Geología. Números. Conjuntos. Factorizar. Equis elevado a seis más uno. Cansancio. El día está gris y, pese a todo, no puedo evitar una sonrisa mientras entrego el que es mi último examen por este cuatrimestre. Recojo el forro, ansioso. Salgo, con ganas. Es la primera vez que espero algo en mucho tiempo. Avanzo. En todos los sentidos.
Derecho. Cortezas. Guiñote. Cartelito de sarcasmo. Cosas que empiezan. Puñales. Comparación de resultados. Cansancio y triunfo se mezclan de una forma arrebatadora. Expectación. Risas. Deseos de salir. Ganas de recuperar un tiempo que creemos desperdiciado.
Mucha gente lo hará de un modo que quizá no crea adecuado. Pero ahora es lo último en lo que pienso. Una falsa sensación de libertad me embriaga de tal modo que a duras penas controlo mis deseos de saltar. De gritar. De vivir.
Calle. Frío. Humedad. Mucha gente vuelve a arreglarse. Gran vía. Cañones. Medias. Tabaco. Plumas de cuatrocientos euros. Libros. Comentarios. Expectación. Risas.
Nos dirigimos hacia el punto de encuentro. Hambre. Noche. Paraninfo. Recuento. Nos ponemos en camino, a reencontrarnos con el resto de la gente. De nuevo un encuentro. Buffet. Chino. Libre. Comer. Fotografías. Palillos. Comida de aspecto extraño. Postres. Chocolate. Expectación. Risas.
Salimos, y la baja temperatura empieza a hacerse notar. Caminamos, con rumbo ahora. Independencia. Plaza España. El coso. La madalena. Tetería. Cerrada.
Volvemos sobre nuestros pasos. Chinos. Plaza de los sitios. Policía. Deambular. Reír. Expectación. Risas.
Se separan caminos. Despedidas. Abrazos. No serán los últimos. Gran vía. Puente de los gitanos. Conversación balsámica. Teatro de las ánimas. Cerrado. Se va todo el mundo. Casi todo el mundo. El grupo restante, reducido ahora a dos, busca qué hacer. Hambre. Sed. Frío.
Roces. Abrazos. Ideas. Expectación. Risas.
Plan fallido. Segundo intento. Bar. Abuelos borrachos. Chocolate. Churros. Tres de la mañana.
Salimos. Frío. Portal. Charla. Abrazos. Bailes. Reflexiones. Teorías. Felicidad. Temblores. Castañeo. Abrazos.
Una noche extraña.
Las mejores noches suelen serlo.
sábado, 14 de febrero de 2009
sábado, 31 de enero de 2009
Otro fragmento de la paranoia
Empecé el año cagando, y jodo que si se nota. Atrás quedó la nochevieja, muy agradable, aunque la pasé con la sensación de que algo me faltaba. Ya terminaron hace algún tiempo las navidades. Volví a verla. Parecía que todo iba bien.
Aún recuerdo como, al principio, ella se quejaba de mi postura acerca del amor. Muy relativista, decía. Si no crees que puedes estar con alguien para siempre, para qué empezar, sostenía. Le argumentaba que el amor eterno no existe, eso es un trabajo de día a día. Requiere esfuerzo y dedicación. Ella me dijo que me amaría siempre.
Acabé por creerla. No creía en planificar nada, pero algo en mí no podía evitar sentirse a gusto pensando en todas las cosas que me decía que quería acerca del futuro. Hasta ahora.
Me encuentro inmerso en una conversación a través de internet con ella. No es el canal adecuado. No es el contexto adecuado. Pero una semana de indiferencia es más de lo que puedo aguantar. No creo que ella tenga la culpa. Sólo sé que no puedo más.
Un mensaje largo, pero no me cuesta nada resumirlo en una sola y demoledora frase: se acabó. Demasiadas sensaciones contradictorias se agolpan. Alivio porque por lo menos ya sé qué le pasaba. Tristeza porque he perdido para siempre algo que significaba demasiado. Contrariedad, porque hasta hace una semana todo era demasiado bonito. Cansancio debido a que todas mis relaciones acaban por terminar cuando más a gusto me siento en ellas.
