jueves, 14 de agosto de 2008

Paisaje

La belleza de aquél paisaje me sobrecogió. No paré de hacerle fotos una y otra vez. Lo bueno de unas vacaciones solo es que no tenía porqué esperar a nadie. Me tomé mi tiempo para captar cada uno de los árboles. Cada resquicio de las nevadas montañas que tenía ante mi fue atrapado en mi cámara. El sol, que poco a poco se escondía entre los elevados picos, competía en luminosidad con el río que pasaba por debajo, que discurría ignorando la belleza que me causaba. El sonido del viento mezclado con el tranquilo transcurso del río creaban una paz que no podía ser ignorada. Los pájaros volaban, ajenos a toda preocupación humana. Tanta admiración fue pronto competidora de mi cansancio, y a las pocas horas decidí regresar. Durante todo el viaje de vuelta estuve pensando en aquél paisaje. Tan hermoso, tan natural, tan puro. Todas las cualidades que buscaba, aunque no sabía para qué.

No pude conciliar el sueño hasta que no revelé las fotografías. Grande fue mi decepción cuando observé que nada tenía que ver. Todo me resultaba artificial comparado con el original. Nada podía compararse. Caí en una profunda depresión al ver que todo mi amor por aquél lugar no podría yo disfrutarlo. Mi deseo era tan simple, y, sin embargo, tan inalcanzable, que la impotencia pronto se apoderó de mí.

Pasaba las noches despierto, absorto. Por mi mente pasaban una y otra vez las imágenes de aquél lugar, cada vez con menos detalle. Me desesperaba ante lo que me ocurría, consciente de que perdía minuto a minuto partes de aquél paisaje idílico.

Fue en una de esas noches cuando se me ocurrió la idea de escribirlo. Puede que esa fuera una forma de no perder los detalles y poder rememorarlo siempre que lo leyera.

Comencé con ello nada más salió el sol, y me tuvo ocupado todo el día. Nada me convencía. Hoja tras hoja era arrugada y arrojada a la papelera. Pronto no cabían más hojas en la papelera, y el suelo se convirtió en una alfombra de papel. La impotencia hizo de nuevo acto de presencia, y arrojé con rabia el bolígrafo a la pared, seguido de todos los papeles que quedaban en la mesa, así como la lámpara y el monitor del ordenador. Empecé a patear todas y cada unas de las cosas del suelo, incapaz de hacer nada.

En mi desesperación encontré una realidad. La triste realidad de que ningún lenguaje humano sería nunca capaz de expresar con fiabilidad la belleza del paisaje. Lloré durante largo rato, siendo devorado por la nostalgia, la tristeza y el miedo.

Decidí que si nada me proporcionaba algo parecido a aquél paisaje, tendría que ir allí para verlo una vez más. Todo el viaje estuve pensando en el paisaje, que cada vez era más difuminado. Bajé corriendo del autobús, dejando allí mis maletas, y fui en pos de aquél paisaje que tanto ansiaba ver.

Llegué al lugar, que ya nada tenía que ver con lo que fue. Las montañas estaban tapadas por altos edificios, el río distaba de ser cristalino como antaño fue, a causa de la polución, y los pájaros no se distinguían entre la montaña de humo que provocaba aquél complejo.

Me arrodillé, contrariado. En aquél momento me importaba poco la naturaleza. Fue el hecho de que hubieran arrancado una de las pocas partes hermosas de mi ser el que me llevó a llorar, abatido. El hecho de que nunca podría volver a disfrutar algo que me hacía feliz, y que trataba por todos los medios de no olvidar. Pero ahora, cada vez las imágenes se difuminan más, las fotografías me duelen y escribir ya no sirve de nada.

domingo, 10 de agosto de 2008

La guitarra

Un pesado silencio recorría el local de ensayo. Los integrantes del grupo se miraban unos a otros, esperando. Más de uno apuraba uno de tantos cigarros, y otros daban vueltas, nerviosos. No era para menos. Una discográfica se había fijado en ellos y podían dar el salto de sus vidas. Y lo iban a rechazar. Iba contra todo aquello que creían. Uno de los del grupo había ido a hablar con la discográfica y a dejarles las cosas claras. Él, como el resto, era de origen humilde y tocaba la guitarra. Su guitarra. Había trabajado siendo niño duramente hasta conseguir recaudar lo suficiente para poder comprarla. Nunca se separaba de ella. Ninguna de las personas que lo conocía podía imaginárselo sin su guitarra. Cierto que no era muy buena ni muy cara, pero era la suya.

