Cada instante de mi vida
Habría merecido la pena.
Un beso, una carta, una
Lágrima perdida en el fondo de una sonrisa.
Una sonrisa ya muerta.
martes, 22 de julio de 2008
viernes, 18 de julio de 2008
Salto
La fría madera del asiento que ocupo dentro de la sala del juzgado número 3 me despierta. Alzo la vista, y veo como el juez habla, probablemente refiriéndose a mí. Ni en su rostro ni en el mío se refleja el más mínimo atisbo de humanidad. Ya no recuerdo qué es eso. No desde aquello. Mi mente divaga entre oscuros recuerdos mientras la persona con toga que continúa hablando delante mío menciona varias veces la palabra justicia. No puedo más que sonreír mientras sigo recordando.
Recuerdo cómo mi matrimonio fue siempre un fracaso. Sus ansias de posesión me agobiaban, pero callaba. No me dejaba salir de casa, sus desprecios eran constantes. Lo único que podía hacer con libertad era llorar, agazapada, mientras él trabajaba o estaba en el bar, bebiendo. Comenzaron las agresiones. Mi vida se transformó en una esfera de soledad y tristeza de la que no podía salir.
Una noche volvió, en un estado de embriaguez mayor de lo que acostumbraba. Me insultó, me culpó de todo lo malo que había en su vida. Me amenazó con un cuchillo y, más tarde, me tiró al suelo, mientras me arrancaba la ropa a tiras. A partir de ahí, sólo fui consciente del dolor.
Recuerdo despertar en el suelo de la cocina, rodeada por algunas manchas de sangre esparcidas por el suelo. Sus ronquidos se oían desde el sofá del salón. Y me cansé. Empuñé el cuchillo que descansaba sobre la mesa de la cocina y me acerqué a su cuerpo. Le rajé la tripa, le descompuse la cara. Me ensañé con él hasta que no quedó más que una masa sanguinolenta irreconocible. Me senté en el sofá y no tardó en llegar la policía, alertada por algún vecino a causa de los gritos que había producido él.
Y ahora, por primera vez en mucho tiempo, me encuentro en paz. El juez sigue creyéndose mejor que yo, empuñando palabras como justicia o moral. Me lo imagino siendo violado repetidas veces, y no me imagino que pudiera realizar una acción mejor que la mía. Me imagino a toda la sala en la misma situación que yo, y no veo una salida mejor.
No oigo el número de años que he de pasar en la cárcel, y no soy consciente de mi traspaso allí. Veo pasar mis días en una celda. Mientras me sorprendo de la cantidad de mal que puede hacer una persona, incluso después de muerta, paso mi sábana por encima de un madero situado por mí a tal efecto. Ato un nudo corredizo alrededor de mi cuello, tras subir a una silla. Le sonrío a la muerte y salto.
Recuerdo cómo mi matrimonio fue siempre un fracaso. Sus ansias de posesión me agobiaban, pero callaba. No me dejaba salir de casa, sus desprecios eran constantes. Lo único que podía hacer con libertad era llorar, agazapada, mientras él trabajaba o estaba en el bar, bebiendo. Comenzaron las agresiones. Mi vida se transformó en una esfera de soledad y tristeza de la que no podía salir.
Una noche volvió, en un estado de embriaguez mayor de lo que acostumbraba. Me insultó, me culpó de todo lo malo que había en su vida. Me amenazó con un cuchillo y, más tarde, me tiró al suelo, mientras me arrancaba la ropa a tiras. A partir de ahí, sólo fui consciente del dolor.
Recuerdo despertar en el suelo de la cocina, rodeada por algunas manchas de sangre esparcidas por el suelo. Sus ronquidos se oían desde el sofá del salón. Y me cansé. Empuñé el cuchillo que descansaba sobre la mesa de la cocina y me acerqué a su cuerpo. Le rajé la tripa, le descompuse la cara. Me ensañé con él hasta que no quedó más que una masa sanguinolenta irreconocible. Me senté en el sofá y no tardó en llegar la policía, alertada por algún vecino a causa de los gritos que había producido él.
Y ahora, por primera vez en mucho tiempo, me encuentro en paz. El juez sigue creyéndose mejor que yo, empuñando palabras como justicia o moral. Me lo imagino siendo violado repetidas veces, y no me imagino que pudiera realizar una acción mejor que la mía. Me imagino a toda la sala en la misma situación que yo, y no veo una salida mejor.
No oigo el número de años que he de pasar en la cárcel, y no soy consciente de mi traspaso allí. Veo pasar mis días en una celda. Mientras me sorprendo de la cantidad de mal que puede hacer una persona, incluso después de muerta, paso mi sábana por encima de un madero situado por mí a tal efecto. Ato un nudo corredizo alrededor de mi cuello, tras subir a una silla. Le sonrío a la muerte y salto.
lunes, 23 de junio de 2008
El Vuelo
Apenas dispongo de espacio para estirarme cuando me despierto, mareada. Mi jaula es increíblemente pequeña. Me oprime, me ahoga. No soy capaz de ver nada más allá de los barrotes que me mantienen encerrada. Mi mundo se ha reducido a una ridícula porción de espacio donde apenas puedo moverme. Me lamento, impotente. No soy capaz de pensar con claridad, y siento como si todo el mundo hubiera dejado de existir, para comprimirme en una vorágine de soledad.
