El viento enloquece mi pelo cuando camino, solitario, de vuelta a casa. No es muy tarde pero la calle está casi vacía. Algunas parejas vuelven del cine, de vuelta al hogar. Vagabundos beben latas de cerveza o cartones de vino barato mientras intercambian historias. La hoguera sobre la que narran parte de su vida, real o ficticia, es un símbolo de Ibercaja.
Desearía que lloviera. Poder alzar la cabeza hasta que gotas de agua fría resbalaran por mi mejilla. Otra vez. Mirar al cielo nublado con una sonrisa, mientras la humedad de mi piel helada me recuerda que estoy vivo. Otra vez.
La verdad es que un aire seco se me clava en el alma sin que yo pueda hacer nada. Otra vez. La fuerza del cierzo me impulsa en dirección contraria, imposibilitando como tantas otras veces mi avance. Otra vez. El pelo se me eriza y la boca se vuelve pastosa mientras cierro los ojos, imaginando que nada de eso es real.
Otras veces desearía que me atropellara un coche. Que mi cuerpo inerte se elevara hacia el cielo, descendiendo con brusquedad, destrozándome las articulaciones y tan vivo y tan pesado como un saco de boxeo. O que alguien me metiera una paliza sin motivo alguno. Una furiosa ráfaga de puñetazos y patadas. Que me dejaran exhausto, tirado en el suelo, sin esperanzas ni nada que mereciera la pena conservar. Rodeado de mi propia sangre coagulando. Que me destrozaran el tabique nasal de un codazo o que me rompieran los dedos uno a uno con un cascanueces.
Simplemente por hacer de el dolor algo tangible.
Algo solucionable. Una solución. Un medicamento. Una tirita. Vendas. Escayola. Pero algo con nombre, algo que poder contar, o medir. O al menos saber que no tiene remedio.
De vuelta, un hombre harapiento y tirado en el suelo, alarga la mano hacia un muro que tiene frente a él. No llega a tocar nada, y lo que quería tocar ni siquiera estaba ahí. Le miro durante un rato, meditando.
Al llegar a casa, tiro parte de la ropa que llevaba puesta sobre la cama, donde me siento. Me agarro el pelo con las dos manos, respirando profundamente. Me compadezco. Compadezco a aquellos que se acercan a mí. Lanzo una muda disculpa a la humanidad.
Y es entonces cuando soy consciente de que un Segundo pasa más lentamente de lo que parece.
viernes, 6 de marzo de 2009
sábado, 21 de febrero de 2009
Noches de portal
El cielo oscuro nos arropa conforme avanzamos, a ratos en silencio, a ratos inmersos en las más variopintas conversaciones. Unas veces caminamos agarrados, otras cada uno se hace dueño de sus propios pasos. Fragmentos del recorrido los hacemos animados, otros pensativos y en silencio. A pesar del día en que nos encontramos y contra todo lo que uno hubiera podido imaginar, las calles están desiertas. Realmente somos dos en medio de la nada. Una nada compuesta por edificios carentes de alma, de automóviles inanimados y de farolas que no alumbran a nadie.
Sigue sin haber estrellas. Y se echan de menos.
Nos acercamos otra vez al lugar. La puerta de mi edificio se ofrece nuevamente voluntaria para albergar nuestros cuerpos, nuestros pensamientos y nuestros anhelos. Nos tiramos, despreocupados. Ciertos momentos yo la aguanto a ella. Otros, ella me aguanta a mí. Divagamos sobre nuestra vida, nuestras relaciones. Nuestras preocuaciones. Sobre nimiedades y sobre asuntos que dan que pensar. Nuestros miedos. Sobre la amistad, sobre el amor. Sobre el terror a según qué finales.Sobre momentos especiales.
Nuestros momentos especiales.
Y es entonces cuando nada más importa. Quizá sea una forma no convencional de pasar el tiempo nocturno. Tal vez deberíamos resignarnos y hacer cosas más propias de nuestra generación. Puede que, una vez salgamos de aquí cada cual vuelva a adquirir su rol. Pero cuando estamos sentados aquí, lo único realmente relevante son las ganas de compartir tiempo, problemas y conversación con la otra persona.
