sábado, 16 de diciembre de 2017

[La Guerra] 18-07-2013



Para: Berto
Fecha: 18-07-2013

¡Qué pasa, muchacho! Este correo es para dejar por escrito las fechas que hablamos por teléfono para mi visita por tus lares (todavía no me ha llegado el móvil nuevo, así que no tengo whatsapp y tengo que recurrir a estos métodos del pleistoceno).

Llegaré al Levante el veinticinco y mi idea es quedarme seis días, que es lo que me han dado de vacaciones. ¿Quién estará por allí? A Didac y esta gente no la veo desde semana santa.

En fin, no te doy más la murga, que ya hablamos ayer.

Un abrazo,
Lucas

domingo, 10 de diciembre de 2017

[La Guerra] 15-07-2013

Para: Jorge
Fecha: 15-07-2013

¡Hola, Jorge! ¡Qué alegría saber de ti!

Menos mal que copiaste bien mi dirección de correo, mucha gente se lía con la barra baja. ¿Qué tal el verano? Ya solamente te queda un curso para terminar la carrera, tendrás ganas.

Yo estoy bien, creo, gracias por preguntar. Es curioso cómo los sentimientos van variando después de una ruptura. Al final de mi relación con Patricia me sentía ahogado, con la terrible incertidumbre que genera el no saber qué va a ocurrir y la desoladora impotencia del que observa cómo el amor se va muriendo poco a poco. Cuando finalmente se hizo oficial lo inevitable, me sentí aliviado y feliz. De nuevo volvía a saber qué me deparaba el futuro y, pese a saber que lo que tenía por delante era duro, no me asustaba. Había un ligero dolor constante, como un ruido de fondo al que crees que poco a poco vas a acostumbrarte y que puedes ignorar fácilmente.

Ahora, cuando hace ya tres semanas de mi indeseada soltería, esa triste música se ha agarrado a mi alma y torna de un tono negro todas las alegrías que me quedan, como un regusto amargo en un plato por lo demás delicioso. Miles de vivencias pasadas vuelven a mí, mostrándome ecos de lo que una vez fue el centro de mi plenitud. Y recuerdo las cosas que nunca le dije y aquellas que nunca debí decirle. Y pienso si algo podría haber cambiado si hubiera actuado de otra manera. Y, en caso de haberlo hecho, ¿me estaría traicionando a mí mismo? No deja de sorprenderme cómo se puede pasar tan fácilmente de ansiar la seguridad de saber qué es lo que va a ocurrir a añorar esa ambigüedad donde al menos había sitio para una ilusión absurda.

Sé que todos estos sentimientos son normales, pero me convierten en un ser apático, lejos del Lucas que conociste una vez. Lo peor son las mañanas, especialmente cuando sueño con Patricia, y Morfeo me miente mostrándome como real una felicidad pasada. ¿Por qué nuestro cerebro es tan cruel, Jorge?

La buena noticia es que en septiembre me voy a Madrid, a estudiar el máster de guion. Por fin me podré dedicar en cuerpo y alma a lo que me gusta y estar lejos de Zaragoza donde me asaltan tantos recuerdos, ahora tristes. Si el amor no me da cancha, que al menos pueda completarme con esta actividad literaria que tanto nos apasiona a ambos. Mis padres siguen insistiendo en que haga el máster de secundaria, pero tú y yo sabemos que son unos saca cuartos de cuidado y unos vende motos. Espero que mi carrera como escritor sea tan fructífera que no tenga que volver sobre mis pasos.

He hablado con el dueño del Balmoral, para decirle que dejaré de trabajar allí en agosto (¿te había dicho que estaba allí de camarero?). Es interesante lo que puede uno aprender estando en un bar detrás de la barra. Da cierta perspectiva el saber que en este país todo el mundo tiene clara cuál es la solución a los problemas y ninguna coincide.

Espero que nos veamos antes de que me vaya, y si no estás invitadísimo a Madrid. Iré a vivir con Elvira, mi compañera de carrera, que va a hacer un máster enfocado a hacer el doctorado. Imagino que tirará por la vía académica y hará el doctorado, porque con el expediente que tiene se la rifarán en cualquier sitio.

Vamos hablando. Y si necesitas cualquier apunte de las asignaturas del curso, me dices.

Un abrazo,

Lucas 

lunes, 27 de noviembre de 2017

En esa pequeña sala




El médico se lavaba las manos en la sala anexa a donde había sido la operación. Mientras el agua caía sobre sus dedos, revivía el momento en el que el paciente perdía el pulso. Su intento desesperado por hacer que saliera adelante, de arreglar todos los problemas que surgían. Primero un fallo hepático. Luego dificultad respiratoria y, finalmente, el corazón.