Mi jaula se mueve de forma aleatoria pero, inexplicablemente, no caigo. Con esfuerzo consigo ponerme de pie. El silencio es interrumpido en ocasiones por voces que piden auxilio. Estoy aterrada. No tengo nada a lo que aferrarme más que a mi propio terror y a la incertidumbre. Una voz a mi lado me habla. Me transmite un miedo que yo ya siento y una impotencia que ya sufro. Es como si aquella oscuridad, aquél sufrimiento se hubiera creado solamente para esa voz y para mí.
De repente el movimiento cesa, y oigo el sonido de metal al golpear contra el suelo. Afuera se oyen voces de otra especie, gritos y forcejeos. La voz sigue junto a mí, padeciendo conmigo. Una luz como no recordaba haber visto jamás aparece a mi derecha. Se oyen nuevos gritos, pero yo no puedo apartar la vista de aquél que ha estado sufriendo a mi lado. No es un palomo especialmente destacado. Su plumaje blanco, como el mío, contrasta con el color negro que poblaba parte de su cabeza. Su pico sigue hablándome, y sus patas se aferran a la diminuta prisión metálica que, al igual que a mí, nos mantiene encerrados.
Entran tres animales, todos de la misma especie. Andan sobre dos patas, aunque carecen de alas. Sus colores cambian increíblemente de unos a otros, de colores chillones a otros más apagados. Todos llevan, no obstante, lo que supongo que es característico de la especie, que es un espeso pelaje negro que sólo deja ver los ojos.
Unos ojos que quedan horrorizados al ver la escena de jaulas en el suelo y la gran cantidad de aves muertas que no han sobrevivido al vacío oscuro escanean la estancia. Comienzan a abrir las jaulas, y veo como mis compañeros de reclusión son liberados. Me giro, inquieta, observando a mi nuevo amigo. Pronto todo lo que hemos compartido pasará a ser un amargo recuerdo. Amargo... y hermoso al mismo tiempo.
Abren primero la jaula de él, y veo como despliega las alas. Me mira. Nuestros ojos se hablan, sin necesidad de unas cuerdas vocales de las que carecemos. Sale volando, mientras mi jaula es abierta. Salgo precipitadamente tras él, desplegando mis alas. Nos cruzamos en el aire y nuestras miradas se cruzan una vez más, pero sin transmitir nada más que la felicidad eufórica de la liberación reciente. La libertad se huele en el horizonte, pero nuestros horizontes son distintos. Nuestros ojos de hablan una última vez, antes de marchar.
Y sigo en el aire. Por encima de toda aspiración humana. Por encima de productividades, del humo, del dinero, del terrorismo, de la tristeza, del estrés, de la rabia, de la ira... El sol está por encima de mí, mientras sobrevuelo un planeta muerto.
Mi jaula se mueve de forma aleatoria pero, inexplicablemente, no caigo. Con esfuerzo consigo ponerme de pie. El silencio es interrumpido en ocasiones por voces que piden auxilio. Estoy aterrada. No tengo nada a lo que aferrarme más que a mi propio terror y a la incertidumbre. Una voz a mi lado me habla. Me transmite un miedo que yo ya siento y una impotencia que ya sufro. Es como si aquella oscuridad, aquél sufrimiento se hubiera creado solamente para esa voz y para mí.
De repente el movimiento cesa, y oigo el sonido de metal al golpear contra el suelo. Afuera se oyen voces de otra especie, gritos y forcejeos. La voz sigue junto a mí, padeciendo conmigo. Una luz como no recordaba haber visto jamás aparece a mi derecha. Se oyen nuevos gritos, pero yo no puedo apartar la vista de aquél que ha estado sufriendo a mi lado. No es un palomo especialmente destacado. Su plumaje blanco, como el mío, contrasta con el color negro que poblaba parte de su cabeza. Su pico sigue hablándome, y sus patas se aferran a la diminuta prisión metálica que, al igual que a mí, nos mantiene encerrados.
Entran tres animales, todos de la misma especie. Andan sobre dos patas, aunque carecen de alas. Sus colores cambian increíblemente de unos a otros, de colores chillones a otros más apagados. Todos llevan, no obstante, lo que supongo que es característico de la especie, que es un espeso pelaje negro que sólo deja ver los ojos.
Unos ojos que quedan horrorizados al ver la escena de jaulas en el suelo y la gran cantidad de aves muertas que no han sobrevivido al vacío oscuro escanean la estancia. Comienzan a abrir las jaulas, y veo como mis compañeros de reclusión son liberados. Me giro, inquieta, observando a mi nuevo amigo. Pronto todo lo que hemos compartido pasará a ser un amargo recuerdo. Amargo... y hermoso al mismo tiempo.
Abren primero la jaula de él, y veo como despliega las alas. Me mira. Nuestros ojos se hablan, sin necesidad de unas cuerdas vocales de las que carecemos. Sale volando, mientras mi jaula es abierta. Salgo precipitadamente tras él, desplegando mis alas. Nos cruzamos en el aire y nuestras miradas se cruzan una vez más, pero sin transmitir nada más que la felicidad eufórica de la liberación reciente. La libertad se huele en el horizonte, pero nuestros horizontes son distintos. Nuestros ojos de hablan una última vez, antes de marchar.
Y sigo en el aire. Por encima de toda aspiración humana. Por encima de productividades, del humo, del dinero, del terrorismo, de la tristeza, del estrés, de la rabia, de la ira... El sol está por encima de mí, mientras sobrevuelo un planeta muerto.
viernes, 6 de junio de 2008
La pregunta
Tarde. Siempre tarde. Otra vez las prisas. Entro corriendo al garaje, como todas las mañanas, y enciendo el coche. Respiro un momento, antes de arrancarlo.