Como todas las noches, el tiempo se termina. El frío nos atrapa sin sorpresa en la calle y la acompaño a por un taxi mientras ambos tiritamos a causa del contraste de la temperatura.
Una vez nos hemos despedido, mi cara debe resultar extrañamente macabra de vuelta al hogar, pues sonrío mientras mis dientes castañean con fuerza. Pero no puedo evitar hacer ninguna de las dos cosas.
Sigue sin haber estrellas. Y se echan de menos.
Nos acercamos otra vez al lugar. La puerta de mi edificio se ofrece nuevamente voluntaria para albergar nuestros cuerpos, nuestros pensamientos y nuestros anhelos. Nos tiramos, despreocupados. Ciertos momentos yo la aguanto a ella. Otros, ella me aguanta a mí. Divagamos sobre nuestra vida, nuestras relaciones. Nuestras preocuaciones. Sobre nimiedades y sobre asuntos que dan que pensar. Nuestros miedos. Sobre la amistad, sobre el amor. Sobre el terror a según qué finales.Sobre momentos especiales.
Nuestros momentos especiales.
Y es entonces cuando nada más importa. Quizá sea una forma no convencional de pasar el tiempo nocturno. Tal vez deberíamos resignarnos y hacer cosas más propias de nuestra generación. Puede que, una vez salgamos de aquí cada cual vuelva a adquirir su rol. Pero cuando estamos sentados aquí, lo único realmente relevante son las ganas de compartir tiempo, problemas y conversación con la otra persona.
Como todas las noches, el tiempo se termina. El frío nos atrapa sin sorpresa en la calle y la acompaño a por un taxi mientras ambos tiritamos a causa del contraste de la temperatura.
Una vez nos hemos despedido, mi cara debe resultar extrañamente macabra de vuelta al hogar, pues sonrío mientras mis dientes castañean con fuerza. Pero no puedo evitar hacer ninguna de las dos cosas.
sábado, 14 de febrero de 2009
Árbol
El viento mecía las hojas de los árboles y el Sol iluminaba todos los rincones del bosque. Hojas resecas se mezclaban con el verde césped y todo era paz. Ni un movimiento fuera de su sitio. Uno de esos días que curan el alma y elevan el espíritu.
En un lugar, en el borde de un claro, había un árbol. Alto, esplendoroso. Su copa parecía acariciar el cielo con sus ramas. Viejo y sabio como el mundo mismo. Había aprendido conforme crecía y ahora se erigía, observando todo con la comprensión del que lee un libro por segunda vez. Nada dependía crucialmente de él, y nadie se imaginaba esa gran extensión de vegetación y fauna sin su presencia.
Sobre una de sus ramas, había un cuervo. Su negro plumaje contrastaba con la sensación de vida que transmitía el antiguo y venerable vegetal. Su cabeza se giraba constantemente, pretendiendo quizá obtener la misma sapiencia que el amasijo arbóreo sobre el que estaba apoyado. No estaba quieto, pero parecía decidido, como si supiera a dónde iba.
Así transcurría su vida. Muchos trataron de acercarse a él, de comprenderle. La mayoría se cansaron. Otros se acercaban periódicamente a charlar. Se empezinaban en descifrar un puzzle sin piezas. Un problema sin incógnitas.
Unas veces saltaba a otra rama, y ese día parecía más relajado, como si tuviera delante suyo la respuesta del infinito. Otras, descendía, y se dejaba caer, abatido. Muchas veces se le dio por muerto. Quizá no anduvieran desencaminados.
Un día un zorro se acercó. Le parecía que, por proximidad, el cuervo debía de ser tan sabio como el propio árbol. Comenzaron a charlar. El zorro le contó sus dudas, sus inquietudes. Como cada vez que hablaba con alguien, el ave saltaba mientras hablaba. Nerviosamente subía y bajaba, subía y bajaba.
El zorro le preguntó el porqué de ese movimiento. Era la primera vez que le hacían esa pregunta.