Se oyeron pasos, y la puerta del local se abrió. Era él. Estaba visiblemente excitado, y una sonrisa le cruzaba la cara.

- ¡Ha sido genial! -todos se acercaron a él-. Entré allí y le dije lo que le teníamos que decir a aquél tipo -todos sonrieron, pero no había terminado la frase todavía- cuando él comenzó a decirme que sabía perfectamente a qué me refería. Me dijo que él era como yo, una persona con ideales, pero que los tiempos cambiaban, y que ahora era el momento de intentar destruir al enemigo desde dentro. También dijo que estaba impresionado con nuestro trabajo. Ha dicho que podemos dar con fuerza -todos se empezaron a mirar, extrañados-. Sólo tenemos que cambiar un poco las letras. Ah, y otra cosa -se giró hacia el batería-, dijo también que no encajas con la estética general del grupo. Tendrás que irte.

- ¡No me jodas! -exclamó el batería-. Si te crees que te vamos a hacer caso estás chiflado. ¿Verdad chicos?

- Mira... -el bajista comenzó a hablar, tras mirarse entre todos-, creo que tiene razón. Es nuestra oportunidad de que el mensaje llegue a todo el mundo. Lo entiendes, ¿No?

- ¡Qué c o ñ o voy a entender! ¿Qué ha pasado con todo lo que creemos? ¿Qué clase de compromiso político esperas de alguien que necesita que estemos en una multi para conocernos? Formáis parte de todo lo que un día odiásteis -comenzó a avanzar hacia la puerta. Se giró y se fijó en el guitarrista-. ¿Y tú guitarra?

- ¿Qué guitarra? -contestó, con aire distraído.

martes, 5 de agosto de 2008

Negro

- ¿Qué hemos hecho mal, amigo? -pregunto, con aire soñador. Pregunto a la noche. Pregunto a la oscuridad. Pregunto a las farolas, a los coches, pregunto al alféizar. Pero sobre todo se lo pregunto a mi emplumado compañero. Acaricio la cabeza del cuervo que está apoyado en el marco de mi ventana. Un cuervo confiado. Una cualidad que suele reportar dolor, pero que ahora le reporta una caricia. Quizá sepa que no pretendo hacerle daño. O quizá se haya cansado de huir-. El ser humano siempre ha buscado motivos para temer, ¿Sabes? Al principio a la naturaleza, a la que adoraban para que les ayudara. Aunque su adoración se basaba en el temor. Realizaban ritos para fomentar la buena cosecha, creaban estatuillas de mujeres para aumentar la fertilidad. Más tarde vino el miedo a la muerte, a la que se adoraba, una vez más, con grabados en pirámides, donde se llevaba uno su equipaje para una nueva vida en el más allá. Luego vinieron las supersticiones. Incluso tú, querida compañía, hubieras sido perseguida. O, por lo menos, temido. Mucha gente se ha aprovechado de esta ansia de temer del ser humano. Somos una especie crédula y deseosa de pasar miedo. Necesitamos odiar, y el odio aumenta siempre con el miedo. Pero cada vez va a más -se oyen unos golpes sonoros en la puerta, que yo ignoro-. Me deprimo pensando en lo que está derivando el ansia de temer del ser humano. ¿Sabes amigo? -la puerta cae abajo con un sonoro golpe, y una multitud enfurecida entra en la estancia negra, a juego con mi color de piel-, ha llegado un punto -una turba de gente con antorchas, cadenas y navajas avanza hacia mí-, en el que lo que teme el ser humano, lo que más miedo le da - la persona más cercana a mí, lanza su cadena hacia mi cara- es el ser humano mismo.

Mi cabeza cayó contra el suelo, salpicando sangre.

