miércoles, 22 de abril de 2009

Color

“El genial pintor Pedro Villalobos ha sido ingresado hoy, doce de julio, en el hospital de Buena Esperanza. Su estado es crítico y los médicos desconocen si logrará superar su enfermedad. El que es uno de los artistas más influyentes de este siglo se encuentra en su habitación, acompañado por sus familiares y amigos, que se hallan apoyándole en estos difíciles momentos que…”

Asqueado, arrojé el periódico a la papelera. Frente a aquella puerta transparente, podía observar con claridad cómo gente con bata pasaba apresurada frente a mí. Cuando me disponía a entrar oí a lo lejos el ruido de sirenas atravesando con prisa la ciudad. El lugar era tan sumamente deprimente como cabía esperar. Gente ya sin vida en los ojos caminaban como zombis, dando lo que quizá fueran sus últimos pasos. Allá donde miraba sólo podía ver decadencia y escayola, depresión y muletas, enfermedad y estetoscopios. Preguntó en recepción por la habitación de mi padre y me encaminé hacia allí.

Planta cuarta. Oncología. Habitación cuatrocientos veintiocho.

Allí el ambiente todavía era más opresivo. Allí la muerte había decidido ir de vacaciones y consideró oportuno quedarse a vivir. Avancé despacio, lentamente. Era como si todo lo que me rodeaba me hubiera contagiado de tristeza y de una quietud de ultratumba. Finalmente llegué. Habitación cuatrocientos veintiocho. La habitación de Pedro Villalobos.

Abrí la puerta y observé la habitación. De frente se observaba una gran ventana tras unas ligeras cortinas blancas que dejaban pasar la luz. A la izquierda, a lo alto y pegada a la pared, una televisión, encarada hacia una cama, que se encontraba a la izquierda, pegada a la pared opuesta. Al lado de la cama, una mesilla con una lámpara.

Toda la habitación desprendía la típica monotonía de la clínica. Todo, a excepción de un caballete que soportaba un lienzo que daba a la cabecera de la cama. Sobre la mesilla, una paleta cuyos colores se habían secado ya.

Al acercarme un poco más a la cama, pude observar que el lienzo estaba completamente pintado de negro. Giré a la derecha para situarme cerca de su cabeza. Entonces abrió los ojos por vez primera desde que yo entrara. Estaban completamente oscuros, casi apagados. Me miró, mientras suspiraba.

- No pensaba que fueras a venir –su voz sonaba completamente ronca, como si fuera un fantasma el que hablara más que un ser humano.
- No creo que merezcas morir solo.
- No entiendo el porqué. Nadie me ha importado desde hace demasiado tiempo –cada palabra le costaba mucho rato, como si pensara cada fonema antes de decirlo. A ratos, parecía que se atragantaba con su propio aire-. No te presté la atención que merecías y me dejé arrastrar por mi propia desidia.
- Ya vale papá, no hagas esto más difícil.
- Papá… se me hace raro oír eso.

Aparté la vista y miré el mobiliario, aparentando que me interesaba. Recorrí la estancia despacio y dejé mi chaqueta sobre el respaldo de una silla. Me senté y miré a mi padre. Había vuelto a cerrar los ojos y decidí observa la ventana. Los jardines del hospital estaban llenos de personas en sillas de ruedas empujadas por enfermeras. Las puertas albergaban a gran cantidad de residentes que aprovechaban el exterior para poder fumar algún pitillo. Un pájaro se posó sobre el alféizar de una habitación vecina.

- ¿Cómo está tu madre?

Me giré, sobresaltado. Viéndole ahí, tumbado, me parecía increíble que se tratara de la misma persona de hace unos años.

- Bueno, va tirando. Está de viaje con Luis durante una semana. Se han llevado a Sarita.
- Me alegro de que sea feliz – su afirmación se notaba sincera, aunque no hubo ningún cambio en el tono de su voz.
- ¿Y este cuadro? –dije, abruptamente. Nunca se me dio bien cambiar de tema.
- Supongo que es la culminación de mi vida.
- ¿No querrás decir obra?
- ¿Qué diferencia hay?