Recorro el faraónico garaje, con sueño y ajustándome la corbata. Pulso el botón electrónico, que abre las compuertas que me llevan a la jungla de asfalto. Alzo la vista, mirando al cielo. Lluvia. Odio la lluvia.
Mi coche se incorpora, como siempre, a la marea metálica que fluye a trompicones por los cauces de cemento. Mi cara denota apatía y odio. Y veo que todas expresan lo mismo. Tampoco le presto mucha atención. A fin de cuentas, todos los días veo réplicas de hoy.
Tras quince minutos, consigo encontrar un aparcamiento. Salgo corriendo, mientras agarro la cartera con una mano, y guardo las llaves con la boca, mientras me pongo la chaqueta a la carrera.
Al girar una esquina, algo choca contra mí. La cartera cae al suelo, abriéndose. Decenas de papeles se pegan al asfalto mojado, derritiéndose. Observo aquél caos de impresos, informes y cuentas mezclados en el suelo húmedo. Quizá sería el trabajo de una semana, destrozado.
Alzo la vista hacia el causante de todo aquello. No sería mucho mayor que yo, quizá hasta de mi misma edad. Parece abstraído, mirando hacia el infinito. Lleva una corbata de color rojo, y su camisa, de tono rosa suave, está algo arrugada. Su elegante chaqueta, sujeta con una mano, está en contacto con el suelo, pero el estropicio que está causando el agua en su prenda no parece afectarle lo más mínimo. En ese momento parece darse cuenta de que existo.
Me mira, como sorprendido de no ser el único ser humano en la calle. En ese momento parece sonreír. Yo me agacho a intentar salvar lo que pueda. Desvió la mirada hacia él, como esperando de su ayuda. Su sonrisa se amplía, y cogiéndome la mano, acerca sus labios a mis orejas.
- ¿Por qué? -me susurra.
Mi estado de shock es total. No consigo decir nada. La otra persona me acaricia la barbilla, y estampa un beso en mi frente, antes de alejarse, silbando alegremente. Recobro la compostura pasado un rato, y mi chaqueta se encuentra ya completamente empapada. Recojo como puedo los papeles, aunque acabo por arrugarlos y tirarlos, dándolos por perdidos.
Terriblemente ensimismado, entro en mi oficina. Como muchas mañanas, mi jefe me está esperando en mi despacho.
-¡Oh! Mirad quién nos honra con su presencia. ¡Media hora tarde! ¡Media hora! ¿Se cree que aquí venimos de merendola? ¡Venimos a trabajar! - se le ve altamente alterado. Se levanta de mi silla, mientras se pasea, mirándome con un odio que es recíproco-. Bueno, a ver, el informe de los pedidos de marzo.
-Me los han tirado y... –al recordar el suceso, me quedo pensando en aquél extraño que me había formulado la tremenda pregunta.
-¿Qué que? ¡Ahora mismo los vuelve a hacer y no se va de aquí hasta que no los haga y...! –parece realmente enojado, pero soy incapaz de oír nada más allá que a ese hombre y a su breve intervención.
-¿Por qué? –mascullo, para mí.
-¿Cómo? ¿Y además con cachondeo? ¡A la p.uta calle! ¡Queda despedido! ¡Largo!
Me cuesta reaccionar ante aquello. Me levanto, ignorando por completo los gritos que aquél gorila sudoroso me lanza. Salgo, contrariado. La lluvia me recibe, despejándome.
No sé qué hacer, y decido volver dando un paseo. Ya volveré a por mi coche mañana. Voy caminando, y procuro no pensar en nada. Continúo abstraído, y eso me ayuda para no reflexionar sobre los caóticos sucesos acaecidos hoy, aunque me encuentro levemente abatido. Aunque se debe más a la incomprensión por parte de mi jefe que por desazón por la pérdida de mi empleo.
Llego a una calle concurrida, y cruza por mi lado una pareja de hombres cogidos de la mano. Al pasar, una pareja de personas de edad avanzada, cuchichean, alarmados, por lo degenerado de la acción. Me detengo, mirándolos durante unos instantes. Al rato, se dan cuenta de que los estoy mirando. Se giran, dispuestos a sermonearme. Pero yo soy más rápido.
-¿Por qué? –inquiero, en voz baja.
-¡Maldito desviado! ¡Lárgate!
Me alejo del lugar, soportando insultos y gritos por parte de aquella pareja.
Mi abatimiento va en aumento, y llego a un lugar donde un corrillo de gente estaba, muy emocionada, comentando un hurto ocurrido recientemente.
-Como lo oyes, un chiquillo, tratando de robar en un supermercado. Maldito liante. Desde luego, sin mano dura, es imposible educar. Mientras se lo llevaban aún intentaba justificarse. Y no lo entiendo, ya que un acto así nunca tiene justificación.
-¿Por qué? –pregunto, un poco más alto.
Todo el corrillo se gira hacia mí, y comienzan a despotricar contra mí, así que decido salir de allí, una vez más.
Recorro la ciudad, esta vez sin destino. Sucesos como estos me van ocurriendo en cada esquina. Pintadas, patinadores, mascotas, autoridad... cualquier pretexto es bueno para realizar mi pregunta. Y siempre salgo abucheado.
Llego a conclusiones funestas, y mi abatimiento golpea mi pecho, haciendo que camine encorvado, para tratar de que éste no me arranque el corazón de golpe. Me siento en un banco y lloro, tapándome la cara con las manos.
Decido volver a casa, ya he tenido bastante por hoy. Me levanto, y algo golpea contra mí, pero apenas me doy cuenta. Me encuentro realmente abstraído, y me quedo observando el suelo, sin ver nada en realidad. Oigo el sonido de folios, y vuelvo en mí.