Cualquiera que hubiera visto aquella ventana desde la calle, habría podido ver como comenzaba a salir humo por la ventana. Y un mejor observador, habría visto que otra figura, más oscura y alada, se adentraba en la inmensidad de la noche.

martes, 22 de julio de 2008

Chulu

Cada instante de mi vida
Habría merecido la pena.
Un beso, una carta, una
Lágrima perdida en el fondo de una sonrisa.
Una sonrisa ya muerta.

viernes, 18 de julio de 2008

Salto

La fría madera del asiento que ocupo dentro de la sala del juzgado número 3 me despierta. Alzo la vista, y veo como el juez habla, probablemente refiriéndose a mí. Ni en su rostro ni en el mío se refleja el más mínimo atisbo de humanidad. Ya no recuerdo qué es eso. No desde aquello. Mi mente divaga entre oscuros recuerdos mientras la persona con toga que continúa hablando delante mío menciona varias veces la palabra justicia. No puedo más que sonreír mientras sigo recordando.

Recuerdo cómo mi matrimonio fue siempre un fracaso. Sus ansias de posesión me agobiaban, pero callaba. No me dejaba salir de casa, sus desprecios eran constantes. Lo único que podía hacer con libertad era llorar, agazapada, mientras él trabajaba o estaba en el bar, bebiendo. Comenzaron las agresiones. Mi vida se transformó en una esfera de soledad y tristeza de la que no podía salir.

Una noche volvió, en un estado de embriaguez mayor de lo que acostumbraba. Me insultó, me culpó de todo lo malo que había en su vida. Me amenazó con un cuchillo y, más tarde, me tiró al suelo, mientras me arrancaba la ropa a tiras. A partir de ahí, sólo fui consciente del dolor.

Recuerdo despertar en el suelo de la cocina, rodeada por algunas manchas de sangre esparcidas por el suelo. Sus ronquidos se oían desde el sofá del salón. Y me cansé. Empuñé el cuchillo que descansaba sobre la mesa de la cocina y me acerqué a su cuerpo. Le rajé la tripa, le descompuse la cara. Me ensañé con él hasta que no quedó más que una masa sanguinolenta irreconocible. Me senté en el sofá y no tardó en llegar la policía, alertada por algún vecino a causa de los gritos que había producido él.

Y ahora, por primera vez en mucho tiempo, me encuentro en paz. El juez sigue creyéndose mejor que yo, empuñando palabras como justicia o moral. Me lo imagino siendo violado repetidas veces, y no me imagino que pudiera realizar una acción mejor que la mía. Me imagino a toda la sala en la misma situación que yo, y no veo una salida mejor.

No oigo el número de años que he de pasar en la cárcel, y no soy consciente de mi traspaso allí. Veo pasar mis días en una celda. Mientras me sorprendo de la cantidad de mal que puede hacer una persona, incluso después de muerta, paso mi sábana por encima de un madero situado por mí a tal efecto. Ato un nudo corredizo alrededor de mi cuello, tras subir a una silla. Le sonrío a la muerte y salto.

lunes, 23 de junio de 2008

El Vuelo

Apenas dispongo de espacio para estirarme cuando me despierto, mareada. Mi jaula es increíblemente pequeña. Me oprime, me ahoga. No soy capaz de ver nada más allá de los barrotes que me mantienen encerrada. Mi mundo se ha reducido a una ridícula porción de espacio donde apenas puedo moverme. Me lamento, impotente. No soy capaz de pensar con claridad, y siento como si todo el mundo hubiera dejado de existir, para comprimirme en una vorágine de soledad.

Mi jaula se mueve de forma aleatoria pero, inexplicablemente, no caigo. Con esfuerzo consigo ponerme de pie. El silencio es interrumpido en ocasiones por voces que piden auxilio. Estoy aterrada. No tengo nada a lo que aferrarme más que a mi propio terror y a la incertidumbre. Una voz a mi lado me habla. Me transmite un miedo que yo ya siento y una impotencia que ya sufro. Es como si aquella oscuridad, aquél sufrimiento se hubiera creado solamente para esa voz y para mí.

De repente el movimiento cesa, y oigo el sonido de metal al golpear contra el suelo. Afuera se oyen voces de otra especie, gritos y forcejeos. La voz sigue junto a mí, padeciendo conmigo. Una luz como no recordaba haber visto jamás aparece a mi derecha. Se oyen nuevos gritos, pero yo no puedo apartar la vista de aquél que ha estado sufriendo a mi lado. No es un palomo especialmente destacado. Su plumaje blanco, como el mío, contrasta con el color negro que poblaba parte de su cabeza. Su pico sigue hablándome, y sus patas se aferran a la diminuta prisión metálica que, al igual que a mí, nos mantiene encerrados.