Todo ese cúmulo me marea y siento que ya no puedo más. No sé ni qué hacer ni qué contestar. Es tal la sacudida que soy incapaz incluso de llorar. Me quedo mirando la pantalla, con un gesto que imagino será patético para cualquiera que lo vea desde fuera.
Alguien podría sacar conclusiones positivas.
No es el fin del mundo. De todo se aprende. Lo que no te mata te hace más fuerte. Mejor ahora que no después.
Y lo cierto es que ojalá fuera el fin del mundo. Ojalá fuera un ignorante. Ojalá fuera absolutamente débil y ese ahora fuera un nunca.
Pero no es así. Ya no soy amado. Acabaré por superarlo, lo sé. Probablemente me lo haya tomado mejor de lo que hubiera podido creer.
Pero eso no quita el hecho de que ahora vuelvo a caminar solo, cuando hubo un momento, aunque fuera ínfimamente pequeño, en el que creí que no tendría que volver a hacerlo.
Aún recuerdo como, al principio, ella se quejaba de mi postura acerca del amor. Muy relativista, decía. Si no crees que puedes estar con alguien para siempre, para qué empezar, sostenía. Le argumentaba que el amor eterno no existe, eso es un trabajo de día a día. Requiere esfuerzo y dedicación. Ella me dijo que me amaría siempre.
Acabé por creerla. No creía en planificar nada, pero algo en mí no podía evitar sentirse a gusto pensando en todas las cosas que me decía que quería acerca del futuro. Hasta ahora.
Me encuentro inmerso en una conversación a través de internet con ella. No es el canal adecuado. No es el contexto adecuado. Pero una semana de indiferencia es más de lo que puedo aguantar. No creo que ella tenga la culpa. Sólo sé que no puedo más.
Un mensaje largo, pero no me cuesta nada resumirlo en una sola y demoledora frase: se acabó. Demasiadas sensaciones contradictorias se agolpan. Alivio porque por lo menos ya sé qué le pasaba. Tristeza porque he perdido para siempre algo que significaba demasiado. Contrariedad, porque hasta hace una semana todo era demasiado bonito. Cansancio debido a que todas mis relaciones acaban por terminar cuando más a gusto me siento en ellas.
Todo ese cúmulo me marea y siento que ya no puedo más. No sé ni qué hacer ni qué contestar. Es tal la sacudida que soy incapaz incluso de llorar. Me quedo mirando la pantalla, con un gesto que imagino será patético para cualquiera que lo vea desde fuera.
Alguien podría sacar conclusiones positivas.
No es el fin del mundo. De todo se aprende. Lo que no te mata te hace más fuerte. Mejor ahora que no después.
Y lo cierto es que ojalá fuera el fin del mundo. Ojalá fuera un ignorante. Ojalá fuera absolutamente débil y ese ahora fuera un nunca.
Pero no es así. Ya no soy amado. Acabaré por superarlo, lo sé. Probablemente me lo haya tomado mejor de lo que hubiera podido creer.
Pero eso no quita el hecho de que ahora vuelvo a caminar solo, cuando hubo un momento, aunque fuera ínfimamente pequeño, en el que creí que no tendría que volver a hacerlo.
viernes, 30 de enero de 2009
Pinceladas sueltas
Sendero mojado. Música. Emoción. Ganas de saltar, gafas empañadas. Frío, pero poco importante. Zancada rápida pero vigilante. Siento ansias de sentarme, relajarme y tomar aire. Letras, palabras. Sílabas y frases.
Qué más da que mi día haya sido una mierda. No hay relevancia en que no me sienta importante. Tengo esto. Siempre lo he tenido. No se irá, por muchas cosas que me falten.
Echo de menos muchas cosas, muchas personas. Demasiadas sensaciones. Algunos mensajes. Cientos de momentos. Un puñado de autoestima. Épocas mejores, caminos abiertos. Sonrisas ausentes y apoyo invisible.
Al carajo con los entresijos de la vida. Que se jodan el perdón y la tristeza. No quiero volver a ver ni al miedo ni a la desconfianza. Por mí pueden pudrirse.