Al bajar la vista, veo a una persona. No sería mucho más joven que yo, quizá de mi misma edad. Tenía una corbata, y trataba, desesperado, de recoger unos folios mojados. Sonreí, y el me miró con una ira que me era familiar. Esperaba mi ayuda. Me encontraba por encima que él, y mi chaqueta se estaba estropeando a causa de la humedad, pero apenas le daba importancia.
Me agaché, te cogí la mano y acerqué mis labios a tus oídos.
-¿Por qué? –te pregunté.
Y me alejé, silbando, poblando tu cabeza de pensamientos que, tarde o temprano, eclosionarán.
Recorro el faraónico garaje, con sueño y ajustándome la corbata. Pulso el botón electrónico, que abre las compuertas que me llevan a la jungla de asfalto. Alzo la vista, mirando al cielo. Lluvia. Odio la lluvia.
Mi coche se incorpora, como siempre, a la marea metálica que fluye a trompicones por los cauces de cemento. Mi cara denota apatía y odio. Y veo que todas expresan lo mismo. Tampoco le presto mucha atención. A fin de cuentas, todos los días veo réplicas de hoy.
Tras quince minutos, consigo encontrar un aparcamiento. Salgo corriendo, mientras agarro la cartera con una mano, y guardo las llaves con la boca, mientras me pongo la chaqueta a la carrera.
Al girar una esquina, algo choca contra mí. La cartera cae al suelo, abriéndose. Decenas de papeles se pegan al asfalto mojado, derritiéndose. Observo aquél caos de impresos, informes y cuentas mezclados en el suelo húmedo. Quizá sería el trabajo de una semana, destrozado.
Alzo la vista hacia el causante de todo aquello. No sería mucho mayor que yo, quizá hasta de mi misma edad. Parece abstraído, mirando hacia el infinito. Lleva una corbata de color rojo, y su camisa, de tono rosa suave, está algo arrugada. Su elegante chaqueta, sujeta con una mano, está en contacto con el suelo, pero el estropicio que está causando el agua en su prenda no parece afectarle lo más mínimo. En ese momento parece darse cuenta de que existo.
Me mira, como sorprendido de no ser el único ser humano en la calle. En ese momento parece sonreír. Yo me agacho a intentar salvar lo que pueda. Desvió la mirada hacia él, como esperando de su ayuda. Su sonrisa se amplía, y cogiéndome la mano, acerca sus labios a mis orejas.
- ¿Por qué? -me susurra.
Mi estado de shock es total. No consigo decir nada. La otra persona me acaricia la barbilla, y estampa un beso en mi frente, antes de alejarse, silbando alegremente. Recobro la compostura pasado un rato, y mi chaqueta se encuentra ya completamente empapada. Recojo como puedo los papeles, aunque acabo por arrugarlos y tirarlos, dándolos por perdidos.
Terriblemente ensimismado, entro en mi oficina. Como muchas mañanas, mi jefe me está esperando en mi despacho.
-¡Oh! Mirad quién nos honra con su presencia. ¡Media hora tarde! ¡Media hora! ¿Se cree que aquí venimos de merendola? ¡Venimos a trabajar! - se le ve altamente alterado. Se levanta de mi silla, mientras se pasea, mirándome con un odio que es recíproco-. Bueno, a ver, el informe de los pedidos de marzo.
-Me los han tirado y... –al recordar el suceso, me quedo pensando en aquél extraño que me había formulado la tremenda pregunta.
-¿Qué que? ¡Ahora mismo los vuelve a hacer y no se va de aquí hasta que no los haga y...! –parece realmente enojado, pero soy incapaz de oír nada más allá que a ese hombre y a su breve intervención.
-¿Por qué? –mascullo, para mí.
-¿Cómo? ¿Y además con cachondeo? ¡A la p.uta calle! ¡Queda despedido! ¡Largo!
Me cuesta reaccionar ante aquello. Me levanto, ignorando por completo los gritos que aquél gorila sudoroso me lanza. Salgo, contrariado. La lluvia me recibe, despejándome.
No sé qué hacer, y decido volver dando un paseo. Ya volveré a por mi coche mañana. Voy caminando, y procuro no pensar en nada. Continúo abstraído, y eso me ayuda para no reflexionar sobre los caóticos sucesos acaecidos hoy, aunque me encuentro levemente abatido. Aunque se debe más a la incomprensión por parte de mi jefe que por desazón por la pérdida de mi empleo.
Llego a una calle concurrida, y cruza por mi lado una pareja de hombres cogidos de la mano. Al pasar, una pareja de personas de edad avanzada, cuchichean, alarmados, por lo degenerado de la acción. Me detengo, mirándolos durante unos instantes. Al rato, se dan cuenta de que los estoy mirando. Se giran, dispuestos a sermonearme. Pero yo soy más rápido.
-¿Por qué? –inquiero, en voz baja.
-¡Maldito desviado! ¡Lárgate!
Me alejo del lugar, soportando insultos y gritos por parte de aquella pareja.
Mi abatimiento va en aumento, y llego a un lugar donde un corrillo de gente estaba, muy emocionada, comentando un hurto ocurrido recientemente.
-Como lo oyes, un chiquillo, tratando de robar en un supermercado. Maldito liante. Desde luego, sin mano dura, es imposible educar. Mientras se lo llevaban aún intentaba justificarse. Y no lo entiendo, ya que un acto así nunca tiene justificación.
-¿Por qué? –pregunto, un poco más alto.
Todo el corrillo se gira hacia mí, y comienzan a despotricar contra mí, así que decido salir de allí, una vez más.
