a Edunel (o volví, quién sabe) no he podido parar de pensar en ti. Cada árbol, cada brisa de aire puro. Todos los detalles que creo, incluso los más insignificantes, me recuerdan a tu persona. Sé que ahora creerás que todo esto forma parte de tu imaginación, incluso esta reflexión. Tampoco te pido que creas en esto, sé que al final ocurrirá lo que realmente quieras. Sólo quería darte las gracias. Gracias porque si no fuera por ti, por tu inspiradora presencia y porque, en el fondo, tu calidez siempre dio alas a mi imaginación, nunca podría haber llegado hasta aquí. Este lugar es precioso porque siempre es como quieres que sea.
Tampoco voy a decir que esto sea sólo para darte las gracias. También quiero pedirte que vengas conmigo. Sólo hay algo que mejoraría este lugar, y es que tú estuvieras conmigo. No hace falta un billete ni equipaje. Basta que lo desees. Basta que creas que ya has tenido suficiente y que en realidad la vida que vives no puede depararte nada que no esperes o que no temas. Simplemente necesitas creer que ya has tenido suficiente.
Te amo.
P.D :Si crees que estás listo, simplemente cierra los ojos."
Cuando volví a abrirlos, me encontraba en un prado inmenso.
-Mi vida -escuché detrás de mí. Esa voz sonaba como una cascada. Como el aleteo de miles de mariposas. Como sentir el Sol en la cara. Como el sueño de dos enamorados.
Me giré, nervioso. Nos miramos. Nos encontrábamos en un gran prado, con alguna flor diseminada por el lugar. La brisa mecía nuestros cabellos.
Al momento corrimos uno en brazos del otro, y la tensión pareció disiparse, como si hubiera dejado paso a algo más poderoso. Como si algún dios hubiera dejado espacio en un pequeño espacio de realidad para crear aquél momento. Como el mar revuelto. Como un grupo de caballos corriendo salvajes por un camino de tierra. Como una bandada de gaviotas sonriendo a las nubes.
Por fin, después de mucho tiemo, era libre.
miércoles 4 de noviembre de 2009
miércoles 21 de octubre de 2009
El Castillo de Tartaglia
Eran ya pasadas las doce de la noche cuando estaba llamando a la entrada del Castillo de Copérnico, situada en una pequeña colina solitaria de la región de Galileo. Una vez más me reprochaba a mí misma el estar golpeando la gran y pesada puerta de madera, mientras repasaba mentalmente la disparatada cadena de acontecimientos que me acercaba inexorablemente a un final inexplicable. La lluvia caía con fuerza en mi cabeza mientras el viento me helaba.
Al otro lado de la puerta se oyó el eco de unos pasos rápidos y firmes. Suspiré. Pude percibir cómo alguien ponía en marcha los mecanismos de apertura de la puerta. Posteriormente, un largo y quedo chirrido anunció que ésta se encontraba abierta.
Frente a mí, no estaba otro que el popular escritor Esteban Mayor. Lo saludé con un ademán de cabeza y él me invitó a entrar. Pasamos por un amplio pasillo de piedra gris, en silencio. Por todo foco de luz, una vela que él llevaba en la mano.
Subimos por una escalera de caracol y finalmente llegamos a una pequeña y agradable habitación, alumbrada por una chimenea. Frente a ella, dos cómodos sillones de cuero. Las paredes de la habitación estaban cubiertas por estanterías que no parecían tener fin, las cuales se hallaban repletas de libros. El anfitrión señaló uno de los sillones y él se sentó en el otro.
- Me alegra que haya aceptado mi invitación -comenzó él.
- Oh, cállate -le espeté mientras dejaba mi bufanda de lana sobre una mesita de cristal situada al lado de mi asiento-. No te soporto como ser humano ni mucho menos como escritor. Si vine es porque no sé porqué demonios alguien como tú va a querer que yo venga a esta mierda de lugar.
- Precisamente es tu falta de aprecio hacia mí y hacia mi trabajo lo que hace que estés sentada en ese sillón. Verás, mi editorial me ha encargado un nuevo libro sobre vampiros, pero esta vez ambientado en algo más clásico. Ya sabes, castillos, poderes místicos, permisos para entrar... cosas de esas.
- Al menos así puede que quede mejor que la bazofia de tu anterior saga.
- Si, ya sé que no te gusta de mi trabajo. Teniendo en cuenta que te dedicas a pintar cuadros, sigue siendo un misterio para mí porqué dijiste de mí que era el escritor más inepto que habiás visto y leído en tu vida.
- Creo que el talento que tienes bien merecía un elogio a la altura.
- Muy aguda. En fin, vayamos al grano. No soy mucho de ambientarme antes de escribir una historia ni nada por el estilo, pero mis editores comenzaron a lanzarme demasiadas peticiones. Que si pon algún animal que defina la escena, que si un ambiente sórdido, que si un miembro de la nobleza... Así que por eso me vine aquí, a un sitio alejado y oscuro para poder empaparme de la cultura. Este castillo, aquí donde lo ves, perteneció al conde de Tartaglia, un tirano feudal como cualquier otro. Incluso creo que tienen un museo sobre él en el pueblo, pero ya sabes, habladurías de gente de pueblo.
- Yo soy de pueblo.
- Lo que sea. El caso es que llevo aquí más de un mes y soy incapaz de escribir algo que no sea superficial, sin sentido...
- Creía que a estas alturas estarías acostumbrado.
-... y no sé porqué -prosiguió, ignorando mi comentario-. Paseo en solitario por un castillo lleno de ruidos que podrían ser cualquier cosa. Aquí hasta las mañanas son siniestras y todo iría genial si no fuera porque un maldito gato golpea mi ventana todas las noches y no me deja dormir.
- Bueno, basta -dije, levantándome del sillón mientras comenzaba a ponerme la bufanda y el abrigo.
- ¿Qué ocurre?
- Que ya he perdido bastante mi tiempo. Ya creo que eres el escritor más inepto que he visto nunca. Me atrevería decir que el más inepto de toda la historia. Si te molestaras un poco en mirar a tu alrededor verías que tu maldita historia se está escribiendo sola. Si hubieras perdido diez minutos de tu tiempo en entrar en el museo del pueblo hubieras visto decenas de testimonios de hace quinientos años que aseguraban que en el castillo en el que ahora vives se podía oír gritar a multitud de hombres, presos de un sufrimiento terrible. Dicen que todavía huele a sangre en los calabozos, aunque apuesto a que ni siquiera habrás bajado. ¡Hasta un puñetero gato toca a tu ventana! ¿Qué más quieres?
Salí de allí, entre frustrada y enfadada. Avancé por el camino y un gato negro saltó de una rama cercana y se quedó, inmóvil, tres metros por delante de mí. La nieve estaba a ambos lados del camino y Esteban hacía rato que había cerrado la puerta del castillo, enojado también.
El minino, de tamaño medio, me miraba con unos ojos negros, profundos. Con la sabiduría de alguien que ha vivido mucho. Parecía sonreir. Finalmente saltó del camino y se perdió entre el bosque. Yo me acerqué a mi coche, entré y salí de allí.