Me di por vencido y decidí ir al baño a mear. Al salir mi padre seguía ahí, donde cabía esperar. Su vida se iba agotando y nada parecía advertirlo.

- ¿Y este cuadro representa algo? –él pareció sonreír.
- Llevo tanto tiempo pintando que siempre veo mis cuadros como gritos desesperados exponiendo claramente lo que quiero o necesito expresar… Aunque no creo que hayas visto muchos de mis cuadros.
- De niño odiaba cuando me echabas de tu estudio, ya lo sabes. Nunca he prestado mucha atención a tu obra.
- ¿Puedes hacerme un favor? Acércame un libro con la tapa naranja… está en la maleta, dentro del armario…

Mientras todavía me acongojaba lo apagado de su voz, me acerqué hacia donde me había indicado. En el interior encontré una maleta grande, sin ruedas y de color verde. Rebuscando en su interior hallé el volumen del que me hablaba mi progenitor. Se trataba de un tratado sobre artistas contemporáneos. Me acerqué a la cama y se lo ofrecí a mi padre, el cual negó con la cabeza.

- Ábrelo por la página ciento sesenta y cinco -a mitad de aquella página había una foto de mi padre. En aquella imagen tendría unos veinte años-. Por favor, léeme lo que pone…
- “Pedro Villalobos –recité-, es uno de los pintores que más han influido en las generaciones que ahora comienzan en el mundo del arte pictórico. Muchos y diversos han sido los temas de sus obras, aunque con un claro cambio, sobre todo en esta, su última etapa. Recordemos que mientras en sus inicios (Pasión, Verde, Amanecer en Alcorisa…) sus obras estaban llenas de color y de personas alegres, sus últimas obras (Olvido, Soledad, Llanto, Impotencia) transmiten una gran desazón. Ignorando esto, la temática ha sido de lo más variada. Desde el tema íntimo y personal hasta paisajes, pasando por temas de índole espiritual e incluso político. “

Un suspiro muy profundo por parte de él hizo que detuviera la lectura. Cerré el libro y me acerqué para comprobar su estado de salud.

- No te preocupes, aún sigo aquí.

Se produjo en ese instante un largo y tenso silencio, como si el peso de lo trascendental se cerniera sobre nosotros, cuando en realidad no éramos más que los protagonistas de una historia cualquiera.

- ¿Por qué ese cambio en tus cuadros? ¿Qué pasó? Quiero decir, incluso recuerdo que antes no había quien te quitara la sonrisa de la cara, y de repente te transformaste en una mueca de lo que fuiste.
- Bueno, coincidieron muchas cosas. Tu madre me dejó, y lo que en su día eran dos personas abrazadas en la playa al atardecer se transformaron en un hombre de espaldas abrazando a una mujer con caras deformadas por la tristeza. Lo que eran esplendorosos recorridos, montañas altas y frondosos árboles se transformaron en un desierto de arena negra. Perdí la fe en el ser humano y lo que era gente defendiendo con firmeza sus opiniones se cambió por imágenes de muerte y guerras. Al final no pude ver nada de bueno en la vida y terminé por pintar el cuadro que ves aquí. Cuando echo la vista atrás y observo mis pinturas anteriores no puedo más que sobrecogerme al poder ver con tal nitidez lo feliz que era y lo desdichado que me siento. Mi tiempo se termina y me iré con mi alma impregnada de ébano. Pensaba que solo, pero tampoco eso cambia mucho.
- Mira papá –dije tras digerir lo que aquél pobre desdichado que era mi padre me acababa de contar-, puedes pensar lo que quieras. Lo has pasado mal en esta vida, eso no te lo va a quitar nadie. Has amado y has perdido. Has creído y te defraudaron. Has creado esperanzas en cosas que te han fallado. Nadie podrá decirte que hayas tenido fácil nada. Pero has creído, has amado y esperabas algo de la vida. Y si no hubieras estado tan sumamente cegado por tu dolor, quizá hubieras podido tener la presencia de ánimo como para intentar ser feliz. Elegiste el camino de la autocompasión, bueno, es tu elección. Pero yo todavía quiero creer que hay algo de bueno en la vida.

