viernes, 13 de noviembre de 2009

Melancolía

Para hacer justicia a mi nombre y antes que nada, quizá debería relataros todas las cosas que he sido. Más aún, deberíais saber todas las cosas que puedo llegar a ser. Porque, aunque sea cierto que se me conoce por muchos nombres, nunca se tiene una idea real de lo que soy hasta que se me vive. No tengo un comienzo concreto, y mientras seas capaz de leer, mientras exista alguien, estaré ahí, al acecho o devorándote. Pero basta de presentaciones. Ya nos conocemos.

Durante mi intempestiva existencia, he recorrido la historia (literalmente, de principio a fin) representado en la imagen de las más diversas cosas. Puedo ser el mar. Puedo ser una lágrima. Puedo ser la carta que sostengas tembloroso entre las manos. Soy el lugar equivocado y el momento equivocado. Un caballo demasiado lento. La suerte del otro.

Habito en las voces, en los lugares, en los sonidos. En las ideas. Soy esa frase que no quieres oír o no quieres recordar. Soy ese sitio con el que topas sin quererlo. Esa canción. Ese piano. Ese saxofón. Esa voz.

Pertenezco a todo aquello que no quieres reconocerte. Esa foto que dice más de lo que se ve. Ese gesto sencillo que te desgarra. La ausencia que te destroza. El viento susurrándote que no. O que sí.

También tengo residencia en ese vaso medio vacío. Soy esos hielos derritiéndose. Esa ceniza que cae. El polvo que desaparece. El recuerdo que quieres olvidar y no puedes. Soy tu vida.

Formo parte de esa persona que quieres encontrar y que no existe. Soy la idea de la muerte y sus consecuencias.

El olvido.

La sensación que tienes cuando terminas de escribir algo que no querrías haber escrito.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Edunel II

Sentado en mi sillón de cuero, observaba entre perplejo y asustado aquél sobre que había aparecido no sé muy bien cómo en mi escritorio. No había sellos, ni destinatario. Simplemente aparecía un remite, en tinta negra, probablemente escrito con pluma, con una tipografía que parecía del siglo XVII. Una sola y única palabra que no había vuelto a mi cabeza desde hacía mucho. Desde aquellos años en el manicomio.

Mi secretaria abrió la puerta. Llevaba un jersey azul, de cuello alto. Me gustaba ese jersey. El pelo castaño y las gafas apoyadas en la nariz, en esa postura que uno espera de una secretaria.

- La policía está ahí fuera. Desean hablar con usted a raíz de la desaparición de Euclides.

- Muy bien, diles que suban.

Me giré, mirando de frente a aquél papel que me acreditaba a ejercer la abogacía. Me costó lo indecible poder superar aquél infierno que fue el sanatorio mental. Medicinas que me aturdían y atontaban. No saber exactamente dónde estás. No saber si estás.

Pude con ello, lo superé. A pesar de las alucinaciones. A pesar de que mi primera y única amiga allí no fuera más que un producto de mi imaginación. Conseguí curarme, conseguí salir. Me dejaron volver a ejercer. Está bien, no tengo casi ningún cliente. No es extraño, ¿Quién quiere que le represente alguien que hasta hace poco era considerado una persona trastornada?

Y sin embargo, un tal Euclides, el 14 de mayo, decide cruzar a ciegas una autopista. Sobrevivió de milagro. Fue denunciado por temeridad, y pidió expresamente que yo lo representara. Durante el juicio ignoró por completo lo que ocurría, como si no fuera sobre su futuro sobre lo que se estaba hablando. Mientras testificaba dijo que aquella parafernalia le parecía más bien insulsa y que no estaba allí por su persona. "Mi misión es que Edunel llegue a una persona en concreto".

Aquella frase me puso los pelos de punta. Otra vez aquél nombre. Otra vez la pesadilla.

Otra vez.

Más tarde, durante un descanso del juicio, desapareció. Nadie sabe adónde fue. Yo no quería saberlo, sólo quería volver a mi despacho tras prestar una rápida declaración que prometí expandir en mi lugar de trabajo.

Y una vez aquí, esta maldita carta revive todo. Abro el sobre, como queriendo que se trate de una broma.