El mortal silencio de la sala estaba acompañado por el solemne pitido ininterrumpido de la máquina que controlaba sus constantes vitales. Su única obligación era ya oficializar la hora de la defunción.

Pequeñas gotas de sangre ajena caían sobre el fregadero mientras rememoraba los últimos instantes de la vida de aquella persona. No era la primera vez que le ocurría, y aunque sabía que haciendo lo que hacía podía volver a ocurrir, siempre deseaba que fuera la última. Tras secarse las manos, se lavó la cara y observó su húmedo rostro en el espejo del pequeño lavabo.

Repasaba mentalmente toda la operación, tratando de encontrar algún fallo que hubiera podido provocar todo aquello. Sin embargo, sabía que no se podía haber hecho más. Si volviera atrás, no cambiaría ninguna de las decisiones ni lo haría de otra forma. El paciente no se había cuidado durante el final de su vida y eso había generado esas complicaciones.

Sabía que algunas cosas simplemente no podían salir, aunque eso no apagaba ese nudo en el estómago que se le formaba siempre que perdía a alguien en la mesa. Esa impotencia y esa pena por el esfuerzo empleado en tratar de que viva lo que está condenado a morir. Nunca era la misma sensación con dos pacientes, pero siempre resultaba agotadora.

De vuelta a casa, en su refugio, con su familia, las penas se difuminaban y volvía a la normalidad. Pero en esa pequeña sala en la que desteñía de rojo sus manos y se refrescaba, volvía a vivir la intervención, buscando un error que sabía que no estaba allí.

lunes, 20 de enero de 2014

Lourdes

Querida Lourdes:


Han pasado ya más de cinco años desde nuestro último encuentro. No creas que hay un motivo especial por el cual escribo esta carta. O al menos ninguno que tenga que ver contigo. Lo más probable es que no llegues a leer esto nunca.

¿Recuerdas aquél día que pasamos juntos? Fue en el verano de 2008 (no recuerdo el mes). Ya no guardo apenas detalles, pero el paso del tiempo ha hecho que lo recuerde con especial cariño. Ha llovido mucho desde entonces. Ahora tú estás casada y yo divorciado.

No sé muy bien qué contarte, la verdad. La relación que mantuvimos fue muy rara. O al menos a mí siempre me lo pareció. Pero el caso es que, siempre que de un modo u otro apareces en mi vida o te recuerdo, se me hincha la vena poética y algo acaba salpicando.

No me malinterpretes, no pretendo declararme en modo alguno. Nunca sentí eso hacia ti, y tengo bastante claro que fue recíproco. Pero tampoco me pareció nunca una simple amistad más. Iba y venía, pero siempre fue especial. Al menos para mí. Tampoco te reprocharía que para ti no significara nada diferente, y creo que no importa.

No sé cómo te habrá tratado la vida desde que perdimos el contacto. A lo mejor ya no queda nada de la Lourdes que conocí y esta carta acaba en el olvido. Es bastante probable. Aunque, siendo honestos, nunca sentí que te conociera realmente. Quizá eso permitió que lo nuestro pudiera ser especial.

El Fernando que conocías murió y fue olvidado hace mucho tiempo. No pasó a uno peor, pero sí a uno distinto. De hecho, ni siquiera lo añoraba. Muchas cosas han pasado estos años, pero esto es como no decir nada. Ha entrado y salido mucha gente de mi vida, pero tampoco conoces a los actores. El divorcio no fue fácil, pero ahora estoy bien.

Siento que he cambiado mucho desde aquella tarde que compartimos. Un poco más bruto, más viejo, con menos paciencia y con peor humor. He aprendido un poco y he olvidado mucho. Ya no paseo por la playa.

Recuerdo que antes me importaban más las pequeñas cosas. Ojalá pudiera volver a ser ese Fernando.

Tal vez el motivo de esta carta es que aquella tarde que pasamos juntos representa todas aquellas facetas mías que se han ido y que echo de menos. No creo que nunca vuelva a ser el que era y no hay nada que le pueda hacer.

Espero que a ti el tiempo te haya tratado mejor.

Un abrazo,
Fernando


P.S: Hace pocos días encontré la pluma que me regalaste. Ya no huele a ti.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Terapia

-Bueno Miguel, cuéntame, ¿Qué tal estás?

La consulta del doctor Avellaneda estaba igual que siempre. Yo, tumbado en el diván, podía ver una estantería de aspecto austero repleta de libros y el resto de la pared cubierta estratégicamente con sus diplomas, de manera que pareciera que éstos la cubrían por completo.