Meses después, acababa de vender mi cuadro de Noche en el Castillo de Tartaglia cuando recibí una llamada telefónica. La editorial había cerrado el contrato con Esteban Mayor y, por lo visto y todavía en el castillo, éste se había suicidado. Consternada, fui a beber un vaso de agua a la cocina. Cené y me acosté.
Me tumbé, mirando a la ventana.
Y allí estaban, inmóviles y pacientes, como si siempre hubieran estado allí, aquellos ojos negros y profundos, implorándome entrar desde el otro lado.
Al otro lado de la puerta se oyó el eco de unos pasos rápidos y firmes. Suspiré. Pude percibir cómo alguien ponía en marcha los mecanismos de apertura de la puerta. Posteriormente, un largo y quedo chirrido anunció que ésta se encontraba abierta.
Frente a mí, no estaba otro que el popular escritor Esteban Mayor. Lo saludé con un ademán de cabeza y él me invitó a entrar. Pasamos por un amplio pasillo de piedra gris, en silencio. Por todo foco de luz, una vela que él llevaba en la mano.
Subimos por una escalera de caracol y finalmente llegamos a una pequeña y agradable habitación, alumbrada por una chimenea. Frente a ella, dos cómodos sillones de cuero. Las paredes de la habitación estaban cubiertas por estanterías que no parecían tener fin, las cuales se hallaban repletas de libros. El anfitrión señaló uno de los sillones y él se sentó en el otro.
- Me alegra que haya aceptado mi invitación -comenzó él.
- Oh, cállate -le espeté mientras dejaba mi bufanda de lana sobre una mesita de cristal situada al lado de mi asiento-. No te soporto como ser humano ni mucho menos como escritor. Si vine es porque no sé porqué demonios alguien como tú va a querer que yo venga a esta mierda de lugar.
- Precisamente es tu falta de aprecio hacia mí y hacia mi trabajo lo que hace que estés sentada en ese sillón. Verás, mi editorial me ha encargado un nuevo libro sobre vampiros, pero esta vez ambientado en algo más clásico. Ya sabes, castillos, poderes místicos, permisos para entrar... cosas de esas.
- Al menos así puede que quede mejor que la bazofia de tu anterior saga.
- Si, ya sé que no te gusta de mi trabajo. Teniendo en cuenta que te dedicas a pintar cuadros, sigue siendo un misterio para mí porqué dijiste de mí que era el escritor más inepto que habiás visto y leído en tu vida.
- Creo que el talento que tienes bien merecía un elogio a la altura.
- Muy aguda. En fin, vayamos al grano. No soy mucho de ambientarme antes de escribir una historia ni nada por el estilo, pero mis editores comenzaron a lanzarme demasiadas peticiones. Que si pon algún animal que defina la escena, que si un ambiente sórdido, que si un miembro de la nobleza... Así que por eso me vine aquí, a un sitio alejado y oscuro para poder empaparme de la cultura. Este castillo, aquí donde lo ves, perteneció al conde de Tartaglia, un tirano feudal como cualquier otro. Incluso creo que tienen un museo sobre él en el pueblo, pero ya sabes, habladurías de gente de pueblo.
- Yo soy de pueblo.
- Lo que sea. El caso es que llevo aquí más de un mes y soy incapaz de escribir algo que no sea superficial, sin sentido...
- Creía que a estas alturas estarías acostumbrado.
-... y no sé porqué -prosiguió, ignorando mi comentario-. Paseo en solitario por un castillo lleno de ruidos que podrían ser cualquier cosa. Aquí hasta las mañanas son siniestras y todo iría genial si no fuera porque un maldito gato golpea mi ventana todas las noches y no me deja dormir.
- Bueno, basta -dije, levantándome del sillón mientras comenzaba a ponerme la bufanda y el abrigo.
- ¿Qué ocurre?
- Que ya he perdido bastante mi tiempo. Ya creo que eres el escritor más inepto que he visto nunca. Me atrevería decir que el más inepto de toda la historia. Si te molestaras un poco en mirar a tu alrededor verías que tu maldita historia se está escribiendo sola. Si hubieras perdido diez minutos de tu tiempo en entrar en el museo del pueblo hubieras visto decenas de testimonios de hace quinientos años que aseguraban que en el castillo en el que ahora vives se podía oír gritar a multitud de hombres, presos de un sufrimiento terrible. Dicen que todavía huele a sangre en los calabozos, aunque apuesto a que ni siquiera habrás bajado. ¡Hasta un puñetero gato toca a tu ventana! ¿Qué más quieres?
Salí de allí, entre frustrada y enfadada. Avancé por el camino y un gato negro saltó de una rama cercana y se quedó, inmóvil, tres metros por delante de mí. La nieve estaba a ambos lados del camino y Esteban hacía rato que había cerrado la puerta del castillo, enojado también.
El minino, de tamaño medio, me miraba con unos ojos negros, profundos. Con la sabiduría de alguien que ha vivido mucho. Parecía sonreir. Finalmente saltó del camino y se perdió entre el bosque. Yo me acerqué a mi coche, entré y salí de allí.
Meses después, acababa de vender mi cuadro de Noche en el Castillo de Tartaglia cuando recibí una llamada telefónica. La editorial había cerrado el contrato con Esteban Mayor y, por lo visto y todavía en el castillo, éste se había suicidado. Consternada, fui a beber un vaso de agua a la cocina. Cené y me acosté.
Me tumbé, mirando a la ventana.
Y allí estaban, inmóviles y pacientes, como si siempre hubieran estado allí, aquellos ojos negros y profundos, implorándome entrar desde el otro lado.
jueves 8 de octubre de 2009
Payaso triste
Aquél día volvía a casa del colegio como cualquier otro. Con mis ocho infantiles años todo parecía nuevo. Con la seguridad que da la rutina, giré la esquina que me llevaba a mi portal. Y justo allí, en la puerta de mi edificio, había un payaso. Ya había visto muchos. En la tele, en el circo... Pero aquél era distinto.
Llevaba un disfraz de un color azul chillón y una gran pajarita morada brillante. La cara pintada de blanco y unos grandes labios gruesos de un rojo intenso estaban pintados sobre su cara en forma de una sonrisa. Una peluca roja y una nariz a juego. Estaba sentado, con las manos agarradas en las rodillas. A ratos tenía la mirada fija en el suelo. Otras veces se quedaba mirando el horizonte, como imaginándose lejos de allí. Lejos del mundo.
Pero no eran esos pequeños detalles lo que le diferenciaba especialmente del resto de payasos. Aquel payaso era el primero al que yo había visto llorar. Parte de su maquillaje estaba disuelto por las lágrimas, y la sonrisa dibujada quedaba macabra en contraste con la cara de tristeza de aquel hombre.
Por primera vez pareció darse cuenta de mi presencia. Se esforzó en sonreir, pero su intento terminó en una especie de balbuceo culminado por un sordo sollozo.
Titubeé, sin saber muy bien qué hacer. Con la inocencia que caracteriza la infancia, me acerqué.
-Hola -le saludé.
-Hola -contestó, de manera apenas audible.
-¿Por qué estás triste?
-¿Por qué crees que estoy triste?
-Estás llorando.
- Buena observación.
Se hizo un silencio incómodo, el primero que recuerdo en mi vida.