- Este árbol representa todo lo que sé- le contestó la pequeña y nerviosa ave-. Cada vez que pienso, replanteo cosas que sabía y tengo que volver a construirlo todo. Por eso bajo. Cuando creo que algo es cierto, subo un poco. Estoy apoyado aquí porque quiero llegar a la última rama, ver qué hay más allá del claro. Que este viejo del bosque me transmita parte de lo que sabe.
- ¿Y una vez que llegues arriba?
- Ya te lo he dicho, veré qué hay más allá -el cuervo subió una rama por encima.
- ¿Para qué?
- ¿Hace falta un motivo?
- Creo que todo el mundo tiene un motivo para hacer algo, aunque sea un motivo absurdo.
El cuervo bajó a la rama inferior.
- En ese caso, mi motivo es que quiero ver qué hay más allá.
El cuervo subió a donde estaba previamente.
- Se te ve tan lejos de mí desde donde estás.
El cuervo se detuvo. Se quedó mirando de frente, hacia el infinito. Desplegó sus alas y se separó del lugar donde había estado toda su vida. Atravesó la distancia que los separaba y se posó sobre su nariz.
- Olvida el miedo- le dijo-. Las palabras siempre están a la misma altura, estés donde estés. Ignorante aquél que le dé valor sólo al lugar de donde procedan.
Tras esto, voló directamente hacia la última rama del gran árbol. Miró de frente y por un momento, el venerable vegetal y él fueron uno. Tras eso, descendió y se posó nuevamente sobre el hocico del zorro.
- ¿Y bien? -preguntó éste-. ¿Qué hay?
- ¿Qué va a haber? -contestó-. Árboles. Grandes, pequeños, mustios, imponentes, podridos, esbeltos... Pero árboles. Cada uno igual de importante que el resto. Cada uno con su historia y con alguien que desea llegar a la última rama.
En un lugar, en el borde de un claro, había un árbol. Alto, esplendoroso. Su copa parecía acariciar el cielo con sus ramas. Viejo y sabio como el mundo mismo. Había aprendido conforme crecía y ahora se erigía, observando todo con la comprensión del que lee un libro por segunda vez. Nada dependía crucialmente de él, y nadie se imaginaba esa gran extensión de vegetación y fauna sin su presencia.
Sobre una de sus ramas, había un cuervo. Su negro plumaje contrastaba con la sensación de vida que transmitía el antiguo y venerable vegetal. Su cabeza se giraba constantemente, pretendiendo quizá obtener la misma sapiencia que el amasijo arbóreo sobre el que estaba apoyado. No estaba quieto, pero parecía decidido, como si supiera a dónde iba.
Así transcurría su vida. Muchos trataron de acercarse a él, de comprenderle. La mayoría se cansaron. Otros se acercaban periódicamente a charlar. Se empezinaban en descifrar un puzzle sin piezas. Un problema sin incógnitas.
Unas veces saltaba a otra rama, y ese día parecía más relajado, como si tuviera delante suyo la respuesta del infinito. Otras, descendía, y se dejaba caer, abatido. Muchas veces se le dio por muerto. Quizá no anduvieran desencaminados.
Un día un zorro se acercó. Le parecía que, por proximidad, el cuervo debía de ser tan sabio como el propio árbol. Comenzaron a charlar. El zorro le contó sus dudas, sus inquietudes. Como cada vez que hablaba con alguien, el ave saltaba mientras hablaba. Nerviosamente subía y bajaba, subía y bajaba.
El zorro le preguntó el porqué de ese movimiento. Era la primera vez que le hacían esa pregunta.
- Este árbol representa todo lo que sé- le contestó la pequeña y nerviosa ave-. Cada vez que pienso, replanteo cosas que sabía y tengo que volver a construirlo todo. Por eso bajo. Cuando creo que algo es cierto, subo un poco. Estoy apoyado aquí porque quiero llegar a la última rama, ver qué hay más allá del claro. Que este viejo del bosque me transmita parte de lo que sabe.
- ¿Y una vez que llegues arriba?
- Ya te lo he dicho, veré qué hay más allá -el cuervo subió una rama por encima.
- ¿Para qué?
- ¿Hace falta un motivo?
- Creo que todo el mundo tiene un motivo para hacer algo, aunque sea un motivo absurdo.