"Querido mío. Desde que llegué a Edunel (o volví, quién sabe) no he podido parar de pensar en ti. Cada árbol, cada brisa de aire puro. Todos los detalles que creo, incluso los más insignificantes, me recuerdan a tu persona. Sé que ahora creerás que todo esto forma parte de tu imaginación, incluso esta reflexión. Tampoco te pido que creas en esto, sé que al final ocurrirá lo que realmente quieras. Sólo quería darte las gracias. Gracias porque si no fuera por ti, por tu inspiradora presencia y porque, en el fondo, tu calidez siempre dio alas a mi imaginación, nunca podría haber llegado hasta aquí. Este lugar es precioso porque siempre es como quieres que sea.

Tampoco voy a decir que esto sea sólo para darte las gracias. También quiero pedirte que vengas conmigo. Sólo hay algo que mejoraría este lugar, y es que tú estuvieras conmigo. No hace falta un billete ni equipaje. Basta que lo desees. Basta que creas que ya has tenido suficiente y que en realidad la vida que vives no puede depararte nada que no esperes o que no temas. Simplemente necesitas creer que ya has tenido suficiente.

Te amo.

P.D :Si crees que estás listo, simplemente cierra los ojos."

Cuando volví a abrirlos, me encontraba en un prado inmenso.

-Mi vida -escuché detrás de mí. Esa voz sonaba como una cascada. Como el aleteo de miles de mariposas. Como sentir el Sol en la cara. Como el sueño de dos enamorados.

Me giré, nervioso. Nos miramos. Nos encontrábamos en un gran prado, con alguna flor diseminada por el lugar. La brisa mecía nuestros cabellos.

Al momento corrimos uno en brazos del otro, y la tensión pareció disiparse, como si hubiera dejado paso a algo más poderoso. Como si algún dios hubiera dejado espacio en un pequeño espacio de realidad para crear aquél momento. Como el mar revuelto. Como un grupo de caballos corriendo salvajes por un camino de tierra. Como una bandada de gaviotas sonriendo a las nubes.

Por fin, después de mucho tiemo, era libre.

miércoles, 21 de octubre de 2009

El Castillo de Tartaglia

Eran ya pasadas las doce de la noche cuando estaba llamando a la entrada del Castillo de Copérnico, situada en una pequeña colina solitaria de la región de Galileo. Una vez más me reprochaba a mí misma el estar golpeando la gran y pesada puerta de madera, mientras repasaba mentalmente la disparatada cadena de acontecimientos que me acercaba inexorablemente a un final inexplicable. La lluvia caía con fuerza en mi cabeza mientras el viento me helaba.

Al otro lado de la puerta se oyó el eco de unos pasos rápidos y firmes. Suspiré. Pude percibir cómo alguien ponía en marcha los mecanismos de apertura de la puerta. Posteriormente, un largo y quedo chirrido anunció que ésta se encontraba abierta.

Frente a mí, no estaba otro que el popular escritor Esteban Mayor. Lo saludé con un ademán de cabeza y él me invitó a entrar. Pasamos por un amplio pasillo de piedra gris, en silencio. Por todo foco de luz, una vela que él llevaba en la mano.

Subimos por una escalera de caracol y finalmente llegamos a una pequeña y agradable habitación, alumbrada por una chimenea. Frente a ella, dos cómodos sillones de cuero. Las paredes de la habitación estaban cubiertas por estanterías que no parecían tener fin, las cuales se hallaban repletas de libros. El anfitrión señaló uno de los sillones y él se sentó en el otro.

- Me alegra que haya aceptado mi invitación -comenzó él.

- Oh, cállate -le espeté mientras dejaba mi bufanda de lana sobre una mesita de cristal situada al lado de mi asiento-. No te soporto como ser humano ni mucho menos como escritor. Si vine es porque no sé porqué demonios alguien como tú va a querer que yo venga a esta mierda de lugar.

- Precisamente es tu falta de aprecio hacia mí y hacia mi trabajo lo que hace que estés sentada en ese sillón. Verás, mi editorial me ha encargado un nuevo libro sobre vampiros, pero esta vez ambientado en algo más clásico. Ya sabes, castillos, poderes místicos, permisos para entrar... cosas de esas.

- Al menos así puede que quede mejor que la bazofia de tu anterior saga.

- Si, ya sé que no te gusta de mi trabajo. Teniendo en cuenta que te dedicas a pintar cuadros, sigue siendo un misterio para mí porqué dijiste de mí que era el escritor más inepto que habiás visto y leído en tu vida.