-Odio mi trabajo.
-¿No te gusta ser payaso?
-Antes sí. Lo adoraba. Las risas de los niños eran todo lo que necesitaba para saber que lo que hacía merecía la pena. ¿Pero sabes? No lo merece.
-A mí me gustan los payasos...
-Ahora sí, pero ¿Y cuando crezcas? ¿Te acordarás de mí? ¿De alguna actuación infantil? ¿Pensarás que te ha servido para algo? No lo creo.
-¿Por qué? -cada frase mía iba sumiendo al payaso en una depresión mayor, mientras yo veía que la conversación iba alcanzando una altura que con esa edad no tenía.
-Recuerdo mi primera actuación. Era el cumpleaños de un chico de cinco años, con melena rubia y unos preciosos ojos castaños. Aquél día fue el que más se río de todos los que actuaron, y me llevé un grato recuerdo y una foto de él encima de mí que siempre llevaba conmigo en todas las actuaciones. Pasaron los años y yo seguí, ilusionado con mi trabajo. Hasta que diez años después , dando un paseo por la noche encontré a un joven tirado en la acera. Se encontraba tumbado, únicamente con la cabeza apoyada en el bordillo. Los brazos abiertos, como esperando una explicación, y las piernas se encontraban en un ángulo que parecía imposible. Su jersey negro llevaba restos de lo que parecía su propio vómito, que se encontraba desperdigado en torno al cuerpo. Iba a seguir mi camino hasta que me fijé más en el chaval. Un chico con melena rubia y unos ojos inconfundibles. Me acerqué a él, le dije quién era, pero me apartó de su lado con un empentón, diciendo que le dejara en paz. Le mostré la foto y la hizo añicos. Me escupió y dijo que un payaso siempre era un payaso. Y encontes entendí que yo pertenezco a una parte de la vida que la gente cada vez más se esfuerza por dejar atrás y olvidar. Se avergüenza de haber pasado tiempo conmigo. A partir de ese día en cada niño veo un reflejo de aquél chico de melena rubia y ojos castaños, y en cada persona más mayor veo gente que pretende olvidar haberme conocido. Y me he cansado. La gente no merece tener una infancia. Y yo no quiero proporcionársela.
Hacía rato que yo ya estaba llorando, pero no aguanté más. Entré corriendo en el portal, desconsolado.
-¡No huyas de tu infancia! ¡No tengas miedo por crecer! ¡Pero sobre todo, hazte un favor a ti mismo y no destroces tu vida!
Hoy en día, recuerdo con cariño aquella anécdota. No porque creciera antes ni porque me aferrara más a la infancia. Tampoco supuso un punto de inflexión. Pero fue aquella conversación la que hizo que, hoy día, lleve más de treinta años dedicándome a algo que me hace tremendamente feliz. Soy payaso.
Obviamente me entristece que las personas olviden esa parte de su vida. O mejor dicho, que renieguen de ella y hagan como si no hubiera existido. Pero me gusta pensar que hay gente que puede recordar con cariño haber estado conmigo.
Y, por encima de todo, creo que todo el mundo tiene derecho a una infancia, por mucho que luego la desperdicie en la inútil carrera hacia el futuro, donde uno tiende a olvidar todo lo aprendido.
Llevaba un disfraz de un color azul chillón y una gran pajarita morada brillante. La cara pintada de blanco y unos grandes labios gruesos de un rojo intenso estaban pintados sobre su cara en forma de una sonrisa. Una peluca roja y una nariz a juego. Estaba sentado, con las manos agarradas en las rodillas. A ratos tenía la mirada fija en el suelo. Otras veces se quedaba mirando el horizonte, como imaginándose lejos de allí. Lejos del mundo.
Pero no eran esos pequeños detalles lo que le diferenciaba especialmente del resto de payasos. Aquel payaso era el primero al que yo había visto llorar. Parte de su maquillaje estaba disuelto por las lágrimas, y la sonrisa dibujada quedaba macabra en contraste con la cara de tristeza de aquel hombre.
Por primera vez pareció darse cuenta de mi presencia. Se esforzó en sonreir, pero su intento terminó en una especie de balbuceo culminado por un sordo sollozo.
Titubeé, sin saber muy bien qué hacer. Con la inocencia que caracteriza la infancia, me acerqué.
-Hola -le saludé.
-Hola -contestó, de manera apenas audible.
-¿Por qué estás triste?
-¿Por qué crees que estoy triste?
-Estás llorando.
- Buena observación.
Se hizo un silencio incómodo, el primero que recuerdo en mi vida.
-Odio mi trabajo.
-¿No te gusta ser payaso?
-Antes sí. Lo adoraba. Las risas de los niños eran todo lo que necesitaba para saber que lo que hacía merecía la pena. ¿Pero sabes? No lo merece.
-A mí me gustan los payasos...
-Ahora sí, pero ¿Y cuando crezcas? ¿Te acordarás de mí? ¿De alguna actuación infantil? ¿Pensarás que te ha servido para algo? No lo creo.
-¿Por qué? -cada frase mía iba sumiendo al payaso en una depresión mayor, mientras yo veía que la conversación iba alcanzando una altura que con esa edad no tenía.
-Recuerdo mi primera actuación. Era el cumpleaños de un chico de cinco años, con melena rubia y unos preciosos ojos castaños. Aquél día fue el que más se río de todos los que actuaron, y me llevé un grato recuerdo y una foto de él encima de mí que siempre llevaba conmigo en todas las actuaciones. Pasaron los años y yo seguí, ilusionado con mi trabajo. Hasta que diez años después , dando un paseo por la noche encontré a un joven tirado en la acera. Se encontraba tumbado, únicamente con la cabeza apoyada en el bordillo. Los brazos abiertos, como esperando una explicación, y las piernas se encontraban en un ángulo que parecía imposible. Su jersey negro llevaba restos de lo que parecía su propio vómito, que se encontraba desperdigado en torno al cuerpo. Iba a seguir mi camino hasta que me fijé más en el chaval. Un chico con melena rubia y unos ojos inconfundibles. Me acerqué a él, le dije quién era, pero me apartó de su lado con un empentón, diciendo que le dejara en paz. Le mostré la foto y la hizo añicos. Me escupió y dijo que un payaso siempre era un payaso. Y encontes entendí que yo pertenezco a una parte de la vida que la gente cada vez más se esfuerza por dejar atrás y olvidar. Se avergüenza de haber pasado tiempo conmigo. A partir de ese día en cada niño veo un reflejo de aquél chico de melena rubia y ojos castaños, y en cada persona más mayor veo gente que pretende olvidar haberme conocido. Y me he cansado. La gente no merece tener una infancia. Y yo no quiero proporcionársela.
Hacía rato que yo ya estaba llorando, pero no aguanté más. Entré corriendo en el portal, desconsolado.
-¡No huyas de tu infancia! ¡No tengas miedo por crecer! ¡Pero sobre todo, hazte un favor a ti mismo y no destroces tu vida!
Hoy en día, recuerdo con cariño aquella anécdota. No porque creciera antes ni porque me aferrara más a la infancia. Tampoco supuso un punto de inflexión. Pero fue aquella conversación la que hizo que, hoy día, lleve más de treinta años dedicándome a algo que me hace tremendamente feliz. Soy payaso.