En el instante de acabar me arrepentí en parte de lo dicho. No dejaba de ser un moribundo y le estaba dando lecciones de cómo vivir y sufrir.

- Mira papá, lo siento…
- Tienes razón –su voz sonaba muy débil, incluso para su estado. Cuando me incorporé para verle mejor, pude observar que una pequeña lágrima resbalaba por su mejilla-. No quiero irme así, quiero creer en algo… -apenas podía respirar ya. Tragando con esfuerzo trató de incorporarse pero calló sobre la almohada-. Hazme un favor… tráeme un pequeño bote de color blanco… está en la misma maleta que antes… Ah… y trae también un pequeño pincel…

No entendí el porqué de aquello, pero obedecí, no obstante.

- Ahora, moja el pincel en la pintura.
- Papá, sabes que nunca tuve mano para el dibujo o la pintura.
- No quiero que tú pintes, esto es algo que debo hacer yo. Ponme el pincel en la mano, por favor –lo hice, con mi mano temblando-. Gracias…
Su voz sonaba todavía más débil. Me giré hacia el caballete. Seguía completamente negro.
- Papá, ¿Te acerco el caballete? –no hubo respuesta. Las máquinas comenzaron a pitar ensordecedoramente. Dos enfermeras entraron corriendo tras un doctor, que no pudo hacer nada más que confirmar la muerte. Ni siquiera me moví del sitio donde me encontraba. Lo más curioso de todo era que no me sorprendió su partida en ese preciso momento.

Y prometo por encima de todo aquello que aprecio que, tras el funeral, al colocar el cuadro en mi pequeño despacho, un pequeño punto blanco sobresalía por encima del negro dominante, justo en el centro del lienzo. Y abajo del todo, a la derecha, un pequeño garabato. La inconfundible firma de mi padre, a fecha del doce de julio de 2009.

viernes, 10 de abril de 2009

Poesía

Aquel día amaneció como todos los anteriores. El Sol, perezoso, salió por el Este, poco a poco, inundando de luz las ventanas de su cuarto. Una habitación cualquiera, como lo puede ser la tuya o la mía. Pero no era mía ni tuya, era suya. Él, poeta de profesión (por decir algo), se desperezó, encontrándose en ese estado de consciencia en el que uno es capaz de interactuar con mayor o menor fortuna con el medio, pero que luego no se sabe a ciencia cierta si esa interacción tuvo o no lugar.

Quitándose las legañas y en calzoncillos, se levantó de una forma para nada estética, estando a punto de tropezarse y caer con sus propias zapatillas de felpa. Se encaminó hacia el baño con andar algo torpe y sin el menor atisbo de lucidez, rascándose la cabeza. Una vez en el lavabo se encontró de golpe con su propia cara, reflejada en el espejo. Bostezó sonoramente a su imagen y empezó con la rutinaria tarea que era su higiene personal.

Al rato, sentado en la cocina, en bata y con la taza de café en la mano, se dispuso a leer el diario. Encontró en la sección de cultura y arte una breve mención a uno de sus poemas, lo cual lo alegró. Sintiéndose inspirado por esta aparición, se dirigió de esa guisa hacia su despacho, donde comenzó a escribir algo. Sentado en su sillón de cuero marrón y con la pluma ya en la mano, trató de rebuscar entre las vagas y somnolientas neuronas que dan lugar a la musa.