- Creo que el talento que tienes bien merecía un elogio a la altura.

- Muy aguda. En fin, vayamos al grano. No soy mucho de ambientarme antes de escribir una historia ni nada por el estilo, pero mis editores comenzaron a lanzarme demasiadas peticiones. Que si pon algún animal que defina la escena, que si un ambiente sórdido, que si un miembro de la nobleza... Así que por eso me vine aquí, a un sitio alejado y oscuro para poder empaparme de la cultura. Este castillo, aquí donde lo ves, perteneció al conde de Tartaglia, un tirano feudal como cualquier otro. Incluso creo que tienen un museo sobre él en el pueblo, pero ya sabes, habladurías de gente de pueblo.

- Yo soy de pueblo.

- Lo que sea. El caso es que llevo aquí más de un mes y soy incapaz de escribir algo que no sea superficial, sin sentido...

- Creía que a estas alturas estarías acostumbrado.

-... y no sé porqué -prosiguió, ignorando mi comentario-. Paseo en solitario por un castillo lleno de ruidos que podrían ser cualquier cosa. Aquí hasta las mañanas son siniestras y todo iría genial si no fuera porque un maldito gato golpea mi ventana todas las noches y no me deja dormir.

- Bueno, basta -dije, levantándome del sillón mientras comenzaba a ponerme la bufanda y el abrigo.

- ¿Qué ocurre?

- Que ya he perdido bastante mi tiempo. Ya creo que eres el escritor más inepto que he visto nunca. Me atrevería decir que el más inepto de toda la historia. Si te molestaras un poco en mirar a tu alrededor verías que tu maldita historia se está escribiendo sola. Si hubieras perdido diez minutos de tu tiempo en entrar en el museo del pueblo hubieras visto decenas de testimonios de hace quinientos años que aseguraban que en el castillo en el que ahora vives se podía oír gritar a multitud de hombres, presos de un sufrimiento terrible. Dicen que todavía huele a sangre en los calabozos, aunque apuesto a que ni siquiera habrás bajado. ¡Hasta un puñetero gato toca a tu ventana! ¿Qué más quieres?

Salí de allí, entre frustrada y enfadada. Avancé por el camino y un gato negro saltó de una rama cercana y se quedó, inmóvil, tres metros por delante de mí. La nieve estaba a ambos lados del camino y Esteban hacía rato que había cerrado la puerta del castillo, enojado también.

El minino, de tamaño medio, me miraba con unos ojos negros, profundos. Con la sabiduría de alguien que ha vivido mucho. Parecía sonreir. Finalmente saltó del camino y se perdió entre el bosque. Yo me acerqué a mi coche, entré y salí de allí.

Meses después, acababa de vender mi cuadro de Noche en el Castillo de Tartaglia cuando recibí una llamada telefónica. La editorial había cerrado el contrato con Esteban Mayor y, por lo visto y todavía en el castillo, éste se había suicidado. Consternada, fui a beber un vaso de agua a la cocina. Cené y me acosté.

Me tumbé, mirando a la ventana.

Y allí estaban, inmóviles y pacientes, como si siempre hubieran estado allí, aquellos ojos negros y profundos, implorándome entrar desde el otro lado.

jueves, 8 de octubre de 2009

Payaso triste

Aquél día volvía a casa del colegio como cualquier otro. Con mis ocho infantiles años todo parecía nuevo. Con la seguridad que da la rutina, giré la esquina que me llevaba a mi portal. Y justo allí, en la puerta de mi edificio, había un payaso. Ya había visto muchos. En la tele, en el circo... Pero aquél era distinto.

Llevaba un disfraz de un color azul chillón y una gran pajarita morada brillante. La cara pintada de blanco y unos grandes labios gruesos de un rojo intenso estaban pintados sobre su cara en forma de una sonrisa. Una peluca roja y una nariz a juego. Estaba sentado, con las manos agarradas en las rodillas. A ratos tenía la mirada fija en el suelo. Otras veces se quedaba mirando el horizonte, como imaginándose lejos de allí. Lejos del mundo.

Pero no eran esos pequeños detalles lo que le diferenciaba especialmente del resto de payasos. Aquel payaso era el primero al que yo había visto llorar. Parte de su maquillaje estaba disuelto por las lágrimas, y la sonrisa dibujada quedaba macabra en contraste con la cara de tristeza de aquel hombre.