-Bien, bien. Realmente bien. Ese es el problema.

-Cuénteme.

-Supongo que recordará lo que me propuso hace unos meses, en una de mis primeras consultas. Yo atravesaba una época dura y confusa de mi vida y usted me propuso que escribiera. No importaba el qué o el cómo, simplemente que tratara de plasmar lo que sentía.

-Recuerdo- le interrumpió- que me dijo que eso le fue de ayuda.

-Ya lo creo. Ver mis agobios reflejados en algo externo a mí me ayudo a reflexionar sobre ello. De hecho, llegó el punto en el que no era capaz de pensar con claridad un problema hasta que no lo exponía delante de mí. Eso lo encrudecía y a la vez lo relativizaba. Fue una buena medida, ya lo creo.

-Entonces, ¿Cuál es el problema que mencionabas?

-Que me enamoré de ello. Realmente escribir me hizo tremendamente feliz y disfrutaba cada segundo que invertía en ello. Lo paradójico del asunto es que yo sólo sabía escribir cuando estaba triste. Me ayudó a salir de muchos problemas. Y ahora que no tengo nada que me preocupe, cuando soy realmente feliz, no sé qué escribir.

-Entonces, según dice, no escribir le supone un agobio, un problema.

-Así es.

-¿Y porqué no pruebas, simplemente, a plasmar esa frustración?

-Vamos doctor, no es tan sencillo. No me puedo engañar a mí mismo con algo tan infantil. De ahí no puedo sacar nada de nada. Me temo que el único consuelo que me queda es releerme, para recordar con nostalgia cuán infeliz era anteriormente. Deleitarme con la angustia que me embargaba y envidiarme por lo desdichado que era. Recordar cada ruptura, cada fracaso con añoranza. Eso o esperar con anhelo una desgracia en un futuro próximo. Qué extraña y dura es la vida del que sólo sabe expresarse cuando está hundido, pues ha de elegir entre morir él o que muera su musa.

Los dos callamos. Avellaneda apuntaba con su pluma unas notas en su cuaderno. Se quitó las gafas para mirarme. En ese momento hubiera dado lo que fuera por saber qué pasaba por su cabeza. Indudablemente en su profesión habrá conocido gente de muy diversa índole pero, ¿Alguien que le angustiara ser feliz? Dada mi reticencia a sentirme especial, supuse que sí.

Cuando el doctor prosiguió hablando, cambió el rumbo de la conversación. Me preguntó por mi vida y yo le contesté, obediente. Me propuso otras actividades, aunque no presté demasiada atención a lo que me decía, pues me sentía con la superioridad del que se cree incurable.

Me despedí de Avellaneda y salí del despacho. Su secretaria, sentada en una mesa al lado de la salida, me preguntó por una próxima cita, y me excusé diciendo que tenía una temporada algo ajetreada y que sería yo el que llamaría para concertarla. De vuelta a casa me senté en mi despacho y garabateé algunas líneas, que en absoluto me convencieron. Parte de lo que escribí, fue lo siguiente:

“No obstante, reflexioné sobre mis sentimientos. ¿Era no escribir lo que me angustiaba o era no estar angustiado? Quizá no sólo había aprendido a escribir solamente estando triste sino a ser. Era esa necesidad de infelicidad lo que me proporcionaba esa pequeña dosis de preocupación que me permitía seguir con mi vida.

Aunque pensándolo bien, ¿Quién está preparado para ser completamente feliz? Yo diría que nadie y todos. A fin de cuentas, la vida no es más que un largo camino hacia la felicidad. Si uno la consigue, ¿Qué le queda por recorrer? Tal vez mantenerse, no lo sé.

Salí de la ducha y la llamé. Su voz me tranquilizó.”

Arrugué el papel y lo arrojé a la papelera. Rememoré con qué insultante fluidez brotaban de mi mente en el pasado sentimientos, paisajes, conversaciones, ideas… Me senté frente a un nuevo folio y lo miré, como quien estudia a un enemigo con el que se va a batir. Ya lo doblegué una vez, ¿Podría intentar volver a hacerlo?

Tal vez ya no me quedara realmente nada que decir. Tal vez uno no se quita nunca los malos hábitos que asimila cuando aprende algo nuevo.

Lloré sobre mi escritorio. Maldije a Avellaneda. Maldije al folio. Me maldije a mí mismo, por querer ser feliz e infeliz al mismo tiempo. Pero de poco o nada sirve.

Van pasando los meses y sigo sin haber escrito nada más que esas pobres líneas de las que ya me deshice.

Y rezo a Dios todos los días para que nunca me falten alegrías ni tristezas, pues conforme el tiempo avanza menos distingo unas de otras.