Es cierto, no estoy en mi mejor momento.
Pero eso no me preocupará mientras tenga ganas de contároslo.
Qué más da que mi día haya sido una mierda. No hay relevancia en que no me sienta importante. Tengo esto. Siempre lo he tenido. No se irá, por muchas cosas que me falten.
Echo de menos muchas cosas, muchas personas. Demasiadas sensaciones. Algunos mensajes. Cientos de momentos. Un puñado de autoestima. Épocas mejores, caminos abiertos. Sonrisas ausentes y apoyo invisible.
Al carajo con los entresijos de la vida. Que se jodan el perdón y la tristeza. No quiero volver a ver ni al miedo ni a la desconfianza. Por mí pueden pudrirse.
Es cierto, no estoy en mi mejor momento.
Pero eso no me preocupará mientras tenga ganas de contároslo.
martes, 27 de enero de 2009
sexo
Me levanto como siempre, odiando a todo el mundo, aburrido. Quedaría más interesante si fuera el despertador el que me arrancara de mi sueño. O tal vez mi madre, disgustada porque no hago nada con mi vida. La realidad es que la atmósfera de mi cuarto es increíblemente pesada y me cuesta trabajo respirar bien. Es pronto. Siempre es pronto. La sensación de desidia no se aparta y siento que he vuelto a tirar otras ocho horas o menos en una función vital.
Comienzo a rascarme, desperezándome. Tropiezo con mi propio miembro, y estoy demasiado dormido como para saber si ha sido por accidente o si conscientemente buscaba ese contacto. Por costumbre o por placer me masturbo, como gran parte de las mañanas.
Probablemente se vea desde fuera como algo patético. Siempre me dijeron (o yo creí oír) que las prácticas auto-amatorias se acababan con el tiempo. Paulatinamente yo sólo le hago que coger gusto. Cierto es que va a rachas pero siempre está ahí. No sé si fue El Perich que dijo que la masturbación es la única práctica sexual pura, ya que no se hace ni por quedar bien, ni por el qué dirán, ni por obligación…
No negaré que siempre se agradece compañía en lo que al placer carnal se refiere. Pero ver que puedo gozar con el sexo sin tener que rendir cuentas y poder hacerlo cuando me apetece dentro de un marco racional confiere demasiadas ventajas a este respecto.
Siempre ha existido el cliché de que las mujeres nunca lo hacen, que es algo netamente masculino. Nunca di excesiva importancia a los bulos o creencias personales de la gente pero hasta la fecha casi todas las mujeres con las que he tenido un mínimo de confianza confesaban (utilizo este verbo como revelación, no como exponer con vergüenza) que ellas también lo practicaban.
Quizá esto de pensar que el sexo femenino está exento de este tipo de ejercicios se deba a la manía del ser humano de poner connotaciones morales a todo, como si la mujer, inocente y delicada, fuera incapaz de hacer algo tan sucio. Y el error es llamar bueno o malo a algo así. La moralidad la hemos construidos nosotros mismo partiendo de convenciones. El sexo es algo animal, anterior a nosotros y que seguirá una vez que no estemos. Está por encima de nuestra especie, y por tanto de lo que nos parezca correcto o no.
Comienzo a rascarme, desperezándome. Tropiezo con mi propio miembro, y estoy demasiado dormido como para saber si ha sido por accidente o si conscientemente buscaba ese contacto. Por costumbre o por placer me masturbo, como gran parte de las mañanas.
Probablemente se vea desde fuera como algo patético. Siempre me dijeron (o yo creí oír) que las prácticas auto-amatorias se acababan con el tiempo. Paulatinamente yo sólo le hago que coger gusto. Cierto es que va a rachas pero siempre está ahí. No sé si fue El Perich que dijo que la masturbación es la única práctica sexual pura, ya que no se hace ni por quedar bien, ni por el qué dirán, ni por obligación…
No negaré que siempre se agradece compañía en lo que al placer carnal se refiere. Pero ver que puedo gozar con el sexo sin tener que rendir cuentas y poder hacerlo cuando me apetece dentro de un marco racional confiere demasiadas ventajas a este respecto.