Obviamente me entristece que las personas olviden esa parte de su vida. O mejor dicho, que renieguen de ella y hagan como si no hubiera existido. Pero me gusta pensar que hay gente que puede recordar con cariño haber estado conmigo.
Y, por encima de todo, creo que todo el mundo tiene derecho a una infancia, por mucho que luego la desperdicie en la inútil carrera hacia el futuro, donde uno tiende a olvidar todo lo aprendido.
miércoles 30 de septiembre de 2009
Sin musa
Como cuando no dices nada porque no queda nada que decir. Cuando se rajan poco a poco los retales de una red enorme. Cuando un pintor observa delante de sí un lienzo que se torna gris sin haber trazado siquiera una mísera pincelada. Cuando sobre el cielo no hay nubes que hagan plasmar en el suelo las irregulares gotas de lluvia. Cuando le echas sal a la tierra y tratas de sembrar luego. Cuando un deportista pierde las piernas o un alfarero se queda sin barro.
Una habitación vacía con paredes blancas esperando a ser amueblada, pero sin nadie para darle el calor de la vida. Una guitarra sin cantautor. Un telescopio sin estrellas. Como un vacío inexplicable que parte las palabras en dos hasta que pierdan forma.
Un cuento sin niño que anhele conocer el final. Como una línea en el espacio.
Una pluma sin tinta.
Un folio sin inspiración.
Un ataúd sin muerto.
Un todo sin nada.
Una habitación vacía con paredes blancas esperando a ser amueblada, pero sin nadie para darle el calor de la vida. Una guitarra sin cantautor. Un telescopio sin estrellas. Como un vacío inexplicable que parte las palabras en dos hasta que pierdan forma.
Un cuento sin niño que anhele conocer el final. Como una línea en el espacio.
Una pluma sin tinta.
Un folio sin inspiración.
Un ataúd sin muerto.
Un todo sin nada.
sábado 12 de septiembre de 2009
Fallar
La calle estaba casi vacía, debido a la hora de la noche en la cual se encontraban. Ellos dos se miraban con la comprensión que da la confianza, con la confianza que da el afecto y con el afecto que da el amor. En el fondo era irrelevante que Él tuviera los ojos llorosos o que en el rostro de Ella se reflejara la contrariedad de querer ayudar y no saber cómo. Ninguno hablaba, bien porque no hiciera falta o bien porque estaba ya todo dicho.
Las farolas parecían los focos que iluminaban lo que sólo era un escenario, por el cual los dos actores iban avanzando. Cada uno representando su papel. Ella el de persona comprensiva pero impotente ante una situación que no debería producirse. Él frustrado ante la perspectiva de que daba igual lo que hiciera, daba igual lo mucho que se esforzase o que se prometiese a sí mismo una y otra vez que podía con aquello (o mejor dicho, que podía con él mismo).
Ambos deseaban sentir al otro cerca, pensar que aquél mal rato estaba sólo en sus cabezas. Dormir durante uno o dos días, con la esperanza de despertarse y darse cuenta de que había sido un sueño. Y sin embargo, caminaban a una distancia de seguridad, como si al tocarse fuera a producirse una descarga eléctrica. Y en el fondo así era.
Y como siempre, una sonrisa de Ella sacó de su ensoñación a Él. Sus ojos volvieron a cruzarse y de nuevo intercambiar palabras hubiera sido superfluo. Se dijeron todo, en el sentido más amplio, sencillo y sincero, sin que ningún sonido saliera de ninguna de sus bocas.
Al final se despidieron, cada uno con dirección a su hogar. Ella regresando inmerecidamente cabizbaja a su casa. Él, temeroso de creer que la estaba fallando. Que no se merecía su comportamiento y diciéndose a sí mismo, como siempre, que la próxima vez sería mejor. Le aterrorizaba pensar que la estaba perdiendo poco a poco, y trataba de atesorar en su memoria todas las sonrisas suyas que había podido contemplar.
Era muy probable que al día siguiente todo aquello le pareciera irrisorio o sin razón de ser y que volvieran los buenos momentos. Sin embargo seguiría pensando que no estaba respondiendo como se merecía a Ella.
No obstante, le consolaba pensar que, a su modo, los focos no se habían apagado todavía. Que quedaba mucho escenario por recorrer.
Y que los actores seguirían avanzando. Unas veces un poco separados. Casi siempre abrazados.
Pero siempre juntos.
Las farolas parecían los focos que iluminaban lo que sólo era un escenario, por el cual los dos actores iban avanzando. Cada uno representando su papel. Ella el de persona comprensiva pero impotente ante una situación que no debería producirse. Él frustrado ante la perspectiva de que daba igual lo que hiciera, daba igual lo mucho que se esforzase o que se prometiese a sí mismo una y otra vez que podía con aquello (o mejor dicho, que podía con él mismo).
Ambos deseaban sentir al otro cerca, pensar que aquél mal rato estaba sólo en sus cabezas. Dormir durante uno o dos días, con la esperanza de despertarse y darse cuenta de que había sido un sueño. Y sin embargo, caminaban a una distancia de seguridad, como si al tocarse fuera a producirse una descarga eléctrica. Y en el fondo así era.
Y como siempre, una sonrisa de Ella sacó de su ensoñación a Él. Sus ojos volvieron a cruzarse y de nuevo intercambiar palabras hubiera sido superfluo. Se dijeron todo, en el sentido más amplio, sencillo y sincero, sin que ningún sonido saliera de ninguna de sus bocas.
Al final se despidieron, cada uno con dirección a su hogar. Ella regresando inmerecidamente cabizbaja a su casa. Él, temeroso de creer que la estaba fallando. Que no se merecía su comportamiento y diciéndose a sí mismo, como siempre, que la próxima vez sería mejor. Le aterrorizaba pensar que la estaba perdiendo poco a poco, y trataba de atesorar en su memoria todas las sonrisas suyas que había podido contemplar.
Era muy probable que al día siguiente todo aquello le pareciera irrisorio o sin razón de ser y que volvieran los buenos momentos. Sin embargo seguiría pensando que no estaba respondiendo como se merecía a Ella.
No obstante, le consolaba pensar que, a su modo, los focos no se habían apagado todavía. Que quedaba mucho escenario por recorrer.
Y que los actores seguirían avanzando. Unas veces un poco separados. Casi siempre abrazados.
Pero siempre juntos.
sábado 25 de julio de 2009
Velada
El salón únicamente estaba alumbrado por una lámpara, y hacía tiempo que, fuera, las farolas daban luz a la ciudad. Sentado en un cómodo sofá de cuero, observaba como mi compañero de velada daba vueltas alrededor de una habitación atestada de libros sobre estanterías. Algunos de esos libros tenían su nombre impreso en el lomo. Paseaba nervioso, como era costumbre en él, pese a que no parecía preocupado. Era bastante activo e incapaz de permanecer quieto y, las más ocasiones, callado.