Recorro la ciudad, esta vez sin destino. Sucesos como estos me van ocurriendo en cada esquina. Pintadas, patinadores, mascotas, autoridad... cualquier pretexto es bueno para realizar mi pregunta. Y siempre salgo abucheado.
Llego a conclusiones funestas, y mi abatimiento golpea mi pecho, haciendo que camine encorvado, para tratar de que éste no me arranque el corazón de golpe. Me siento en un banco y lloro, tapándome la cara con las manos.
Decido volver a casa, ya he tenido bastante por hoy. Me levanto, y algo golpea contra mí, pero apenas me doy cuenta. Me encuentro realmente abstraído, y me quedo observando el suelo, sin ver nada en realidad. Oigo el sonido de folios, y vuelvo en mí.
Al bajar la vista, veo a una persona. No sería mucho más joven que yo, quizá de mi misma edad. Tenía una corbata, y trataba, desesperado, de recoger unos folios mojados. Sonreí, y el me miró con una ira que me era familiar. Esperaba mi ayuda. Me encontraba por encima que él, y mi chaqueta se estaba estropeando a causa de la humedad, pero apenas le daba importancia.
Me agaché, te cogí la mano y acerqué mis labios a tus oídos.
-¿Por qué? –te pregunté.
Y me alejé, silbando, poblando tu cabeza de pensamientos que, tarde o temprano, eclosionarán.
miércoles, 28 de mayo de 2008
Encerrada
Vaya si dolía la cabeza. Dolía más de lo que te había dolido nunca. Te despertaste, pero no sabías donde estabas. El aire que respirabas estaba completamente viciado. Esa sensación de pesadez en el estómago... Te apoyaste con las manos en el suelo,te alzaste ligeramente. levantaste la cara y vomitaste. Como siempre que lo hacías, observaste como todo a tu alrededor se movía compulsivamente. De tu boca salieron palabras hermosas, cuyas letras bailaban al entrar en contacto con el aire, disfrutando de su recién conseguida libertad. Libertad, amor, solidaridad... todas ellas formaban una atractiva coreografía alrededor tuyo, sonriéndote. El dolor era ya insoportable, y te cogiste la cabeza con las manos.
Las palabras, asustadas por lo brusco del movimiento, se refugiaron en el suelo, desvaneciéndose al entrar en contacto con él. Te levantaste, y observaste el lugar donde te encontrabas. Las paredes, llenas de surcos, eran del color gris rosáceo al que estabas acostumbrado. Estabas ahora tumbado en una cama, sobre la cual las palabras vomitadas habían bailado para ti. Al fondo, una puerta, y a tu izquierda, un espejo. Esa era toda la decoración que adornaba aquella austera sala. No recordabas muy bien cómo habías llegado allí. Recordabas haber quedado con tus amigos para salir por ahí, como todos los días. Quizá bebiste de más...
Te levantas a tientas de la cama, y avanzas hacia el espejo. Observas tu hermoso rostro, ahora apoderado por las ojeras. La sonrisa que siempre poblaba tu cara está ahora transformada en una extraña mueca. Las elegantes ropas con las que siempre envolvías tu cuerpo, ahora son sogas, que aprietan y te limitan. Eres ahora consciente del gran trabajo que te cuesta respirar. La pesadez del cuarto se hace insufrible.
Te acercas a la puerta. Agarras el pomo e intentas, inútilmente, girarlo. Comienzas a empujar, pero la puerta no cede. Golpeas, escupes, meas, gritas, lloras... Pero la puerta permanece, impasible. Recuerdas lo crucial de tu trabajo, sabes que no puedes quedarte encerrado, mientras todo sigue su curso. Eres consciente de que, del mismo modo que una obra no puede funcionar sin un obrero, un cerebro no puede funcionar sin Conciencia.
Al otro lado, los golpes se hacían patentes, pero todos los ignoraban. Apostados a ambos lados de la puerta, se encontraban los tres amigos de Conciencia : Televisión, Comodidad y Aburguesamiento. Todos reían, conscientes de lo exitoso de su operación. Había costado mucho, casi 30 años, llevarla a buen puerto. La primera, había ido minando la moral natural de Conciencia, cambiando su percepción de lo bueno y lo malo. La segunda, recordándole lo fácil que era seguir a la primera, y llevar una vida buena y feliz. Y la tercera, era la que había pagado la enorme cantidad de copas que habían hecho falta para hacerle perder el sentido.
Así pues, aquél ser humano vivió el resto de su vida con una conciencia encerrada, cuyo papel cumplían los tres amigos que le traicionaron. Y nadie se dio cuenta, pues, en mayor o menor medida, todos tenemos una conciencia encerrada en alguna parte de nuestro cerebro, que no volverá a salir y a la que nadie echa de menos.
Las palabras, asustadas por lo brusco del movimiento, se refugiaron en el suelo, desvaneciéndose al entrar en contacto con él. Te levantaste, y observaste el lugar donde te encontrabas. Las paredes, llenas de surcos, eran del color gris rosáceo al que estabas acostumbrado. Estabas ahora tumbado en una cama, sobre la cual las palabras vomitadas habían bailado para ti. Al fondo, una puerta, y a tu izquierda, un espejo. Esa era toda la decoración que adornaba aquella austera sala. No recordabas muy bien cómo habías llegado allí. Recordabas haber quedado con tus amigos para salir por ahí, como todos los días. Quizá bebiste de más...