Siempre ha existido el cliché de que las mujeres nunca lo hacen, que es algo netamente masculino. Nunca di excesiva importancia a los bulos o creencias personales de la gente pero hasta la fecha casi todas las mujeres con las que he tenido un mínimo de confianza confesaban (utilizo este verbo como revelación, no como exponer con vergüenza) que ellas también lo practicaban.
Quizá esto de pensar que el sexo femenino está exento de este tipo de ejercicios se deba a la manía del ser humano de poner connotaciones morales a todo, como si la mujer, inocente y delicada, fuera incapaz de hacer algo tan sucio. Y el error es llamar bueno o malo a algo así. La moralidad la hemos construidos nosotros mismo partiendo de convenciones. El sexo es algo animal, anterior a nosotros y que seguirá una vez que no estemos. Está por encima de nuestra especie, y por tanto de lo que nos parezca correcto o no.
martes, 30 de diciembre de 2008
Fragmento de mi paranoia
Desperdicio las horas de estudio como siento que estoy desperdiciando mi vida. Horas y horas tiradas en convenciones, verborrea y acciones sin sentido. El tan inútil ansia por quedar bien, por sentirse aceptado.
Y más mi alma que mi cabeza siente necesidad de vomitar eso. Lo recrea en forma de sangre, de violencia sobre un papel. Puñetazos y patadas como forma de inspiración. Las ganas de destrucción como manera de dar vida a palabras. Palabras que arrasen, que encolericen todos los rincones del cuerpo. Que el lector se veía poseído por la misma desidia que me está dejando sin aliento.
En este sentido se puede ver algo de egoísta en mi humilde persona. No me basta con estar jodido. Necesito que los demás lo estén también. Que puedan apreciar todo aquello que hace que sufra. Hacerles llorar como yo lloro ahora.
La música no hace que deje de pensar, de modo que la apago. Salgo de mi habitación, con la sensación de llevar años dentro. Me asfixiaba allí dentro. Es curioso lo terriblemente hostil que se puede transformar una atmósfera cuando no estás a gusto en ella. El aire no se conforma con envolverte. Te ahoga, te oprime el pecho de modo que parezca que no puedes respirar.
Salir al exterior es como paladear aire limpio de nuevo. Estoy demasiado asqueado como para ir al ordenador. A fuerza de ser sinceros, estoy demasiado asqueado para todo. Uno de esos momentos en los que no me importa nada más allá que la ira. Es una de las cosas más parecidas al amor que soy capaz de sentir. Me abrazo a mi aversión con la misma fuerza y despreocupación con la que el amante se enrosca en brazos de su amada.
Este es un fragmento de la paranoia (de momento todavía en expansión)que estoy escribiendo. Si hay alguien interesado en leer más que me lo pida bien por aquí y yo me pongo en contacto con ella o bien vía msn para aquellos que ya tengáis mi dirección.
Disfrutadla si queréis.
Y más mi alma que mi cabeza siente necesidad de vomitar eso. Lo recrea en forma de sangre, de violencia sobre un papel. Puñetazos y patadas como forma de inspiración. Las ganas de destrucción como manera de dar vida a palabras. Palabras que arrasen, que encolericen todos los rincones del cuerpo. Que el lector se veía poseído por la misma desidia que me está dejando sin aliento.
En este sentido se puede ver algo de egoísta en mi humilde persona. No me basta con estar jodido. Necesito que los demás lo estén también. Que puedan apreciar todo aquello que hace que sufra. Hacerles llorar como yo lloro ahora.
La música no hace que deje de pensar, de modo que la apago. Salgo de mi habitación, con la sensación de llevar años dentro. Me asfixiaba allí dentro. Es curioso lo terriblemente hostil que se puede transformar una atmósfera cuando no estás a gusto en ella. El aire no se conforma con envolverte. Te ahoga, te oprime el pecho de modo que parezca que no puedes respirar.