Yo, en cambio, nunca he sido mucho de hablar. Sentado, allí, apuraba el cigarrillo que sostenía entre mis dedos y observaba, con desdén, cómo mi vaso de whisky comenzaba a terminarse. Mi amigo no tomaba nada, como era ya habitual en él. Observaba yo el techo, completamente absorto, sabiendo que tarde o temprano él acabaría por sacar conversación. Finalmente, mis predicciones dieron su fruto.
- ¿Sabes? Muchas veces me pregunto hasta qué punto nuestras formas de expresión son distintas. Quiero decir, eres un compositor de éxito, tus discos se venden bien, no así como la mayoría de mis libros, que en muchas ocasiones ni yo alcanzo a comprender. Siempre he entendido que eres un músico realmente capaz por lo que se dice, si bien yo no tenga realmente herramientas para saber hasta qué punto eso es cierto. No obstante, lo que expresas, me parece en muchas ocasiones frío, como si tus canciones no fueran del todo un reflejo de ti.
- Bueno, eso es muy relavito, ya lo sabes –contesté, apoyando el vaso en la mesa tras haberlo terminado del todo durante la exposición de mi interlocutor-. Siento lo que canto como una forma de mostrar cosas que veo o de cosas que me impresionan.
- Quizá yo sea más visceral en mi correspondiente arte. No negaré que hay canciones tuyas que realmente me llegan o emocionan, pero es con mis escritos, tanto cuando trabajo con ellos como cuando simplemente los releo, cuando realmente llego a sentir lo que estoy recibiendo.
- No entiendo.
Se levantó y fue hacia la ventana. Solía abrirla después de que alguien estuviera mucho tiempo fumando en su salón. Pareció que algo llamó su atención y pidió que me acercara a la ventana. Afuera, un grupo de jóvenes estaban pegándose.
- Se podría decir que mi forma de expresión se asemeja a eso que ves.
- Oh, por favor, no empieces. Esa gente va metida hasta el culo, no creo que puedas encontrar un ejemplo de algo que se te parezca menos.
- No negaré que odio a esa gente. Sabes de sobra que considero ese tipo de vida y actividades como una forma inútil de evadirse y un patético intento por dejar de pensar en lo asquerosa y vacía que es su vida. Conoces lo que siento cuando esos temas me tocan de cerca y pocas personas aprecian del mismo modo que tú, querido amigo, el vacío que siento en esos casos. Alguna vez he sentido deseos de hacer volar por los aires a ese tipo de personas y su falta total de apego y aprecio a la vida me dan ganas de vomitar. Tú mismo me dijiste en una ocasión que considerabas que no entendía porqué había personas que necesitaban en algún momento dejar de ser ellas mismas para pasárselo bien, y acertaste de pleno. Y, no obstante, en ejemplos como este, puedo entender porqué mi forma de expresión es mucho más visceral que la tuya.
- No lo entiendo. Dices que odias a esa gente pero que identificas tu forma de expresión con una reyerta entre borrachos.
- Bueno, todo tiene una explicación. ¿Ves a aquél chico en el suelo, sangrando? Ha caído, está hundido. Sin embargo –mientras hablaba, el chaval comenzó a levantarse-, es capaz de sobreponerse, ir hacia aquello a lo que odia y golpear –mientras hablaba, el muchacho comenzó a correr y empujó a otro, mucho más grande que él, al suelo. Una vez allí, comenzó a propinar puñetazos al chaval inmovilizado-. Del mismo modo que ese muchacho descarga su ira contra una cara, yo lo hago con un folio. Él no será del todo consciente de lo que pasa y sólo cuando lo que tenga delante sea una masa sanguinolenta que diste de ser una cara, será consciente de qué ha hecho. Lo mismo me pasa a mí, para mí las palabras no dejan de ser otro tipo de puñetazos. Mis textos son una forma alternativa al lloro, a la tristeza, a la melancolía. Precisamente por eso puedo llegar a identificar eso.
Estuvimos durante un rato en silencio, observando la reyerta. Hacía tiempo que la persona inmovilizada no se movía, pero la persona de encima seguía golpeando. Finalmente, mi amigo se giró y cogió la botella de whisky de la mesa y volvió hacia la ventana.
- ¿Vas a volver a beber?
- No. Sin embargo, aunque pueda reconocer en esa violencia mi forma de expresión, has acertado en una cosa. Una cosa crucial.
- ¿El qué?
- Que odio a esa gente.
Al terminar la frase, lanzó la botella, que impactó sonoramente en la cabeza del chico, que continuaba golpeando. El vidrio se hizo añicos, y el cuerpo cayó sonoramente al suelo. La cantidad de sangre que manaba y el tamaño de la brecha hacían pensar que ya estaba muerto. Yo estaba aterrado. El que hasta hace unos segundos estaba lanzando el proyectil cristalino por la ventana, se giró hacia mí.
- Quizá, para redondear esta velada, cabría decir que tú y yo somos partes de una misma persona, pero sería mentir. Pobre de aquél que tenga que albergar en su interior dos personalidades tan contrapuestas como la nuestra. También podríamos decir que necesitamos el uno del otro para coexistir, pero podríamos hacerlo, sólo que quizá seríamos distintos. En realidad, sólo hay una forma buena de terminar con esta noche.
- ¿Cuál? –contesté, perplejo.
- Yéndote. Tengo que escribir.
Yo, en cambio, nunca he sido mucho de hablar. Sentado, allí, apuraba el cigarrillo que sostenía entre mis dedos y observaba, con desdén, cómo mi vaso de whisky comenzaba a terminarse. Mi amigo no tomaba nada, como era ya habitual en él. Observaba yo el techo, completamente absorto, sabiendo que tarde o temprano él acabaría por sacar conversación. Finalmente, mis predicciones dieron su fruto.
- ¿Sabes? Muchas veces me pregunto hasta qué punto nuestras formas de expresión son distintas. Quiero decir, eres un compositor de éxito, tus discos se venden bien, no así como la mayoría de mis libros, que en muchas ocasiones ni yo alcanzo a comprender. Siempre he entendido que eres un músico realmente capaz por lo que se dice, si bien yo no tenga realmente herramientas para saber hasta qué punto eso es cierto. No obstante, lo que expresas, me parece en muchas ocasiones frío, como si tus canciones no fueran del todo un reflejo de ti.
- Bueno, eso es muy relavito, ya lo sabes –contesté, apoyando el vaso en la mesa tras haberlo terminado del todo durante la exposición de mi interlocutor-. Siento lo que canto como una forma de mostrar cosas que veo o de cosas que me impresionan.
- Quizá yo sea más visceral en mi correspondiente arte. No negaré que hay canciones tuyas que realmente me llegan o emocionan, pero es con mis escritos, tanto cuando trabajo con ellos como cuando simplemente los releo, cuando realmente llego a sentir lo que estoy recibiendo.
- No entiendo.
Se levantó y fue hacia la ventana. Solía abrirla después de que alguien estuviera mucho tiempo fumando en su salón. Pareció que algo llamó su atención y pidió que me acercara a la ventana. Afuera, un grupo de jóvenes estaban pegándose.
- Se podría decir que mi forma de expresión se asemeja a eso que ves.
- Oh, por favor, no empieces. Esa gente va metida hasta el culo, no creo que puedas encontrar un ejemplo de algo que se te parezca menos.