El cuervo bajó a la rama inferior.
- En ese caso, mi motivo es que quiero ver qué hay más allá.
El cuervo subió a donde estaba previamente.
- Se te ve tan lejos de mí desde donde estás.
El cuervo se detuvo. Se quedó mirando de frente, hacia el infinito. Desplegó sus alas y se separó del lugar donde había estado toda su vida. Atravesó la distancia que los separaba y se posó sobre su nariz.
- Olvida el miedo- le dijo-. Las palabras siempre están a la misma altura, estés donde estés. Ignorante aquél que le dé valor sólo al lugar de donde procedan.
Tras esto, voló directamente hacia la última rama del gran árbol. Miró de frente y por un momento, el venerable vegetal y él fueron uno. Tras eso, descendió y se posó nuevamente sobre el hocico del zorro.
- ¿Y bien? -preguntó éste-. ¿Qué hay?
- ¿Qué va a haber? -contestó-. Árboles. Grandes, pequeños, mustios, imponentes, podridos, esbeltos... Pero árboles. Cada uno igual de importante que el resto. Cada uno con su historia y con alguien que desea llegar a la última rama.
Noche
Geología. Números. Conjuntos. Factorizar. Equis elevado a seis más uno. Cansancio. El día está gris y, pese a todo, no puedo evitar una sonrisa mientras entrego el que es mi último examen por este cuatrimestre. Recojo el forro, ansioso. Salgo, con ganas. Es la primera vez que espero algo en mucho tiempo. Avanzo. En todos los sentidos.
Derecho. Cortezas. Guiñote. Cartelito de sarcasmo. Cosas que empiezan. Puñales. Comparación de resultados. Cansancio y triunfo se mezclan de una forma arrebatadora. Expectación. Risas. Deseos de salir. Ganas de recuperar un tiempo que creemos desperdiciado.
Mucha gente lo hará de un modo que quizá no crea adecuado. Pero ahora es lo último en lo que pienso. Una falsa sensación de libertad me embriaga de tal modo que a duras penas controlo mis deseos de saltar. De gritar. De vivir.
Calle. Frío. Humedad. Mucha gente vuelve a arreglarse. Gran vía. Cañones. Medias. Tabaco. Plumas de cuatrocientos euros. Libros. Comentarios. Expectación. Risas.
Nos dirigimos hacia el punto de encuentro. Hambre. Noche. Paraninfo. Recuento. Nos ponemos en camino, a reencontrarnos con el resto de la gente. De nuevo un encuentro. Buffet. Chino. Libre. Comer. Fotografías. Palillos. Comida de aspecto extraño. Postres. Chocolate. Expectación. Risas.
Salimos, y la baja temperatura empieza a hacerse notar. Caminamos, con rumbo ahora. Independencia. Plaza España. El coso. La madalena. Tetería. Cerrada.
Volvemos sobre nuestros pasos. Chinos. Plaza de los sitios. Policía. Deambular. Reír. Expectación. Risas.
Se separan caminos. Despedidas. Abrazos. No serán los últimos. Gran vía. Puente de los gitanos. Conversación balsámica. Teatro de las ánimas. Cerrado. Se va todo el mundo. Casi todo el mundo. El grupo restante, reducido ahora a dos, busca qué hacer. Hambre. Sed. Frío.
Roces. Abrazos. Ideas. Expectación. Risas.
Plan fallido. Segundo intento. Bar. Abuelos borrachos. Chocolate. Churros. Tres de la mañana.
Salimos. Frío. Portal. Charla. Abrazos. Bailes. Reflexiones. Teorías. Felicidad. Temblores. Castañeo. Abrazos.
Una noche extraña.
Las mejores noches suelen serlo.
Derecho. Cortezas. Guiñote. Cartelito de sarcasmo. Cosas que empiezan. Puñales. Comparación de resultados. Cansancio y triunfo se mezclan de una forma arrebatadora. Expectación. Risas. Deseos de salir. Ganas de recuperar un tiempo que creemos desperdiciado.
Mucha gente lo hará de un modo que quizá no crea adecuado. Pero ahora es lo último en lo que pienso. Una falsa sensación de libertad me embriaga de tal modo que a duras penas controlo mis deseos de saltar. De gritar. De vivir.