Por primera vez pareció darse cuenta de mi presencia. Se esforzó en sonreir, pero su intento terminó en una especie de balbuceo culminado por un sordo sollozo.

Titubeé, sin saber muy bien qué hacer. Con la inocencia que caracteriza la infancia, me acerqué.

-Hola -le saludé.

-Hola -contestó, de manera apenas audible.

-¿Por qué estás triste?

-¿Por qué crees que estoy triste?

-Estás llorando.

- Buena observación.

Se hizo un silencio incómodo, el primero que recuerdo en mi vida.

-Odio mi trabajo.

-¿No te gusta ser payaso?

-Antes sí. Lo adoraba. Las risas de los niños eran todo lo que necesitaba para saber que lo que hacía merecía la pena. ¿Pero sabes? No lo merece.

-A mí me gustan los payasos...

-Ahora sí, pero ¿Y cuando crezcas? ¿Te acordarás de mí? ¿De alguna actuación infantil? ¿Pensarás que te ha servido para algo? No lo creo.

-¿Por qué? -cada frase mía iba sumiendo al payaso en una depresión mayor, mientras yo veía que la conversación iba alcanzando una altura que con esa edad no tenía.

-Recuerdo mi primera actuación. Era el cumpleaños de un chico de cinco años, con melena rubia y unos preciosos ojos castaños. Aquél día fue el que más se río de todos los que actuaron, y me llevé un grato recuerdo y una foto de él encima de mí que siempre llevaba conmigo en todas las actuaciones. Pasaron los años y yo seguí, ilusionado con mi trabajo. Hasta que diez años después , dando un paseo por la noche encontré a un joven tirado en la acera. Se encontraba tumbado, únicamente con la cabeza apoyada en el bordillo. Los brazos abiertos, como esperando una explicación, y las piernas se encontraban en un ángulo que parecía imposible. Su jersey negro llevaba restos de lo que parecía su propio vómito, que se encontraba desperdigado en torno al cuerpo. Iba a seguir mi camino hasta que me fijé más en el chaval. Un chico con melena rubia y unos ojos inconfundibles. Me acerqué a él, le dije quién era, pero me apartó de su lado con un empentón, diciendo que le dejara en paz. Le mostré la foto y la hizo añicos. Me escupió y dijo que un payaso siempre era un payaso. Y encontes entendí que yo pertenezco a una parte de la vida que la gente cada vez más se esfuerza por dejar atrás y olvidar. Se avergüenza de haber pasado tiempo conmigo. A partir de ese día en cada niño veo un reflejo de aquél chico de melena rubia y ojos castaños, y en cada persona más mayor veo gente que pretende olvidar haberme conocido. Y me he cansado. La gente no merece tener una infancia. Y yo no quiero proporcionársela.

Hacía rato que yo ya estaba llorando, pero no aguanté más. Entré corriendo en el portal, desconsolado.

-¡No huyas de tu infancia! ¡No tengas miedo por crecer! ¡Pero sobre todo, hazte un favor a ti mismo y no destroces tu vida!

Hoy en día, recuerdo con cariño aquella anécdota. No porque creciera antes ni porque me aferrara más a la infancia. Tampoco supuso un punto de inflexión. Pero fue aquella conversación la que hizo que, hoy día, lleve más de treinta años dedicándome a algo que me hace tremendamente feliz. Soy payaso.

Obviamente me entristece que las personas olviden esa parte de su vida. O mejor dicho, que renieguen de ella y hagan como si no hubiera existido. Pero me gusta pensar que hay gente que puede recordar con cariño haber estado conmigo.

Y, por encima de todo, creo que todo el mundo tiene derecho a una infancia, por mucho que luego la desperdicie en la inútil carrera hacia el futuro, donde uno tiende a olvidar todo lo aprendido.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Sin musa

Como cuando no dices nada porque no queda nada que decir. Cuando se rajan poco a poco los retales de una red enorme. Cuando un pintor observa delante de sí un lienzo que se torna gris sin haber trazado siquiera una mísera pincelada. Cuando sobre el cielo no hay nubes que hagan plasmar en el suelo las irregulares gotas de lluvia. Cuando le echas sal a la tierra y tratas de sembrar luego. Cuando un deportista pierde las piernas o un alfarero se queda sin barro.

Una habitación vacía con paredes blancas esperando a ser amueblada, pero sin nadie para darle el calor de la vida. Una guitarra sin cantautor. Un telescopio sin estrellas. Como un vacío inexplicable que parte las palabras en dos hasta que pierdan forma.