- No negaré que odio a esa gente. Sabes de sobra que considero ese tipo de vida y actividades como una forma inútil de evadirse y un patético intento por dejar de pensar en lo asquerosa y vacía que es su vida. Conoces lo que siento cuando esos temas me tocan de cerca y pocas personas aprecian del mismo modo que tú, querido amigo, el vacío que siento en esos casos. Alguna vez he sentido deseos de hacer volar por los aires a ese tipo de personas y su falta total de apego y aprecio a la vida me dan ganas de vomitar. Tú mismo me dijiste en una ocasión que considerabas que no entendía porqué había personas que necesitaban en algún momento dejar de ser ellas mismas para pasárselo bien, y acertaste de pleno. Y, no obstante, en ejemplos como este, puedo entender porqué mi forma de expresión es mucho más visceral que la tuya.
- No lo entiendo. Dices que odias a esa gente pero que identificas tu forma de expresión con una reyerta entre borrachos.
- Bueno, todo tiene una explicación. ¿Ves a aquél chico en el suelo, sangrando? Ha caído, está hundido. Sin embargo –mientras hablaba, el chaval comenzó a levantarse-, es capaz de sobreponerse, ir hacia aquello a lo que odia y golpear –mientras hablaba, el muchacho comenzó a correr y empujó a otro, mucho más grande que él, al suelo. Una vez allí, comenzó a propinar puñetazos al chaval inmovilizado-. Del mismo modo que ese muchacho descarga su ira contra una cara, yo lo hago con un folio. Él no será del todo consciente de lo que pasa y sólo cuando lo que tenga delante sea una masa sanguinolenta que diste de ser una cara, será consciente de qué ha hecho. Lo mismo me pasa a mí, para mí las palabras no dejan de ser otro tipo de puñetazos. Mis textos son una forma alternativa al lloro, a la tristeza, a la melancolía. Precisamente por eso puedo llegar a identificar eso.
Estuvimos durante un rato en silencio, observando la reyerta. Hacía tiempo que la persona inmovilizada no se movía, pero la persona de encima seguía golpeando. Finalmente, mi amigo se giró y cogió la botella de whisky de la mesa y volvió hacia la ventana.
- ¿Vas a volver a beber?
- No. Sin embargo, aunque pueda reconocer en esa violencia mi forma de expresión, has acertado en una cosa. Una cosa crucial.
- ¿El qué?
- Que odio a esa gente.
Al terminar la frase, lanzó la botella, que impactó sonoramente en la cabeza del chico, que continuaba golpeando. El vidrio se hizo añicos, y el cuerpo cayó sonoramente al suelo. La cantidad de sangre que manaba y el tamaño de la brecha hacían pensar que ya estaba muerto. Yo estaba aterrado. El que hasta hace unos segundos estaba lanzando el proyectil cristalino por la ventana, se giró hacia mí.
- Quizá, para redondear esta velada, cabría decir que tú y yo somos partes de una misma persona, pero sería mentir. Pobre de aquél que tenga que albergar en su interior dos personalidades tan contrapuestas como la nuestra. También podríamos decir que necesitamos el uno del otro para coexistir, pero podríamos hacerlo, sólo que quizá seríamos distintos. En realidad, sólo hay una forma buena de terminar con esta noche.
- ¿Cuál? –contesté, perplejo.
- Yéndote. Tengo que escribir.
lunes 15 de junio de 2009
Edunel I
Me da la sensación de estar escoltado por dos grandes montañas vestidas con bata blanca que me sujetan con firmeza. El presidente de la junta que está decidiendo el estado de mi salud mental me mira. No distingo bien su cara. Por mi mente pasan distintas opciones.
En una, muestra una macabra sonrisa y me mira con crueldad. En otra, siente con tristeza tener que acarrear con la carga de tener que decidir sobre mi futuro. A veces mostraba indiferencia e incluso rechazo. En una versión hasta me golpeaba. No obstante, todos los rostros convergieron en una misma realidad.
Miguel Díaz. Mentalmente inestable. Sufre de habituales paranoias, falta de atención. Enumera distintas dolencias que no entiendo, pero que se traducen en un inapelable hecho. Incapaz de poder vivir en sociedad.
Me conducen a mi nuevo lugar de residencia. Un manicomio, u hospital psiquiátrico, como los llaman ahora. Las paredes blancas, completamente frías e impersonales. Las puertas de las habitaciones, de un verde apagado, van pasando tras de sí una tras otra, firmes como si me estuvieran haciendo pasillo.
La voz que me acompaña me comenta cosas como lo bien que voy a vivir allí. Me lleva hasta mi habitación. Por lo visto soy lo suficientemente estable como para no necesitar paredes acolchadas. Alzo la vista y veo por primera vez la cabeza de mi guía. Es la misma que tendría un toro cualquiera. Agito la cabeza. Sé que no es real. Pero la cabeza sigue allí, con una firmeza y consistencia que roza el insulto.
Aprieto los dientes y trato de ignorarla. Mi cabeza comienza a tener pequeños espasmos que mi acompañante advierte enseguida. Trata de calmarme y me dice que me acompañará a la zona de descanso. Me mueve a través de un recorrido que parece interesante únicamente por lo nuevo, pues no hay nada en él que merezca la pena recordar. O quizá haya algo que merezca la pena recordar pero fui incapaz de verlo.
Miro la sala a donde me conduce. Soy incapaz de discernir si todos los internos son conscientes de su situación, o si soy el único capaz de ver que está encerrado. Sobre una silla, hay una muchacha con las rodillas agarradas, tarareando una canción que no llego a reconocer. Varias personas corren alrededor de una columna invisible. Unos cuantos se concentran en torno a un televisor donde aparecen dibujos animados. Un hombre juega con un tren imaginario. Una mujer lee un libro, sentada tranquilamente.
Me siento a su lado, tratando de ver el título de la obra. Hamlet. Recuerdo haberla leído. Si la memoria no me falla, fue hace cuatro veranos, sentado en la terraza, frente al mar. La paz que se respiraba entonces… Los recuerdos se agolpan en mí, y de mis pulmones brota un suspiro que hace que la chica levante los ojos del libro. Sonríe, con dulzura. La primera cara amable que recuerdo en mucho tiempo y ni siquiera sé si es real.
- No me suena tu cara. ¿Eres nuevo? –me pregunta. Su voz suena como una cascada. Como el aleteo de miles de mariposas. Como sentir el Sol en la cara. Como el sueño de dos enamorados.
- Acabo de llegar. ¿Tú llevas mucho?
- No recuerdo mi vida fuera de aquí, y sinceramente no creo que importe mucho. Ahora soy quien soy y me gusta.
- Pareces una persona bastante cabal. No entiendo qué puedes hacer aquí.
- Bueno, como ya te he dicho, no sé cómo era mi vida antes. Ahora sólo sé que mi vida es lo que yo quiero que sea en cada momento. Y bueno, supongo que si sigo aquí, es por Edunel.
- ¿Edunel? –pregunto, extrañado-. ¿Qué es eso?