Calle. Frío. Humedad. Mucha gente vuelve a arreglarse. Gran vía. Cañones. Medias. Tabaco. Plumas de cuatrocientos euros. Libros. Comentarios. Expectación. Risas.
Nos dirigimos hacia el punto de encuentro. Hambre. Noche. Paraninfo. Recuento. Nos ponemos en camino, a reencontrarnos con el resto de la gente. De nuevo un encuentro. Buffet. Chino. Libre. Comer. Fotografías. Palillos. Comida de aspecto extraño. Postres. Chocolate. Expectación. Risas.
Salimos, y la baja temperatura empieza a hacerse notar. Caminamos, con rumbo ahora. Independencia. Plaza España. El coso. La madalena. Tetería. Cerrada.
Volvemos sobre nuestros pasos. Chinos. Plaza de los sitios. Policía. Deambular. Reír. Expectación. Risas.
Se separan caminos. Despedidas. Abrazos. No serán los últimos. Gran vía. Puente de los gitanos. Conversación balsámica. Teatro de las ánimas. Cerrado. Se va todo el mundo. Casi todo el mundo. El grupo restante, reducido ahora a dos, busca qué hacer. Hambre. Sed. Frío.
Roces. Abrazos. Ideas. Expectación. Risas.
Plan fallido. Segundo intento. Bar. Abuelos borrachos. Chocolate. Churros. Tres de la mañana.
Salimos. Frío. Portal. Charla. Abrazos. Bailes. Reflexiones. Teorías. Felicidad. Temblores. Castañeo. Abrazos.
Una noche extraña.
Las mejores noches suelen serlo.
sábado, 31 de enero de 2009
Otro fragmento de la paranoia
Empecé el año cagando, y jodo que si se nota. Atrás quedó la nochevieja, muy agradable, aunque la pasé con la sensación de que algo me faltaba. Ya terminaron hace algún tiempo las navidades. Volví a verla. Parecía que todo iba bien.
Aún recuerdo como, al principio, ella se quejaba de mi postura acerca del amor. Muy relativista, decía. Si no crees que puedes estar con alguien para siempre, para qué empezar, sostenía. Le argumentaba que el amor eterno no existe, eso es un trabajo de día a día. Requiere esfuerzo y dedicación. Ella me dijo que me amaría siempre.
Acabé por creerla. No creía en planificar nada, pero algo en mí no podía evitar sentirse a gusto pensando en todas las cosas que me decía que quería acerca del futuro. Hasta ahora.
Me encuentro inmerso en una conversación a través de internet con ella. No es el canal adecuado. No es el contexto adecuado. Pero una semana de indiferencia es más de lo que puedo aguantar. No creo que ella tenga la culpa. Sólo sé que no puedo más.
Un mensaje largo, pero no me cuesta nada resumirlo en una sola y demoledora frase: se acabó. Demasiadas sensaciones contradictorias se agolpan. Alivio porque por lo menos ya sé qué le pasaba. Tristeza porque he perdido para siempre algo que significaba demasiado. Contrariedad, porque hasta hace una semana todo era demasiado bonito. Cansancio debido a que todas mis relaciones acaban por terminar cuando más a gusto me siento en ellas.
Todo ese cúmulo me marea y siento que ya no puedo más. No sé ni qué hacer ni qué contestar. Es tal la sacudida que soy incapaz incluso de llorar. Me quedo mirando la pantalla, con un gesto que imagino será patético para cualquiera que lo vea desde fuera.
Alguien podría sacar conclusiones positivas.
No es el fin del mundo. De todo se aprende. Lo que no te mata te hace más fuerte. Mejor ahora que no después.
Y lo cierto es que ojalá fuera el fin del mundo. Ojalá fuera un ignorante. Ojalá fuera absolutamente débil y ese ahora fuera un nunca.
Pero no es así. Ya no soy amado. Acabaré por superarlo, lo sé. Probablemente me lo haya tomado mejor de lo que hubiera podido creer.