Entran tres animales, todos de la misma especie. Andan sobre dos patas, aunque carecen de alas. Sus colores cambian increíblemente de unos a otros, de colores chillones a otros más apagados. Todos llevan, no obstante, lo que supongo que es característico de la especie, que es un espeso pelaje negro que sólo deja ver los ojos.

Unos ojos que quedan horrorizados al ver la escena de jaulas en el suelo y la gran cantidad de aves muertas que no han sobrevivido al vacío oscuro escanean la estancia. Comienzan a abrir las jaulas, y veo como mis compañeros de reclusión son liberados. Me giro, inquieta, observando a mi nuevo amigo. Pronto todo lo que hemos compartido pasará a ser un amargo recuerdo. Amargo... y hermoso al mismo tiempo.

Abren primero la jaula de él, y veo como despliega las alas. Me mira. Nuestros ojos se hablan, sin necesidad de unas cuerdas vocales de las que carecemos. Sale volando, mientras mi jaula es abierta. Salgo precipitadamente tras él, desplegando mis alas. Nos cruzamos en el aire y nuestras miradas se cruzan una vez más, pero sin transmitir nada más que la felicidad eufórica de la liberación reciente. La libertad se huele en el horizonte, pero nuestros horizontes son distintos. Nuestros ojos de hablan una última vez, antes de marchar.

Y sigo en el aire. Por encima de toda aspiración humana. Por encima de productividades, del humo, del dinero, del terrorismo, de la tristeza, del estrés, de la rabia, de la ira... El sol está por encima de mí, mientras sobrevuelo un planeta muerto.

viernes, 6 de junio de 2008

La pregunta

Tarde. Siempre tarde. Otra vez las prisas. Entro corriendo al garaje, como todas las mañanas, y enciendo el coche. Respiro un momento, antes de arrancarlo.

Recorro el faraónico garaje, con sueño y ajustándome la corbata. Pulso el botón electrónico, que abre las compuertas que me llevan a la jungla de asfalto. Alzo la vista, mirando al cielo. Lluvia. Odio la lluvia.

Mi coche se incorpora, como siempre, a la marea metálica que fluye a trompicones por los cauces de cemento. Mi cara denota apatía y odio. Y veo que todas expresan lo mismo. Tampoco le presto mucha atención. A fin de cuentas, todos los días veo réplicas de hoy.

Tras quince minutos, consigo encontrar un aparcamiento. Salgo corriendo, mientras agarro la cartera con una mano, y guardo las llaves con la boca, mientras me pongo la chaqueta a la carrera.

Al girar una esquina, algo choca contra mí. La cartera cae al suelo, abriéndose. Decenas de papeles se pegan al asfalto mojado, derritiéndose. Observo aquél caos de impresos, informes y cuentas mezclados en el suelo húmedo. Quizá sería el trabajo de una semana, destrozado.

Alzo la vista hacia el causante de todo aquello. No sería mucho mayor que yo, quizá hasta de mi misma edad. Parece abstraído, mirando hacia el infinito. Lleva una corbata de color rojo, y su camisa, de tono rosa suave, está algo arrugada. Su elegante chaqueta, sujeta con una mano, está en contacto con el suelo, pero el estropicio que está causando el agua en su prenda no parece afectarle lo más mínimo. En ese momento parece darse cuenta de que existo.

Me mira, como sorprendido de no ser el único ser humano en la calle. En ese momento parece sonreír. Yo me agacho a intentar salvar lo que pueda. Desvió la mirada hacia él, como esperando de su ayuda. Su sonrisa se amplía, y cogiéndome la mano, acerca sus labios a mis orejas.

- ¿Por qué? -me susurra.

Mi estado de shock es total. No consigo decir nada. La otra persona me acaricia la barbilla, y estampa un beso en mi frente, antes de alejarse, silbando alegremente. Recobro la compostura pasado un rato, y mi chaqueta se encuentra ya completamente empapada. Recojo como puedo los papeles, aunque acabo por arrugarlos y tirarlos, dándolos por perdidos.