Te levantas a tientas de la cama, y avanzas hacia el espejo. Observas tu hermoso rostro, ahora apoderado por las ojeras. La sonrisa que siempre poblaba tu cara está ahora transformada en una extraña mueca. Las elegantes ropas con las que siempre envolvías tu cuerpo, ahora son sogas, que aprietan y te limitan. Eres ahora consciente del gran trabajo que te cuesta respirar. La pesadez del cuarto se hace insufrible.
Te acercas a la puerta. Agarras el pomo e intentas, inútilmente, girarlo. Comienzas a empujar, pero la puerta no cede. Golpeas, escupes, meas, gritas, lloras... Pero la puerta permanece, impasible. Recuerdas lo crucial de tu trabajo, sabes que no puedes quedarte encerrado, mientras todo sigue su curso. Eres consciente de que, del mismo modo que una obra no puede funcionar sin un obrero, un cerebro no puede funcionar sin Conciencia.
Al otro lado, los golpes se hacían patentes, pero todos los ignoraban. Apostados a ambos lados de la puerta, se encontraban los tres amigos de Conciencia : Televisión, Comodidad y Aburguesamiento. Todos reían, conscientes de lo exitoso de su operación. Había costado mucho, casi 30 años, llevarla a buen puerto. La primera, había ido minando la moral natural de Conciencia, cambiando su percepción de lo bueno y lo malo. La segunda, recordándole lo fácil que era seguir a la primera, y llevar una vida buena y feliz. Y la tercera, era la que había pagado la enorme cantidad de copas que habían hecho falta para hacerle perder el sentido.
Así pues, aquél ser humano vivió el resto de su vida con una conciencia encerrada, cuyo papel cumplían los tres amigos que le traicionaron. Y nadie se dio cuenta, pues, en mayor o menor medida, todos tenemos una conciencia encerrada en alguna parte de nuestro cerebro, que no volverá a salir y a la que nadie echa de menos.
miércoles, 21 de mayo de 2008
El Jardín
Decir que aquél jardín era hermoso, sería quedarse corto. Intentar definir la perfección siempre ha sido algo complejo e infructuoso. Todos los que pisaban aquél lugar, volvían transformados. Unos más felices, otros más tristes. Más maniáticos, más ancianos. O igual de jóvenes. Pero nunca iguales. Más decepcionados o más nostálgicos. Pero nunca dejaba indiferente. Era un jardín lleno de posibilidades, por donde todo el mundo pasaba. Quizá más o menos, pero siempre se visitaba. El sol siempre brillaba en la medida en que brillaban los corazones de las personas que lo observaban. Los árboles siempre mostraban su cara más amable, y las flores formaban una gran alfombra de vivos colores sobre el mullido césped. La fauna se mostraba alegre. Desde pequeños mamíferos, hasta insectos, pasando por algún anfibio que residía en una charca que se encontraba en el lugar.
Y pasó lo que jamás debería de haber pasado. Un día, uno de los árboles amaneció con una hoja negra. El revuelo fue generalizado. Algunos se mostraban escépticos, pensando que no sería nada. Otros echaron las culpas a algunas personas, aunque por nada en concreto. Algunos lo ignoraron. Unos propusieron que quizá fuera problema del árbol, y que sería mejor quitarlo. La gente, al oír tal proposición, estalló en gritos de insulto contra semejante aberración. El jardín era perfecto, ¿Cómo se podía pensar la idea de cambiarlo? Era absurdo, casi utópico. En seguida se desechó la idea, y se erigió un comité que se hicieron llamar el comité en Busca de lo Mejor. Algunos organismos surgieron también para ayudar en la tarea, como los Felices Maestros de la Inteligencia. Juntos miraron las posibles causas de esa hoja. La primera medida del BM junto con el FMI, fue la retirada de la hoja. Así creyeron resuelto el problema, y ambos organismos prosiguieron su vida, prácticamente sin realizar nada más, pensando que su tarea había concluido.
No obstante, a los pocos días aparecieron no una, si no tres hojas negras. Los que seguían considerando que el problema era del árbol, continuaban sin ser escuchados. El BM y el FMI se reunieron, de nuevo en comité de crisis, para procurar solucionar el problema. Comprendiendo que retirar las hojas no servía de nada, procedieron a podar el árbol. La gente, al conocer tal respuesta, mostraron su recelo, ya que era reformar el jardín, que perdería parte de su perfección, aunque todos coincidieron, tras escuchar a los representantes de ambos organismo, que era un mal menor. Así pues, se comenzó a podar al árbol donde habían aparecido las fatídicas hojas negras.
Pero continuaron apareciendo. El árbol se tornó gris, oscuro. Muerto. Todos estaban aterrorizados, aunque cada vez eran más las personas que procuraban ignorarlo. Hasta que la alarma saltó. Un nuevo árbol, amaneció con una hoja negra. Muchos no pudieron reprimir una lágrima. Muchos comenzaron a enloquecer. El BM y el FMI organizaron al jardín por regiones, ya que era muy extenso, y sobre cada región, pusieron a alguien que dirigía la zona, bajo su consenso. Muchos se opusieron a este cambio, que consideraban excesivo, e incluso hubo algunas personas más que consideraron que el problema radicaba en los árboles. De nuevo, estos organismos actuaron creando recintos donde enjaulaban a todas estas personas, a las que se consideraba que actuaban en contra del Jardín. Muchos profetas se erigieron, prediciendo el Apocalipsis. Y quién sabe si no andaban muy desencaminados.