Del fondo de su alma salían las palabras que iban dando lugar a uno de los poemas que más lo estaban emocionando. De pronto, la sombra de la duda hizo acto de presencia en él al observar una de las palaras del poema. Algo contrariado, extrajo de entre los libros de la estanteria un pequeño volumen del mismo color y material que su sofá. Pasó con cuidado las páginas, rememorando pese al miedo el gozo que sintió durante la lectura de aquél ejemplar. A fin, detuvo su búsqueda. Allí, sobre el papel, se encontraban escritos, palabra por palabra, los versos que él había creído crear a partir de la nada.

Dejó el tomo en su sitio y se sentó, sin que sus ánimos mermaran. Arrojó el papel donde había estado escribiendo y extrajo uno nuevo. Se lanzó con renovadas energías en la tan necesaria activida de expresar lo que se siente. La naturaleza con la que los versos, nuevamente, encajaban uno con el otro encogía su estómago.

De nuevo, asombrado, creyó ver reflejado en una palabra algo que le resultaba familiar. Rebuscando entre las estanterías, halló el mismo poema exacto que se encontraba escribiendo. Durante toda la mañana esa misma escena se repitió una y otra vez.

Abatido, telefoneó a un colega suyo.

- No te vas a creer lo que me ha pasado...

- ¿Al ir a escribir has redactado algo que era de otro autor?

- ¿Cómo coño lo has sabido?

- He estado hablando con varios compañeros y nos ha pasado a todos lo mismo.

- ¿Por qué ocurre?

- Ese es el menor de nuestros problemas.

- ¿Qué quieres decir?

- Que ahora ya no se crearán más versos, ni más rimas ni nuevas sensaciones. No podremos expresar lo que sentimos. Estamos obligados a repetir y rememorar sueños de otros.

- ¿Entonces...?

- Entonces, querido amigo, vivimos en un mundo sin poesía.

domingo, 29 de marzo de 2009

Eternidad

Veintitrés años eran muchos. Más de la mitad de su vida compartida con la misma persona. Vio como gradualmente la pasión se convirtió en amor, el amor en cariño, el cariño en hastío y el hastío en la nada. Discusiones que se tornaban cada vez más frecuentes, cada vez más violentas. Se echaron miles de verdades y cientos de mentiras a la cara. Lo que una vez fueron románticas promesas acerca de algo que durara siempre se tornó en odio, indiferencia y cansancio.

Terminó todo, en cuerpo, alma y documentos. Él, triste y solo de nuevo, comenzó a divagar, a caminar sin rumbo conocido. Se mudó a otra casa, lejos de la antigua. Lejos de su anterior vida. Su rutina se redujo ahora a caminar taciturno desde el trabajo hasta su casa, donde entre pantallas que no le consolaban, se preguntaba qué le motivaba a levantarse de las mañanas obviando esa poderosa sensación de fuerza inercial que es el tener algún tipo de quehacer.

Una noche, cansado de estar triste, decidió salir. Algo más animado que los días anteriores, recorrió las calles y decidió entrar en el primer bar que le apeteciera. Al cabo del rato, encontró uno apropiado, y se encaminó hacia la entrada. El ambiente estaba oscuro, iluminado parcialmente por algunas bombillas rojas. Se acercó a la barra, pidió algo de beber y se sentó, mirando al espejo que había detras de las botellas. El reflejo le devolvió los ojos más profundos que había visto nunca. Le estaban mirando, con una mezcla de insinuación y curiosidad.

Él, nervioso y torpe, trató de coger su vaso con firmeza y confianza, pero éste resbaló y cayó al suelo. Vio como aquellos ojos sonreían con dulzura, mientras él trataba de recoger los cristales que se encontraban esparcidos por el suelo. Mientras se encontraba inmerso en la tera, observó como unas finas manos le ayudaban.