Terriblemente ensimismado, entro en mi oficina. Como muchas mañanas, mi jefe me está esperando en mi despacho.

-¡Oh! Mirad quién nos honra con su presencia. ¡Media hora tarde! ¡Media hora! ¿Se cree que aquí venimos de merendola? ¡Venimos a trabajar! - se le ve altamente alterado. Se levanta de mi silla, mientras se pasea, mirándome con un odio que es recíproco-. Bueno, a ver, el informe de los pedidos de marzo.

-Me los han tirado y... –al recordar el suceso, me quedo pensando en aquél extraño que me había formulado la tremenda pregunta.

-¿Qué que? ¡Ahora mismo los vuelve a hacer y no se va de aquí hasta que no los haga y...! –parece realmente enojado, pero soy incapaz de oír nada más allá que a ese hombre y a su breve intervención.

-¿Por qué? –mascullo, para mí.

-¿Cómo? ¿Y además con cachondeo? ¡A la p.uta calle! ¡Queda despedido! ¡Largo!

Me cuesta reaccionar ante aquello. Me levanto, ignorando por completo los gritos que aquél gorila sudoroso me lanza. Salgo, contrariado. La lluvia me recibe, despejándome.

No sé qué hacer, y decido volver dando un paseo. Ya volveré a por mi coche mañana. Voy caminando, y procuro no pensar en nada. Continúo abstraído, y eso me ayuda para no reflexionar sobre los caóticos sucesos acaecidos hoy, aunque me encuentro levemente abatido. Aunque se debe más a la incomprensión por parte de mi jefe que por desazón por la pérdida de mi empleo.

Llego a una calle concurrida, y cruza por mi lado una pareja de hombres cogidos de la mano. Al pasar, una pareja de personas de edad avanzada, cuchichean, alarmados, por lo degenerado de la acción. Me detengo, mirándolos durante unos instantes. Al rato, se dan cuenta de que los estoy mirando. Se giran, dispuestos a sermonearme. Pero yo soy más rápido.

-¿Por qué? –inquiero, en voz baja.

-¡Maldito desviado! ¡Lárgate!

Me alejo del lugar, soportando insultos y gritos por parte de aquella pareja.

Mi abatimiento va en aumento, y llego a un lugar donde un corrillo de gente estaba, muy emocionada, comentando un hurto ocurrido recientemente.

-Como lo oyes, un chiquillo, tratando de robar en un supermercado. Maldito liante. Desde luego, sin mano dura, es imposible educar. Mientras se lo llevaban aún intentaba justificarse. Y no lo entiendo, ya que un acto así nunca tiene justificación.

-¿Por qué? –pregunto, un poco más alto.

Todo el corrillo se gira hacia mí, y comienzan a despotricar contra mí, así que decido salir de allí, una vez más.

Recorro la ciudad, esta vez sin destino. Sucesos como estos me van ocurriendo en cada esquina. Pintadas, patinadores, mascotas, autoridad... cualquier pretexto es bueno para realizar mi pregunta. Y siempre salgo abucheado.

Llego a conclusiones funestas, y mi abatimiento golpea mi pecho, haciendo que camine encorvado, para tratar de que éste no me arranque el corazón de golpe. Me siento en un banco y lloro, tapándome la cara con las manos.

Decido volver a casa, ya he tenido bastante por hoy. Me levanto, y algo golpea contra mí, pero apenas me doy cuenta. Me encuentro realmente abstraído, y me quedo observando el suelo, sin ver nada en realidad. Oigo el sonido de folios, y vuelvo en mí.

Al bajar la vista, veo a una persona. No sería mucho más joven que yo, quizá de mi misma edad. Tenía una corbata, y trataba, desesperado, de recoger unos folios mojados. Sonreí, y el me miró con una ira que me era familiar. Esperaba mi ayuda. Me encontraba por encima que él, y mi chaqueta se estaba estropeando a causa de la humedad, pero apenas le daba importancia.

Me agaché, te cogí la mano y acerqué mis labios a tus oídos.

-¿Por qué? –te pregunté.

Y me alejé, silbando, poblando tu cabeza de pensamientos que, tarde o temprano, eclosionarán.