Un cuento sin niño que anhele conocer el final. Como una línea en el espacio.

Una pluma sin tinta.

Un folio sin inspiración.

Un ataúd sin muerto.

Un todo sin nada.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Fallar

La calle estaba casi vacía, debido a la hora de la noche en la cual se encontraban. Ellos dos se miraban con la comprensión que da la confianza, con la confianza que da el afecto y con el afecto que da el amor. En el fondo era irrelevante que Él tuviera los ojos llorosos o que en el rostro de Ella se reflejara la contrariedad de querer ayudar y no saber cómo. Ninguno hablaba, bien porque no hiciera falta o bien porque estaba ya todo dicho.

Las farolas parecían los focos que iluminaban lo que sólo era un escenario, por el cual los dos actores iban avanzando. Cada uno representando su papel. Ella el de persona comprensiva pero impotente ante una situación que no debería producirse. Él frustrado ante la perspectiva de que daba igual lo que hiciera, daba igual lo mucho que se esforzase o que se prometiese a sí mismo una y otra vez que podía con aquello (o mejor dicho, que podía con él mismo).

Ambos deseaban sentir al otro cerca, pensar que aquél mal rato estaba sólo en sus cabezas. Dormir durante uno o dos días, con la esperanza de despertarse y darse cuenta de que había sido un sueño. Y sin embargo, caminaban a una distancia de seguridad, como si al tocarse fuera a producirse una descarga eléctrica. Y en el fondo así era.

Y como siempre, una sonrisa de Ella sacó de su ensoñación a Él. Sus ojos volvieron a cruzarse y de nuevo intercambiar palabras hubiera sido superfluo. Se dijeron todo, en el sentido más amplio, sencillo y sincero, sin que ningún sonido saliera de ninguna de sus bocas.

Al final se despidieron, cada uno con dirección a su hogar. Ella regresando inmerecidamente cabizbaja a su casa. Él, temeroso de creer que la estaba fallando. Que no se merecía su comportamiento y diciéndose a sí mismo, como siempre, que la próxima vez sería mejor. Le aterrorizaba pensar que la estaba perdiendo poco a poco, y trataba de atesorar en su memoria todas las sonrisas suyas que había podido contemplar.

Era muy probable que al día siguiente todo aquello le pareciera irrisorio o sin razón de ser y que volvieran los buenos momentos. Sin embargo seguiría pensando que no estaba respondiendo como se merecía a Ella.

No obstante, le consolaba pensar que, a su modo, los focos no se habían apagado todavía. Que quedaba mucho escenario por recorrer.

Y que los actores seguirían avanzando. Unas veces un poco separados. Casi siempre abrazados.

Pero siempre juntos.

sábado, 25 de julio de 2009

Velada

El salón únicamente estaba alumbrado por una lámpara, y hacía tiempo que, fuera, las farolas daban luz a la ciudad. Sentado en un cómodo sofá de cuero, observaba como mi compañero de velada daba vueltas alrededor de una habitación atestada de libros sobre estanterías. Algunos de esos libros tenían su nombre impreso en el lomo. Paseaba nervioso, como era costumbre en él, pese a que no parecía preocupado. Era bastante activo e incapaz de permanecer quieto y, las más ocasiones, callado.

Yo, en cambio, nunca he sido mucho de hablar. Sentado, allí, apuraba el cigarrillo que sostenía entre mis dedos y observaba, con desdén, cómo mi vaso de whisky comenzaba a terminarse. Mi amigo no tomaba nada, como era ya habitual en él. Observaba yo el techo, completamente absorto, sabiendo que tarde o temprano él acabaría por sacar conversación. Finalmente, mis predicciones dieron su fruto.

- ¿Sabes? Muchas veces me pregunto hasta qué punto nuestras formas de expresión son distintas. Quiero decir, eres un compositor de éxito, tus discos se venden bien, no así como la mayoría de mis libros, que en muchas ocasiones ni yo alcanzo a comprender. Siempre he entendido que eres un músico realmente capaz por lo que se dice, si bien yo no tenga realmente herramientas para saber hasta qué punto eso es cierto. No obstante, lo que expresas, me parece en muchas ocasiones frío, como si tus canciones no fueran del todo un reflejo de ti.