Al alzar la vista, se encontró de nuevo con aquellos iris que le habían devuelto la inseguridad de la juventud. Una mirada, una sola y única mirada, bastó para decirse todo. Ella vio miedo y soledad. Él, promesas de un futuro algo más colorido.

El resto de la noche lo pasaron hablando el uno con el otro, contándose todo lo que ya sabían gracias a ese intercambio de miradas. Una vez el bar cerró, pasaron largo rato paseando por las calles desiertas. En algún punto, uno de los dos cogió al otro de la mano, y así continuaron hasta que él, inseguro, le propuso ir a su apartamento. Ella accedió, sonriendo ante la inseguridad de aquél pobre hombre asustado.

Subir y besarse fue prácticamente una sola acción, mientras se despojaban con pasión de su ropa. El sudor de sus cuerpos desnudos devolvió calor al corazón de aquél desdichado. Durante unos breves lapsos de tiempo volvió a paladear el amar y ser amado. Posteriormente a esto, muchas personas opinaron que simplemente era sexo, ganas de pasar el rato. Pero lo que ella y él vivieron durante esa noche fue real e intenso. Se quisieron todo lo que alguien puede querer.

A la mañana siguiente, ella se topó en su cama con algo sin vida. Él había muerto durante la noche. Silenciosa y discreta fue su partida. Ella ni siquiera sabía su nombre, porque no era algo realmente importante. Llamó a la ambulancia pero al llegar sólo pudieron confirmarlo.

Durante el funeral, su afligida ex-mujer habló sobre él, sobre su vida y sobre su personalidad. Habló sobre el corto lapso de tiempo que él había vivido solo, sin nadie. Lloraba, desconsolada. Y su dolor no era falso, al contrario. Sentía con toda su alma la pérdida de aquél hombre. Todos los que estuvieron, pensaban que ella había sido la mujer de ese hombre, que la había amado para siempre. En realidad eran conscientes de que al final, ninguno de los dos sentía nada por el otro. Pero creían que era lo más próximo al amor eterno que esa persona había experimentado.

Desconocían la historia de aquella mujer. La mayoría no le habría dado importancia. Todos desconocían que, con su muerte, aquél hombre había concedido el don de lo eterno a aquella extraña. Lo que sintió a su muerte fue real, una sensación poderosa que mitigó el dolor que sentía. Fue feliz con una persona, la amó de forma sincera. Murió amándola.

Nadie podrá saber nunca qué habría pasado de no haber muerto. Podría haber durado meses, años. Podrían haberse separado a la mañana siguiente para no volver a verse nunca.

Pero ahora, sólo hay una cosa cierta.

Lo que sintió, durará para siempre.

domingo, 22 de marzo de 2009

Infancia

Quizá la gran cantidad de cambios que ha sufrido mi vida de un tiempo a esta parte no se entienda sin una explicación previa de todo lo que mi humilde y joven cuerpo ha tenido que experimentar. Siempre recuerdo en mi cara una ingenua sonrisa en mi más tierna infancia. Todos los días eran sinónimo de esperar algo, ya sea bueno o malo. Los lunes y miércoles, significaban entrenamiento. Terminar sudando a chorros después de estar corriendo detrás de un balón agotaba mis ilimitadas cantidades de energía. Esa sensación de poder correr miles y miles de kilómetros sin cansarte, como si una fuerza arrebatadora te subiera por el estómago y te hiciera poderoso y omnipotente.

Los martes y los jueves natación. No me entusiasmaba, pero hacía felices a mis padres. Un gran charco donde poder refrescarme, donde aprender a sobrevivir en un medio que no era el mío.

Me sentía bien al terminar cualquiera de las dos actividades. Allí, sudando, de vuelta a casa en el coche, con la merienda en la boca, mirando por la ventanilla. Llegar a casa, ducharme y disfrutar de lo que quedaba de tarde con cualquier tipo de actividad.

Los viernes significaba pasar la tarde en casa, jugando. Significaba bajar al parque de abajo de mi casa con mi mejor amigo y correr por correr. Carreras infinitas sin un fin concreto más allá del cansarse en la mejor compañía posible.