Salir al exterior es como paladear aire limpio de nuevo. Estoy demasiado asqueado como para ir al ordenador. A fuerza de ser sinceros, estoy demasiado asqueado para todo. Uno de esos momentos en los que no me importa nada más allá que la ira. Es una de las cosas más parecidas al amor que soy capaz de sentir. Me abrazo a mi aversión con la misma fuerza y despreocupación con la que el amante se enrosca en brazos de su amada.
Este es un fragmento de la paranoia (de momento todavía en expansión)que estoy escribiendo. Si hay alguien interesado en leer más que me lo pida bien por aquí y yo me pongo en contacto con ella o bien vía msn para aquellos que ya tengáis mi dirección.
Disfrutadla si queréis.
sábado, 27 de diciembre de 2008
Componer y seguir
Quiero vivir, no matarme por beber
y sentir que al morir me quede algo por hacer.
Fenecer, caer y descubrir que en esto del compartir
se oculta un gran placer.
Nacer, conseguir sonreir y
conceder a mi existir un largo amanecer.
Saber que ir de la mano, partir,
es mucho mejor si te puedo ver.
Que el competir y no desistir
no se debe hacer por cumplir, sino por vencer.
Y al final comprender que salir
del mundo feliz es entender
que si tropiezas, no debes huir,
si no volver y no desfallecer.
y sentir que al morir me quede algo por hacer.
Fenecer, caer y descubrir que en esto del compartir
se oculta un gran placer.
Nacer, conseguir sonreir y
conceder a mi existir un largo amanecer.
Saber que ir de la mano, partir,
es mucho mejor si te puedo ver.
Que el competir y no desistir
no se debe hacer por cumplir, sino por vencer.
Y al final comprender que salir
del mundo feliz es entender
que si tropiezas, no debes huir,
si no volver y no desfallecer.
domingo, 7 de diciembre de 2008
Desayuno
Todo parece oscuro... El desconcierto reina en la habitación, donde el aire está más que viciado y donde coger una bocanada de aire puro se torna en gesta. La manta está situada de forma que resulte incómoda a más no poder, dando calor donde no debe y dejando al descubierto las partes que más sufren la estación dura y heladora del año. La caótica distribución del lugar termina por hastiar al ocupante hasta el punto de abandonar su lecho sin apenas haber reposado.
Sin ganas de nada realmente, se desplaza arrastrando los pies, buscando más con esperanza que con certeza el ser devorado por el suelo. El lóbrego pasillo permanece impasible ante su fúnebre recorrido, observando sin inmutarse a aquél despojo alicaído. El eco de sus pasos acaba por perderse al girar el recodo que ponía fin a aquél espacio angosto sobre el que acababa de trasladarse, quedando éste en un silencio total, como aliviado tras perder de vista tan deprimente imagen.
Llega a la cocina, donde el Astro Rey ilumina la estancia a la vez que torna en dolor la retina de esa sombra. Ahora puede observarse con claridad su aspecto. Pantalón holgado, típico para pasar una noche, de un color azul cielo. La camiseta, blanca y desgastada, zapatillas de andar por casa y semblante indiferente. Rascándose un ojo a causa del contraste de luz, se acerca a tientas a un armario y comienza a prepararse un desayuno para el que no tiene apetito.
Se sienta y comienza a jugar con un trozo de repostería que sumerje metódicamente y sin entusiasmo en un tazón. Su mirada es más profunda de lo que cabría esperarse de alguien en sus circunstancias y un ser observador podría llegar a pensar que se está cuestionando asuntos trascendentales para él. Cada rato, a veces durante un segundo, mira al frente, a las placas de cerámica que envuelven las paredes, observándolas como si el secreto para su felicidad se encontrara escondido entre ellas.
El bollo hace tiempo que se ha deshecho, despedazado por la acción de la leche. Ajeno a eso, el personaje sigue desentrañando el enigma impreso más en su alma que en el muro decorado con baldosas que tiene frente a él. Paulatinamente, una persona atenta podría darse cuenta de como su tristeza y su incomprensión aumentan. Su corazón se llena de lágrimas y busca algo a lo que aferrarse. Se levanta, confuso. Avanza a tientas, desbordado por las emociones de una vida insulsa.