Pero eso no quita el hecho de que ahora vuelvo a caminar solo, cuando hubo un momento, aunque fuera ínfimamente pequeño, en el que creí que no tendría que volver a hacerlo.
Aún recuerdo como, al principio, ella se quejaba de mi postura acerca del amor. Muy relativista, decía. Si no crees que puedes estar con alguien para siempre, para qué empezar, sostenía. Le argumentaba que el amor eterno no existe, eso es un trabajo de día a día. Requiere esfuerzo y dedicación. Ella me dijo que me amaría siempre.
Acabé por creerla. No creía en planificar nada, pero algo en mí no podía evitar sentirse a gusto pensando en todas las cosas que me decía que quería acerca del futuro. Hasta ahora.
Me encuentro inmerso en una conversación a través de internet con ella. No es el canal adecuado. No es el contexto adecuado. Pero una semana de indiferencia es más de lo que puedo aguantar. No creo que ella tenga la culpa. Sólo sé que no puedo más.
Un mensaje largo, pero no me cuesta nada resumirlo en una sola y demoledora frase: se acabó. Demasiadas sensaciones contradictorias se agolpan. Alivio porque por lo menos ya sé qué le pasaba. Tristeza porque he perdido para siempre algo que significaba demasiado. Contrariedad, porque hasta hace una semana todo era demasiado bonito. Cansancio debido a que todas mis relaciones acaban por terminar cuando más a gusto me siento en ellas.
Todo ese cúmulo me marea y siento que ya no puedo más. No sé ni qué hacer ni qué contestar. Es tal la sacudida que soy incapaz incluso de llorar. Me quedo mirando la pantalla, con un gesto que imagino será patético para cualquiera que lo vea desde fuera.
Alguien podría sacar conclusiones positivas.
No es el fin del mundo. De todo se aprende. Lo que no te mata te hace más fuerte. Mejor ahora que no después.
Y lo cierto es que ojalá fuera el fin del mundo. Ojalá fuera un ignorante. Ojalá fuera absolutamente débil y ese ahora fuera un nunca.
Pero no es así. Ya no soy amado. Acabaré por superarlo, lo sé. Probablemente me lo haya tomado mejor de lo que hubiera podido creer.
Pero eso no quita el hecho de que ahora vuelvo a caminar solo, cuando hubo un momento, aunque fuera ínfimamente pequeño, en el que creí que no tendría que volver a hacerlo.
viernes, 30 de enero de 2009
Pinceladas sueltas
Sendero mojado. Música. Emoción. Ganas de saltar, gafas empañadas. Frío, pero poco importante. Zancada rápida pero vigilante. Siento ansias de sentarme, relajarme y tomar aire. Letras, palabras. Sílabas y frases.
Qué más da que mi día haya sido una mierda. No hay relevancia en que no me sienta importante. Tengo esto. Siempre lo he tenido. No se irá, por muchas cosas que me falten.
Echo de menos muchas cosas, muchas personas. Demasiadas sensaciones. Algunos mensajes. Cientos de momentos. Un puñado de autoestima. Épocas mejores, caminos abiertos. Sonrisas ausentes y apoyo invisible.
Al carajo con los entresijos de la vida. Que se jodan el perdón y la tristeza. No quiero volver a ver ni al miedo ni a la desconfianza. Por mí pueden pudrirse.
Es cierto, no estoy en mi mejor momento.
Pero eso no me preocupará mientras tenga ganas de contároslo.
Qué más da que mi día haya sido una mierda. No hay relevancia en que no me sienta importante. Tengo esto. Siempre lo he tenido. No se irá, por muchas cosas que me falten.
Echo de menos muchas cosas, muchas personas. Demasiadas sensaciones. Algunos mensajes. Cientos de momentos. Un puñado de autoestima. Épocas mejores, caminos abiertos. Sonrisas ausentes y apoyo invisible.
Al carajo con los entresijos de la vida. Que se jodan el perdón y la tristeza. No quiero volver a ver ni al miedo ni a la desconfianza. Por mí pueden pudrirse.
Es cierto, no estoy en mi mejor momento.