Los sábados partido. Ninguno de nosotros sabíamos muy bien qué hacíamos, pero seguíamos corriendo detras de aquella esfera de cuero gastado. Nadie estaba en su sitio, nadie hacía lo que técnicamente debía de hacer. Y no recuerdo mejores partidos que aquellos.

El domingo por la mañana significaba simular que mi cama era un barco pirata junto a mi padre. Quizá leer un cuento antes de comer. La tarde del domingo signifnicaba descansar y bajar al parque. Ir a casa de mi amigo. Que él viniera a la mía.

Recuerdo una pelota rodando veloz sobre las baldosas blancas que había en aquel parque sin vegetación. Veo las caras de mis compañeros de clase de entonces, muchas de las cuales he seguido viendo durante gran parte de mi existencia. Siento como si hubiera vivido ayer la emoción del viernes por la noche, tumbado en la cama y aguardando con ansia que llegara el día siguiente para poder ver a mis amigos durante el partido.

¿En qué punto se acabó todo aquello? ¿Cuándo se acabó esa energía inmensa? Detecto cada vez con más frecuencia que todas esas ansias por vivir la vida se me van pasando con lo años. Sustituyo con preocupante facilidad la supervivencia por los momentos presentes. Mi ilusión ha sido pisoteada por mí mismo y no tengo a nada ni a nadie que me espere con ganas para nada.

La pureza de la felicidad por la felicidad se ha disipado en un mar de preocupaciones absurdas. Amor, estudios, amistades, clases, coherencia... Lo que antes despertaba mi curiosidad, mis ansias por aprender y mis ganas de mejorar son considerados lastres para poder llegar a estar bien conmigo mismo.

Mi vitalidad se ha marchitado.

A menudo me pregunto a mí mismo qué ha pasado con ese pequeñajo de mirada asustadiza, con melena negra y ojos brillantes que solía pulular por mi casa con andar algo torpe, mirando todo con curiosidad.

Me pregunto dónde fueron a parar todos esos partidos de los sábados. No comprendo por qué he perdido las ganas de cansarme porque sí. Quisiera saber qué ha sido del parque.

Me pregunto quién hundió mi barco pirata de los domingos.

martes, 17 de marzo de 2009

Estrellas

El autobús avanza entre la selva de asfalto. Se balancea mínimamente y su movimiento patizambo produce modorra y tranquilidad a partes iguales. El Sol entra por la ventanilla contraria de donde yo me encuentro, de modo que mi cara se encuentra por fortuna lejos de sus rayos, aunque mi cuerpo no está lo suficientemente cerca como para sentir esa sensación de arropamiento que uno siente en sus mejores momentos. Estoy solo y casi todos los asientos se encuentran vacíos. Repantingado en mi asiento, observo pasar el tiempo lentamente, aunque yo no tengo prisa.

La música relaja mi mente poco a poco, y el calor y una voz tranquila me suman en un sopor que se niega a ser sueño. Veo mi vida ahora como si fuera en tercera persona. Mis problemas, mis alegrías y mis aspiraciones son sólo una visión borrosa que se difumina entre el remanso de paz en el que me hallo.

Tras la ventanilla veo el mismo paisaje calcado una y otra vez. Es la versión moderna de contar ovejitas. Observar como el mismo árbol se repite de forma secuencial a lo largo de un recorrido que estéticamente es siempre igual. Algún monte a lo lejos. Campos arados. Casas medio en ruinas. Campanarios. Señales. Humo.

La luz se apaga paulatinamente conforme el día se consume. El cielo se oscurece y parece que en él alguien enciende miles de pequeñas bombillas. Mis compañeros de viaje están demasiado inmersos en alguna conversación, en una sopa de letras o en la búsqueda del cartel que revele la cantidad de kilómetros que quedan para el regreso. Mis ojos, en cambio, no pueden apartar la vista del firmamento estrellado. Un momento para mí de parte de mí mismo. Mis sueños, tímido reflejo de lo que observo, parecen brillar con tierna dulzura entre la oscuridad.