También comenzaron a construir maquinaria, para montar laboratorios con el fin de investigar el problema. Lo que produjo contaminación. El precioso sol dejó de alumbrar. Una gran nube negra comenzó paulatinamente a apoderarse del resto. Nadie sabía ya cómo había empezado, pues habían pasado muchas generaciones. Todo era gris. Hacía tiempo que el BM y el FMI sabían que la infección de aquél árbol había sido un virus, y que bastaba haber extraído al dicho árbol para haber terminado. De hecho, habían obtenido una vacuna, y estaban bastante convencidos de que el fundador del BM había inducido ese virus en el árbol. No obstante, eran conscientes de que lo controlaban todo.
Y mientras, aquellos que creen que el problema era el árbol, que arrancar el árbol de raíz acabará con el problema, continúan, a día de hoy, encerrados, en un mundo gris.
Y pasó lo que jamás debería de haber pasado. Un día, uno de los árboles amaneció con una hoja negra. El revuelo fue generalizado. Algunos se mostraban escépticos, pensando que no sería nada. Otros echaron las culpas a algunas personas, aunque por nada en concreto. Algunos lo ignoraron. Unos propusieron que quizá fuera problema del árbol, y que sería mejor quitarlo. La gente, al oír tal proposición, estalló en gritos de insulto contra semejante aberración. El jardín era perfecto, ¿Cómo se podía pensar la idea de cambiarlo? Era absurdo, casi utópico. En seguida se desechó la idea, y se erigió un comité que se hicieron llamar el comité en Busca de lo Mejor. Algunos organismos surgieron también para ayudar en la tarea, como los Felices Maestros de la Inteligencia. Juntos miraron las posibles causas de esa hoja. La primera medida del BM junto con el FMI, fue la retirada de la hoja. Así creyeron resuelto el problema, y ambos organismos prosiguieron su vida, prácticamente sin realizar nada más, pensando que su tarea había concluido.
No obstante, a los pocos días aparecieron no una, si no tres hojas negras. Los que seguían considerando que el problema era del árbol, continuaban sin ser escuchados. El BM y el FMI se reunieron, de nuevo en comité de crisis, para procurar solucionar el problema. Comprendiendo que retirar las hojas no servía de nada, procedieron a podar el árbol. La gente, al conocer tal respuesta, mostraron su recelo, ya que era reformar el jardín, que perdería parte de su perfección, aunque todos coincidieron, tras escuchar a los representantes de ambos organismo, que era un mal menor. Así pues, se comenzó a podar al árbol donde habían aparecido las fatídicas hojas negras.
Pero continuaron apareciendo. El árbol se tornó gris, oscuro. Muerto. Todos estaban aterrorizados, aunque cada vez eran más las personas que procuraban ignorarlo. Hasta que la alarma saltó. Un nuevo árbol, amaneció con una hoja negra. Muchos no pudieron reprimir una lágrima. Muchos comenzaron a enloquecer. El BM y el FMI organizaron al jardín por regiones, ya que era muy extenso, y sobre cada región, pusieron a alguien que dirigía la zona, bajo su consenso. Muchos se opusieron a este cambio, que consideraban excesivo, e incluso hubo algunas personas más que consideraron que el problema radicaba en los árboles. De nuevo, estos organismos actuaron creando recintos donde enjaulaban a todas estas personas, a las que se consideraba que actuaban en contra del Jardín. Muchos profetas se erigieron, prediciendo el Apocalipsis. Y quién sabe si no andaban muy desencaminados.
También comenzaron a construir maquinaria, para montar laboratorios con el fin de investigar el problema. Lo que produjo contaminación. El precioso sol dejó de alumbrar. Una gran nube negra comenzó paulatinamente a apoderarse del resto. Nadie sabía ya cómo había empezado, pues habían pasado muchas generaciones. Todo era gris. Hacía tiempo que el BM y el FMI sabían que la infección de aquél árbol había sido un virus, y que bastaba haber extraído al dicho árbol para haber terminado. De hecho, habían obtenido una vacuna, y estaban bastante convencidos de que el fundador del BM había inducido ese virus en el árbol. No obstante, eran conscientes de que lo controlaban todo.
Y mientras, aquellos que creen que el problema era el árbol, que arrancar el árbol de raíz acabará con el problema, continúan, a día de hoy, encerrados, en un mundo gris.
viernes, 9 de mayo de 2008
Y la rana...
¿Qué siento? Es una buena pregunta, que me hago a mí mismo, mientras sigo sin distinguir con exactitud qué es real y que no. En mi habitación se mezclan con descarada sorna un sapo, grande, y que cambia de color constantemente, me observa con grandes ojos de colores; una cama que no recuerdo nunca haber visto allí, sobre la que se asienta la rana, cual rey sobre su trono; un sol; una carta. Veo que la rana habla, pero no puedo oírla. Me siento lejos de la habitación. Mi cabeza me duele de forma un poco leve, aunque tengo esa sensación de que hay una vena golpeando tu sien de forma periódica, casi hipnótica.
Me veo gritando, agarrándome la cara, como si al arrancarla fuera a conseguir mitigar mi sufrimiento. Me siento, en una esquina, de rodillas, de espaldas a una realidad ficticia que me mata. Noto una zarpa, quizá de lobo, que me toca en el hombro. Al girarme soy incapaz de ver la cara del animal. Solo veo su sonrisa. No, es imposible que sea una sonrisa macabra. Recuerdo que una vez, de niño, alguien me dijo que al menos alguien que sonríe de forma macabra por lo menos es sincero. Aunque, ahora que medito, quién sabe si de verdad lo he vivido o no. La cabeza me duele un poco más que antes, y la vena ha crecido.