Pero eso no me preocupará mientras tenga ganas de contároslo.
martes, 27 de enero de 2009
sexo
Me levanto como siempre, odiando a todo el mundo, aburrido. Quedaría más interesante si fuera el despertador el que me arrancara de mi sueño. O tal vez mi madre, disgustada porque no hago nada con mi vida. La realidad es que la atmósfera de mi cuarto es increíblemente pesada y me cuesta trabajo respirar bien. Es pronto. Siempre es pronto. La sensación de desidia no se aparta y siento que he vuelto a tirar otras ocho horas o menos en una función vital.
Comienzo a rascarme, desperezándome. Tropiezo con mi propio miembro, y estoy demasiado dormido como para saber si ha sido por accidente o si conscientemente buscaba ese contacto. Por costumbre o por placer me masturbo, como gran parte de las mañanas.
Probablemente se vea desde fuera como algo patético. Siempre me dijeron (o yo creí oír) que las prácticas auto-amatorias se acababan con el tiempo. Paulatinamente yo sólo le hago que coger gusto. Cierto es que va a rachas pero siempre está ahí. No sé si fue El Perich que dijo que la masturbación es la única práctica sexual pura, ya que no se hace ni por quedar bien, ni por el qué dirán, ni por obligación…
No negaré que siempre se agradece compañía en lo que al placer carnal se refiere. Pero ver que puedo gozar con el sexo sin tener que rendir cuentas y poder hacerlo cuando me apetece dentro de un marco racional confiere demasiadas ventajas a este respecto.
Siempre ha existido el cliché de que las mujeres nunca lo hacen, que es algo netamente masculino. Nunca di excesiva importancia a los bulos o creencias personales de la gente pero hasta la fecha casi todas las mujeres con las que he tenido un mínimo de confianza confesaban (utilizo este verbo como revelación, no como exponer con vergüenza) que ellas también lo practicaban.
Quizá esto de pensar que el sexo femenino está exento de este tipo de ejercicios se deba a la manía del ser humano de poner connotaciones morales a todo, como si la mujer, inocente y delicada, fuera incapaz de hacer algo tan sucio. Y el error es llamar bueno o malo a algo así. La moralidad la hemos construidos nosotros mismo partiendo de convenciones. El sexo es algo animal, anterior a nosotros y que seguirá una vez que no estemos. Está por encima de nuestra especie, y por tanto de lo que nos parezca correcto o no.
Comienzo a rascarme, desperezándome. Tropiezo con mi propio miembro, y estoy demasiado dormido como para saber si ha sido por accidente o si conscientemente buscaba ese contacto. Por costumbre o por placer me masturbo, como gran parte de las mañanas.
Probablemente se vea desde fuera como algo patético. Siempre me dijeron (o yo creí oír) que las prácticas auto-amatorias se acababan con el tiempo. Paulatinamente yo sólo le hago que coger gusto. Cierto es que va a rachas pero siempre está ahí. No sé si fue El Perich que dijo que la masturbación es la única práctica sexual pura, ya que no se hace ni por quedar bien, ni por el qué dirán, ni por obligación…
No negaré que siempre se agradece compañía en lo que al placer carnal se refiere. Pero ver que puedo gozar con el sexo sin tener que rendir cuentas y poder hacerlo cuando me apetece dentro de un marco racional confiere demasiadas ventajas a este respecto.
Siempre ha existido el cliché de que las mujeres nunca lo hacen, que es algo netamente masculino. Nunca di excesiva importancia a los bulos o creencias personales de la gente pero hasta la fecha casi todas las mujeres con las que he tenido un mínimo de confianza confesaban (utilizo este verbo como revelación, no como exponer con vergüenza) que ellas también lo practicaban.
Quizá esto de pensar que el sexo femenino está exento de este tipo de ejercicios se deba a la manía del ser humano de poner connotaciones morales a todo, como si la mujer, inocente y delicada, fuera incapaz de hacer algo tan sucio. Y el error es llamar bueno o malo a algo así. La moralidad la hemos construidos nosotros mismo partiendo de convenciones. El sexo es algo animal, anterior a nosotros y que seguirá una vez que no estemos. Está por encima de nuestra especie, y por tanto de lo que nos parezca correcto o no.
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