Veo ahora todo con más tranquilidad. He cometido los suficientes errores en mi vida como para saber cuando estoy delante de uno. He disfrutado tanto que soy consciente en seguida de cuando un momento es, ha sido o será motivo de dicha. Sufrir se torna en ocasiones cotidiano. Pero es aquí, en mitad de la nada, tumbado y respirando aliviado, con la única preocupación de cuándo aparecerá el siguiente astro sobre el cielo, me doy cuenta de qué poco entiendo lo que realmente significa la palabra paz.

Llegando, las farolas iluminan el asfalto y el ajetreo de otra gran ciudad sacude mi momento de tranquilidad. Las estrellas desaparecen y lo que hacía brillar mi esperanza se apaga. Con la luz, se apagan las estrellas.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Camino

Pocas cosas por decir quedan.
Fuiste Sol bajo cielo nocturno.
Aún hoy tus rayos queman.

Todavía deambulo, taciturno,
agachada la cabeza,
solo, aguardando mi turno.

Mas sigue en mía la lúgubre certeza
de que luz ninguna guía mi camino.
Avanzo, desorientado entre la maleza,
maldiciendo mi destino.

viernes, 6 de marzo de 2009

Segundo

El viento enloquece mi pelo cuando camino, solitario, de vuelta a casa. No es muy tarde pero la calle está casi vacía. Algunas parejas vuelven del cine, de vuelta al hogar. Vagabundos beben latas de cerveza o cartones de vino barato mientras intercambian historias. La hoguera sobre la que narran parte de su vida, real o ficticia, es un símbolo de Ibercaja.

Desearía que lloviera. Poder alzar la cabeza hasta que gotas de agua fría resbalaran por mi mejilla. Otra vez. Mirar al cielo nublado con una sonrisa, mientras la humedad de mi piel helada me recuerda que estoy vivo. Otra vez.

La verdad es que un aire seco se me clava en el alma sin que yo pueda hacer nada. Otra vez. La fuerza del cierzo me impulsa en dirección contraria, imposibilitando como tantas otras veces mi avance. Otra vez. El pelo se me eriza y la boca se vuelve pastosa mientras cierro los ojos, imaginando que nada de eso es real.

Otras veces desearía que me atropellara un coche. Que mi cuerpo inerte se elevara hacia el cielo, descendiendo con brusquedad, destrozándome las articulaciones y tan vivo y tan pesado como un saco de boxeo. O que alguien me metiera una paliza sin motivo alguno. Una furiosa ráfaga de puñetazos y patadas. Que me dejaran exhausto, tirado en el suelo, sin esperanzas ni nada que mereciera la pena conservar. Rodeado de mi propia sangre coagulando. Que me destrozaran el tabique nasal de un codazo o que me rompieran los dedos uno a uno con un cascanueces.

Simplemente por hacer de el dolor algo tangible.

Algo solucionable. Una solución. Un medicamento. Una tirita. Vendas. Escayola. Pero algo con nombre, algo que poder contar, o medir. O al menos saber que no tiene remedio.

De vuelta, un hombre harapiento y tirado en el suelo, alarga la mano hacia un muro que tiene frente a él. No llega a tocar nada, y lo que quería tocar ni siquiera estaba ahí. Le miro durante un rato, meditando.

Al llegar a casa, tiro parte de la ropa que llevaba puesta sobre la cama, donde me siento. Me agarro el pelo con las dos manos, respirando profundamente. Me compadezco. Compadezco a aquellos que se acercan a mí. Lanzo una muda disculpa a la humanidad.

Y es entonces cuando soy consciente de que un Segundo pasa más lentamente de lo que parece.