- Bueno, eso es muy relavito, ya lo sabes –contesté, apoyando el vaso en la mesa tras haberlo terminado del todo durante la exposición de mi interlocutor-. Siento lo que canto como una forma de mostrar cosas que veo o de cosas que me impresionan.

- Quizá yo sea más visceral en mi correspondiente arte. No negaré que hay canciones tuyas que realmente me llegan o emocionan, pero es con mis escritos, tanto cuando trabajo con ellos como cuando simplemente los releo, cuando realmente llego a sentir lo que estoy recibiendo.

- No entiendo.

Se levantó y fue hacia la ventana. Solía abrirla después de que alguien estuviera mucho tiempo fumando en su salón. Pareció que algo llamó su atención y pidió que me acercara a la ventana. Afuera, un grupo de jóvenes estaban pegándose.

- Se podría decir que mi forma de expresión se asemeja a eso que ves.

- Oh, por favor, no empieces. Esa gente va metida hasta el culo, no creo que puedas encontrar un ejemplo de algo que se te parezca menos.

- No negaré que odio a esa gente. Sabes de sobra que considero ese tipo de vida y actividades como una forma inútil de evadirse y un patético intento por dejar de pensar en lo asquerosa y vacía que es su vida. Conoces lo que siento cuando esos temas me tocan de cerca y pocas personas aprecian del mismo modo que tú, querido amigo, el vacío que siento en esos casos. Alguna vez he sentido deseos de hacer volar por los aires a ese tipo de personas y su falta total de apego y aprecio a la vida me dan ganas de vomitar. Tú mismo me dijiste en una ocasión que considerabas que no entendía porqué había personas que necesitaban en algún momento dejar de ser ellas mismas para pasárselo bien, y acertaste de pleno. Y, no obstante, en ejemplos como este, puedo entender porqué mi forma de expresión es mucho más visceral que la tuya.

- No lo entiendo. Dices que odias a esa gente pero que identificas tu forma de expresión con una reyerta entre borrachos.

- Bueno, todo tiene una explicación. ¿Ves a aquél chico en el suelo, sangrando? Ha caído, está hundido. Sin embargo –mientras hablaba, el chaval comenzó a levantarse-, es capaz de sobreponerse, ir hacia aquello a lo que odia y golpear –mientras hablaba, el muchacho comenzó a correr y empujó a otro, mucho más grande que él, al suelo. Una vez allí, comenzó a propinar puñetazos al chaval inmovilizado-. Del mismo modo que ese muchacho descarga su ira contra una cara, yo lo hago con un folio. Él no será del todo consciente de lo que pasa y sólo cuando lo que tenga delante sea una masa sanguinolenta que diste de ser una cara, será consciente de qué ha hecho. Lo mismo me pasa a mí, para mí las palabras no dejan de ser otro tipo de puñetazos. Mis textos son una forma alternativa al lloro, a la tristeza, a la melancolía. Precisamente por eso puedo llegar a identificar eso.

Estuvimos durante un rato en silencio, observando la reyerta. Hacía tiempo que la persona inmovilizada no se movía, pero la persona de encima seguía golpeando. Finalmente, mi amigo se giró y cogió la botella de whisky de la mesa y volvió hacia la ventana.

- ¿Vas a volver a beber?

- No. Sin embargo, aunque pueda reconocer en esa violencia mi forma de expresión, has acertado en una cosa. Una cosa crucial.

- ¿El qué?

- Que odio a esa gente.

Al terminar la frase, lanzó la botella, que impactó sonoramente en la cabeza del chico, que continuaba golpeando. El vidrio se hizo añicos, y el cuerpo cayó sonoramente al suelo. La cantidad de sangre que manaba y el tamaño de la brecha hacían pensar que ya estaba muerto. Yo estaba aterrado. El que hasta hace unos segundos estaba lanzando el proyectil cristalino por la ventana, se giró hacia mí.

- Quizá, para redondear esta velada, cabría decir que tú y yo somos partes de una misma persona, pero sería mentir. Pobre de aquél que tenga que albergar en su interior dos personalidades tan contrapuestas como la nuestra. También podríamos decir que necesitamos el uno del otro para coexistir, pero podríamos hacerlo, sólo que quizá seríamos distintos. En realidad, sólo hay una forma buena de terminar con esta noche.

- ¿Cuál? –contesté, perplejo.

- Yéndote. Tengo que escribir.