Pensar que ahora toda mi realidad es un sapo multicolor encima de una cama imaginaria me deprime, hasta el punto de que me mordería las muñecas con el fin de acabar con lo que podríamos llamar vida si no fuera porque llevo una armadura. No había reparado en ello hasta ahora. Es reluciente, de esas que creo que veía en los tebeos de valientes caballeros que salvan a damas. Aunque no recuerdo haber salvado a ninguna. No obstante, tendré que cambiarme la armadura, veo que en la zona de las muñecas, hacia donde iba a enfocar mi suicida dentellada, está muy abollada. La cabeza me duele bastante, y la vena golpea mi cabeza como si fuera un martillo.
Me giro hacia la cama, y veo que el sapo se ha girado, para mirarme. Sus grandes ojos me miran y me hipnotizan. Veo a personas pasando delante de ellos. Distingo a mis padres, que me miran y sonríen. Creo que hay más gente conocida, pero soy incapaz de distinguirlos. Veo como todos juegan en un precioso jardín, compuesto por árboles frondosos y coloridas flores. Todos ríen y juegan. Todos menos yo. "¡Quiero jugar!", grito. Me derrumbo nuevamente en el suelo, mientras lloro. Mis lágrimas son flores muertas. Quizá antes formaran parte del precioso jardín donde jugaban mis seres queridos. La cabeza me va a estallar.
Al sollozar, veo que la rana ahora simplemente es roja. Un rojo intenso, pero apagado. Me mira, triste, como intentando hacerme ver el preludio de lo que va a ocurrir. Ahora veo al lobo, con una bata blanca. No sé si antes sonreía, pero ahora es indudable que no lo hace. Ahora distingo su cara. Me mira con lástima. Veo a la rana, cuyo color se apaga, hasta quedarse de color gris. También ella me mira con pena. Chasquea los dedos y unas enredaderas se alzan y me coge de los brazos. Noto como mi armadura se deshace y se convierte en polvo que desaparece. Me siento atrapado por las plantas. Me giro violentamente, tratando de zafarme. La rana ha desaparecido, ahora solo está la cama. Veo que a mis brazos nunca los he visto, ya que están atrapados por una camisa de fuerza. No es una enredadera la que me sujeta, si no dos personas de blanco. El lobo ha perdido el pelo, y sostiene una jeringuilla con la que me apunta. Se clava en mí y todo cambia. La verdad es que la sensación es curiosa...
¿Cómo me siento? Me pregunto, mientras veo una rana que cambia de color encima de una cama que nunca había estado allí.
Me veo gritando, agarrándome la cara, como si al arrancarla fuera a conseguir mitigar mi sufrimiento. Me siento, en una esquina, de rodillas, de espaldas a una realidad ficticia que me mata. Noto una zarpa, quizá de lobo, que me toca en el hombro. Al girarme soy incapaz de ver la cara del animal. Solo veo su sonrisa. No, es imposible que sea una sonrisa macabra. Recuerdo que una vez, de niño, alguien me dijo que al menos alguien que sonríe de forma macabra por lo menos es sincero. Aunque, ahora que medito, quién sabe si de verdad lo he vivido o no. La cabeza me duele un poco más que antes, y la vena ha crecido.
Pensar que ahora toda mi realidad es un sapo multicolor encima de una cama imaginaria me deprime, hasta el punto de que me mordería las muñecas con el fin de acabar con lo que podríamos llamar vida si no fuera porque llevo una armadura. No había reparado en ello hasta ahora. Es reluciente, de esas que creo que veía en los tebeos de valientes caballeros que salvan a damas. Aunque no recuerdo haber salvado a ninguna. No obstante, tendré que cambiarme la armadura, veo que en la zona de las muñecas, hacia donde iba a enfocar mi suicida dentellada, está muy abollada. La cabeza me duele bastante, y la vena golpea mi cabeza como si fuera un martillo.
Me giro hacia la cama, y veo que el sapo se ha girado, para mirarme. Sus grandes ojos me miran y me hipnotizan. Veo a personas pasando delante de ellos. Distingo a mis padres, que me miran y sonríen. Creo que hay más gente conocida, pero soy incapaz de distinguirlos. Veo como todos juegan en un precioso jardín, compuesto por árboles frondosos y coloridas flores. Todos ríen y juegan. Todos menos yo. "¡Quiero jugar!", grito. Me derrumbo nuevamente en el suelo, mientras lloro. Mis lágrimas son flores muertas. Quizá antes formaran parte del precioso jardín donde jugaban mis seres queridos. La cabeza me va a estallar.
Al sollozar, veo que la rana ahora simplemente es roja. Un rojo intenso, pero apagado. Me mira, triste, como intentando hacerme ver el preludio de lo que va a ocurrir. Ahora veo al lobo, con una bata blanca. No sé si antes sonreía, pero ahora es indudable que no lo hace. Ahora distingo su cara. Me mira con lástima. Veo a la rana, cuyo color se apaga, hasta quedarse de color gris. También ella me mira con pena. Chasquea los dedos y unas enredaderas se alzan y me coge de los brazos. Noto como mi armadura se deshace y se convierte en polvo que desaparece. Me siento atrapado por las plantas. Me giro violentamente, tratando de zafarme. La rana ha desaparecido, ahora solo está la cama. Veo que a mis brazos nunca los he visto, ya que están atrapados por una camisa de fuerza. No es una enredadera la que me sujeta, si no dos personas de blanco. El lobo ha perdido el pelo, y sostiene una jeringuilla con la que me apunta. Se clava en mí y todo cambia. La verdad es que la sensación es curiosa...
¿Cómo me siento? Me pregunto, mientras veo una rana que cambia de color encima de una cama que nunca había estado allí.
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