- No suelo contarlo, y como puedes observar –hizo un abanico con el brazo, señalando al resto de personas de la estancia-, no hay muchas personas con las que merezca la pena hablar aquí. Quién sabe, a lo mejor serás tú la primera persona que oiga la historia de Edunel, pero no será hoy. Pero bueno, no interrumpamos lo que parece ser una agradable conversación por algo así. Cuéntame, ¿Qué hace que estés aquí?
- Creí ver una paloma blanca encima de un policía. Se reía de mí, me insultaba. Me gritaba que estaba loco, que había perdido el juicio. Al final ni siquiera veía al policía. Salté sobre su cabeza, gritando y llorando. Al final me arrestaron y al tomarme declaración llamaron a lo que ellos denominaron “un experto”. Después, todo es una niebla de conversaciones que han hecho que termine aquí.
Un tenso silencio se adueñó de la sala. El tiempo pareció detenerse. Nuestros ojos se cruzaron. Algo cálido se apoderó de mí y cerré los párpados, tratando de memorizar la sensación, abrazarla con fuerza y pensar que duraría para siempre. El caos en el que se había convertido todo parecía insignificante ante el espasmo que salpicaba todos los rincones de mi consciencia. Como el mar revuelto. Como un grupo de caballos corriendo salvajes por un camino de tierra. Como una bandada de gaviotas sonriendo a las nubes.
Pasaron los meses.
Los mejores meses de mi vida.
Todas las tardes me dirigía a la zona de descanso y hablaba con aquella chica. Pude desvelar mis inquietudes, filosofar, reír. Todo junto a ella. Como una flor abriéndose. Como escuchar el palpitar de un corazón apretando la oreja contra un pecho. Como un globo sin nadie que lo sujete.
No éramos dados a grandes palabras, a discursos elocuentes o a conversaciones trascendentales. Discerníamos acerca del porqué del color del cielo. Nuestros debates podían tratar temas como el porqué de las cerezas o cuál es el motivo de que las lágrimas nazcan en los ojos.
No buscábamos, empero, una explicación científica. Llegamos a la conclusión de que el cielo empezó a ser azul cuando éste se enamoró de un pavo real. Acertamos a decir que las cerezas nacieron fruto de la tristeza de un niño al que le habían roto el corazón sentado bajo un cerezo, llorando desconsolado la pérdida de su primer amor. Afirmamos, sin miedo, que las lágrimas era una condensación de la felicidad que se escapaba cuando estábamos tristes.
Una noche, contemplando las estrellas a través de una ventana enrejada, recordé mi primera conversación con ella. Yo estaba de espaldas a ella mientras me acariciaba el pelo, y la ventana estaba a escasos centímetros de mi cara.
- ¿Recuerdas nuestra primera conversación? –dije.
- Claro –su voz sonaba animada-. La primera interesante que tuve en mucho tiempo.
- Hablaste sobre Edunel, pero me dijiste que todavía no podías contarme su historia. ¿Crees que hoy será el día?
- Si así lo quieres, te narraré la historia. Empieza con una niña pequeña, joven e inexperta en el arte de la pantomima. Todo lo que hacía era un esfuerzo intenso por parecerse a los demás, por hacer las cosas como ellos querían. Afirmaba lo que querían oír y se amoldó a una realidad que le impusieron. Aceptó todo lo impuesto como verdad dogmática, incluso lo insinuado o lo aconsejado. Apartaba de su pensamiento cualquier tipo de idea extraña, por mucho que le interesara. Hasta que un día se cansó. De su cabeza volaron todas las ideas que conforman Edunel. Le bastaba pensar en algo para creer que era cierto. Construyó una realidad alterna, pero, ¿Quién puede culparla? La coartaron hasta el punto de que explotó.
- Bueno, pero esa niña no vivía realmente todo lo que se imaginaba. Únicamente creyó vivirlo.
- Oh, vamos. No hables como si fueras el psiquiatra y yo la paciente. Ella creía que era cierto. Vivió de puertas para fuera tal y como la gente quería que se comportara, pero dentro de ella vivía aventuras. Surcaba los mares en busca de tesoros. Lideró batallas. Compartió experiencias con personajes únicos. ¿Ves aquella estrella? –su brazo señaló un brillante punto en el firmamento. Asentí-. Ella estuvo allí. Cada minuto en Edunel fue para ella un aprendizaje. Desear vivir tal y como ella deseaba hizo todo aquello tangible, transformó su sueño en conocimiento.
- No es un conocimiento real.
- El grado de realidad depende de la percepción si hablamos de experiencias. En su mundo lo que aprendía tenía sentido y repercusión allí. Nadie en todo Edunel era capaz de manejar los barcos como ella, aunque no era muy diestra en el manejo de la espada. Patentó viajes a los lugares más lejanos del cosmos y tuvo que admitir la sabiduría del anciano que vivía en la colina situada junto al río Euler. Era consciente de que aquello no podía ser útil en su oficina, para ir a coger el autobús o para comprar el pan. Pero le importaba poco.
Se hizo el silencio. Giré la cabeza. Sus ojos, fijos en el cielo, brillaban reflejo del entusiasmo y de la ilusión con la que describió el relato. Cuando vio que la estaba mirando, sonrío. Acarició mi mejilla y me besó. Suspiró.
- Quién sabe qué nos depara este universo. Quién sabe qué nos deparará Edunel. Vivamos como creamos adecuado, pero no olvidemos cuáles son nuestros anhelos. A fuerza de soñar he descubierto qué es lo que quiero –cerró los ojos-. ¿Lo sabes tú?
Justo al terminar la frase, desapareció.
En una, muestra una macabra sonrisa y me mira con crueldad. En otra, siente con tristeza tener que acarrear con la carga de tener que decidir sobre mi futuro. A veces mostraba indiferencia e incluso rechazo. En una versión hasta me golpeaba. No obstante, todos los rostros convergieron en una misma realidad.
Miguel Díaz. Mentalmente inestable. Sufre de habituales paranoias, falta de atención. Enumera distintas dolencias que no entiendo, pero que se traducen en un inapelable hecho. Incapaz de poder vivir en sociedad.
Me conducen a mi nuevo lugar de residencia. Un manicomio, u hospital psiquiátrico, como los llaman ahora. Las paredes blancas, completamente frías e impersonales. Las puertas de las habitaciones, de un verde apagado, van pasando tras de sí una tras otra, firmes como si me estuvieran haciendo pasillo.
La voz que me acompaña me comenta cosas como lo bien que voy a vivir allí. Me lleva hasta mi habitación. Por lo visto soy lo suficientemente estable como para no necesitar paredes acolchadas. Alzo la vista y veo por primera vez la cabeza de mi guía. Es la misma que tendría un toro cualquiera. Agito la cabeza. Sé que no es real. Pero la cabeza sigue allí, con una firmeza y consistencia que roza el insulto.
Aprieto los dientes y trato de ignorarla. Mi cabeza comienza a tener pequeños espasmos que mi acompañante advierte enseguida. Trata de calmarme y me dice que me acompañará a la zona de descanso. Me mueve a través de un recorrido que parece interesante únicamente por lo nuevo, pues no hay nada en él que merezca la pena recordar. O quizá haya algo que merezca la pena recordar pero fui incapaz de verlo.