Llega desorientado a un cuarto de la casa, donde guarda todas las cosas referentes a su trabajo, ese medio para poder sobrevivir realizando tareas que no le interesan. Se sienta en su escritorio, desconsolado. La imagen resulta algo grotesca. Un ser humano con una gran crisis de identidad ataviado con un pijama hortera y con algo de leche en la comisura de los labios. Llora como hacía tiempo que no había llorado, hasta que lo encuentra. Bajo sus brazos, como prestando su apoyo de manera sutil pero firme. Como muestra de un mudo abrazo, un folio manchado parcialmente por las gotas saladas que han resbalado por su mejillas le observa desde abajo, como invitándolo a reaccionar.
Sonríe y coge un bolígrafo. Respira fuerte, tratando de aclararse y de limpiar sus fosas nasales. Sus ojos siguen hinchados y todavía no es feliz. Pero sabe que algo puede hacer, algo que pase lo que pase siempre estará ahí. Con decisión se acerca y escribe: "Todo parece oscuro... El desconcierto reina en la habitación, donde el aire está más que viciado y..."
Sin ganas de nada realmente, se desplaza arrastrando los pies, buscando más con esperanza que con certeza el ser devorado por el suelo. El lóbrego pasillo permanece impasible ante su fúnebre recorrido, observando sin inmutarse a aquél despojo alicaído. El eco de sus pasos acaba por perderse al girar el recodo que ponía fin a aquél espacio angosto sobre el que acababa de trasladarse, quedando éste en un silencio total, como aliviado tras perder de vista tan deprimente imagen.
Llega a la cocina, donde el Astro Rey ilumina la estancia a la vez que torna en dolor la retina de esa sombra. Ahora puede observarse con claridad su aspecto. Pantalón holgado, típico para pasar una noche, de un color azul cielo. La camiseta, blanca y desgastada, zapatillas de andar por casa y semblante indiferente. Rascándose un ojo a causa del contraste de luz, se acerca a tientas a un armario y comienza a prepararse un desayuno para el que no tiene apetito.
Se sienta y comienza a jugar con un trozo de repostería que sumerje metódicamente y sin entusiasmo en un tazón. Su mirada es más profunda de lo que cabría esperarse de alguien en sus circunstancias y un ser observador podría llegar a pensar que se está cuestionando asuntos trascendentales para él. Cada rato, a veces durante un segundo, mira al frente, a las placas de cerámica que envuelven las paredes, observándolas como si el secreto para su felicidad se encontrara escondido entre ellas.
El bollo hace tiempo que se ha deshecho, despedazado por la acción de la leche. Ajeno a eso, el personaje sigue desentrañando el enigma impreso más en su alma que en el muro decorado con baldosas que tiene frente a él. Paulatinamente, una persona atenta podría darse cuenta de como su tristeza y su incomprensión aumentan. Su corazón se llena de lágrimas y busca algo a lo que aferrarse. Se levanta, confuso. Avanza a tientas, desbordado por las emociones de una vida insulsa.
Llega desorientado a un cuarto de la casa, donde guarda todas las cosas referentes a su trabajo, ese medio para poder sobrevivir realizando tareas que no le interesan. Se sienta en su escritorio, desconsolado. La imagen resulta algo grotesca. Un ser humano con una gran crisis de identidad ataviado con un pijama hortera y con algo de leche en la comisura de los labios. Llora como hacía tiempo que no había llorado, hasta que lo encuentra. Bajo sus brazos, como prestando su apoyo de manera sutil pero firme. Como muestra de un mudo abrazo, un folio manchado parcialmente por las gotas saladas que han resbalado por su mejillas le observa desde abajo, como invitándolo a reaccionar.
Sonríe y coge un bolígrafo. Respira fuerte, tratando de aclararse y de limpiar sus fosas nasales. Sus ojos siguen hinchados y todavía no es feliz. Pero sabe que algo puede hacer, algo que pase lo que pase siempre estará ahí. Con decisión se acerca y escribe: "Todo parece oscuro... El desconcierto reina en la habitación, donde el aire está más que viciado y..."
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