Miro la sala a donde me conduce. Soy incapaz de discernir si todos los internos son conscientes de su situación, o si soy el único capaz de ver que está encerrado. Sobre una silla, hay una muchacha con las rodillas agarradas, tarareando una canción que no llego a reconocer. Varias personas corren alrededor de una columna invisible. Unos cuantos se concentran en torno a un televisor donde aparecen dibujos animados. Un hombre juega con un tren imaginario. Una mujer lee un libro, sentada tranquilamente.
Me siento a su lado, tratando de ver el título de la obra. Hamlet. Recuerdo haberla leído. Si la memoria no me falla, fue hace cuatro veranos, sentado en la terraza, frente al mar. La paz que se respiraba entonces… Los recuerdos se agolpan en mí, y de mis pulmones brota un suspiro que hace que la chica levante los ojos del libro. Sonríe, con dulzura. La primera cara amable que recuerdo en mucho tiempo y ni siquiera sé si es real.
- No me suena tu cara. ¿Eres nuevo? –me pregunta. Su voz suena como una cascada. Como el aleteo de miles de mariposas. Como sentir el Sol en la cara. Como el sueño de dos enamorados.
- Acabo de llegar. ¿Tú llevas mucho?
- No recuerdo mi vida fuera de aquí, y sinceramente no creo que importe mucho. Ahora soy quien soy y me gusta.
- Pareces una persona bastante cabal. No entiendo qué puedes hacer aquí.
- Bueno, como ya te he dicho, no sé cómo era mi vida antes. Ahora sólo sé que mi vida es lo que yo quiero que sea en cada momento. Y bueno, supongo que si sigo aquí, es por Edunel.
- ¿Edunel? –pregunto, extrañado-. ¿Qué es eso?
- No suelo contarlo, y como puedes observar –hizo un abanico con el brazo, señalando al resto de personas de la estancia-, no hay muchas personas con las que merezca la pena hablar aquí. Quién sabe, a lo mejor serás tú la primera persona que oiga la historia de Edunel, pero no será hoy. Pero bueno, no interrumpamos lo que parece ser una agradable conversación por algo así. Cuéntame, ¿Qué hace que estés aquí?
- Creí ver una paloma blanca encima de un policía. Se reía de mí, me insultaba. Me gritaba que estaba loco, que había perdido el juicio. Al final ni siquiera veía al policía. Salté sobre su cabeza, gritando y llorando. Al final me arrestaron y al tomarme declaración llamaron a lo que ellos denominaron “un experto”. Después, todo es una niebla de conversaciones que han hecho que termine aquí.
Un tenso silencio se adueñó de la sala. El tiempo pareció detenerse. Nuestros ojos se cruzaron. Algo cálido se apoderó de mí y cerré los párpados, tratando de memorizar la sensación, abrazarla con fuerza y pensar que duraría para siempre. El caos en el que se había convertido todo parecía insignificante ante el espasmo que salpicaba todos los rincones de mi consciencia. Como el mar revuelto. Como un grupo de caballos corriendo salvajes por un camino de tierra. Como una bandada de gaviotas sonriendo a las nubes.
Pasaron los meses.
Los mejores meses de mi vida.
Todas las tardes me dirigía a la zona de descanso y hablaba con aquella chica. Pude desvelar mis inquietudes, filosofar, reír. Todo junto a ella. Como una flor abriéndose. Como escuchar el palpitar de un corazón apretando la oreja contra un pecho. Como un globo sin nadie que lo sujete.
No éramos dados a grandes palabras, a discursos elocuentes o a conversaciones trascendentales. Discerníamos acerca del porqué del color del cielo. Nuestros debates podían tratar temas como el porqué de las cerezas o cuál es el motivo de que las lágrimas nazcan en los ojos.
No buscábamos, empero, una explicación científica. Llegamos a la conclusión de que el cielo empezó a ser azul cuando éste se enamoró de un pavo real. Acertamos a decir que las cerezas nacieron fruto de la tristeza de un niño al que le habían roto el corazón sentado bajo un cerezo, llorando desconsolado la pérdida de su primer amor. Afirmamos, sin miedo, que las lágrimas era una condensación de la felicidad que se escapaba cuando estábamos tristes.
Una noche, contemplando las estrellas a través de una ventana enrejada, recordé mi primera conversación con ella. Yo estaba de espaldas a ella mientras me acariciaba el pelo, y la ventana estaba a escasos centímetros de mi cara.
- ¿Recuerdas nuestra primera conversación? –dije.
- Claro –su voz sonaba animada-. La primera interesante que tuve en mucho tiempo.
- Hablaste sobre Edunel, pero me dijiste que todavía no podías contarme su historia. ¿Crees que hoy será el día?
- Si así lo quieres, te narraré la historia. Empieza con una niña pequeña, joven e inexperta en el arte de la pantomima. Todo lo que hacía era un esfuerzo intenso por parecerse a los demás, por hacer las cosas como ellos querían. Afirmaba lo que querían oír y se amoldó a una realidad que le impusieron. Aceptó todo lo impuesto como verdad dogmática, incluso lo insinuado o lo aconsejado. Apartaba de su pensamiento cualquier tipo de idea extraña, por mucho que le interesara. Hasta que un día se cansó. De su cabeza volaron todas las ideas que conforman Edunel. Le bastaba pensar en algo para creer que era cierto. Construyó una realidad alterna, pero, ¿Quién puede culparla? La coartaron hasta el punto de que explotó.
- Bueno, pero esa niña no vivía realmente todo lo que se imaginaba. Únicamente creyó vivirlo.
- Oh, vamos. No hables como si fueras el psiquiatra y yo la paciente. Ella creía que era cierto. Vivió de puertas para fuera tal y como la gente quería que se comportara, pero dentro de ella vivía aventuras. Surcaba los mares en busca de tesoros. Lideró batallas. Compartió experiencias con personajes únicos. ¿Ves aquella estrella? –su brazo señaló un brillante punto en el firmamento. Asentí-. Ella estuvo allí. Cada minuto en Edunel fue para ella un aprendizaje. Desear vivir tal y como ella deseaba hizo todo aquello tangible, transformó su sueño en conocimiento.
- No es un conocimiento real.
- El grado de realidad depende de la percepción si hablamos de experiencias. En su mundo lo que aprendía tenía sentido y repercusión allí. Nadie en todo Edunel era capaz de manejar los barcos como ella, aunque no era muy diestra en el manejo de la espada. Patentó viajes a los lugares más lejanos del cosmos y tuvo que admitir la sabiduría del anciano que vivía en la colina situada junto al río Euler. Era consciente de que aquello no podía ser útil en su oficina, para ir a coger el autobús o para comprar el pan. Pero le importaba poco.
Se hizo el silencio. Giré la cabeza. Sus ojos, fijos en el cielo, brillaban reflejo del entusiasmo y de la ilusión con la que describió el relato. Cuando vio que la estaba mirando, sonrío. Acarició mi mejilla y me besó. Suspiró.
- Quién sabe qué nos depara este universo. Quién sabe qué nos deparará Edunel. Vivamos como creamos adecuado, pero no olvidemos cuáles son nuestros anhelos. A fuerza de soñar he descubierto qué es lo que quiero –cerró los ojos-. ¿Lo sabes tú?
Justo al terminar la frase, desapareció.
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