jueves, 18 de marzo de 2010

El jardín

Aunque se os haga extraño, yo también fui coleccionista. Los expertos decían que no había lugar ni quién en el mundo que poseyera más flores que yo. Sí, un hobby un tanto raro, pero me llenaba. Grandes, pequeñas. De pétalos de colores intensos. Rojos, amarillos, violetas, rosas...

Siempre que me sentía deprimido, me bastaba acercarme a ellas. Cerraba los ojos, las saludaba y suavemente acercaba mi nariz y mi alma a ellas. Las escuchaba y compartíamos nuestras penas, nuestros deseos. Pero había días en los que no me sentía completo.

Vagaba por todos los parques, por todas las floristerías. Sin buscar realmente nada. Sólo por oír a mis compañeras de fatigas hablarme y contarme sus vivencias. Recuerdo el primer día que la vi. No era una floristería especialmente grande, pero aquella flor brillaba con luz propia. Mucho más hermosa y radiante de lo que nunca habría imaginado. De un morado intenso que conmovía, y sus pistilos, dependiendo de la luz, parecían marrón en la punta, y se iban haciendo verde claro conforme uno se alejaba.

Pero no parecía feliz. Estuvimos hablando durante un tiempo que pudieron ser meses enteros. Pregunté, maravillado, por la flor. El dueño de la tienda me la vendió. Cuando salí de allí, pensé que realmente él no sabía todo lo que había perdido.

Nada más llegar a mi casa, puse la maceta encima de mi mesa. La flor parecía algo más animada, aunque algo confusa por el cambio de dueño. La miré, escuchando todo lo que le faltaba por decir. Me habló de sus pequeños sueños de flor y de todo lo que quería hacer. La perfección de su ser me inundó por completo. Durante un precioso instante, ninguno de los dos tuvo problemas.

Las demás flores de mi complejo jardín acogieron felices a la nueva compañera, con la que pasaba la mayor parte del tiempo. Sin embargo, nunca la veía del todo feliz. Aquél deje de incompletud me afectaba más de lo indecible. Aquella pequeña flor no se gustaba. Las otras flores y yo tratábamos de convencerla de lo contrario, sin éxito. Parecía inmersa en un pesar sobre sí misma inexplicable en todo punto, y ello hacía que se sintiera triste.

Quería arrancarme los ojos para que pudiera verse como yo la veía. Quería gritarle que antes de que apareciera en mi jardín, éste, aunque inmenso, era incompleto. Que su sola presencia bastaba para que incluso yo me sintiera flor. Pero todo lo que le insinuaba acerca de su belleza obtenía incluso el efecto contrario del que quería y terminaba por deprimirse más.

Escribí sonetos, compuse canciones. Le lanzaba piropos, hablaba con ella. Hubiera subido al mismo cielo para bajar una nube sólo porque ella fuera capaz de apreciarse como yo lo hacía. Pero nada parecía funcionar.

Pasa el tiempo y mi jardín y esa pequeña flor de color morado seguimos juntos. Y sigo sin cansarme de decirle todo lo que ha cambiado en mi vida desde que llegó. Sigo diciéndole todos los días que sus pétalos son justo como cualquier dios que merezca tal calificativo habría pensado. Que sus pistilos iluminan el día de quien los ve.

Sigo escribiendo y componiendo.

Sigo piropeándola.

Y subiré al cielo si hace falta.

lunes, 15 de febrero de 2010

¿Soy algo?

Aquél día me desperté como todos. Pensando en ella. Sobre mi escritorio, detrás del cabecero de mi cama estaba mi máquina de escribir, con un relato a medio terminar. A medio empezar. Sobre ella.

Mi ser pugnaba por sentir que podía ser. Que era alguien. Que era algo.

Salí a pasear al bosque de mi ánimo. Me crucé con dos señoras viejas que conversaban tranquilamente sobre la cosecha de ideas aquella temporada. Me reconocieron de inmediato y se frenaron, en seco. Me miraron de arriba abajo, como esperando que yo hiciera algo. Una lágrima sobrevoló el cielo, omnipresente.

- Buenos días señoras -dije, educadamente-. Me preguntaba si podríais responder a una incógnita que recientemente me ha tornado de dudas. ¿Soy algo?

Las adorables viejecitas rieron nerviosamente. Una de las viejas, ataviada con una bolsa, sacó de ella un pequeño ojo que me miraba, curioso. Le acaricié. Sonrió. Sonreí.

- Gracias -contesté.

¿Me convertía eso en algo?

Seguí con mi paseo, solo. Encontré a una pobre hoja que, desde el suelo, miraba hacia la copa del árbol en la que presumiblemente se hallaba anteriormente. Me agaché, hasta tenerla a la altura de mi cara. De la tierra bajo nosotros salió una pequeña duda, que se arrastró por el suelo para volverse a meter.

Cogí a la pequeña hoja y la acerqué a la copa. Pude percibir en el preciso instante en que la acerqué su decepción. Ahora que veía de cerca todo lo que ansiaba, sentía que merecía poco la pena, que era menos ideal de lo que había imaginado.

Ante mis ojos su color se tornó paulatinamente de verde a marrón. La estrujé y la hice añicos. Sopló entonces una ligera brisa y solté los pequeños trozos de hoja, que salieron volando, elevando su alma al intinito, allá donde momentos antes sobrevolaba una lágrima. Pude sentir desde allí su dicha como si fuera la mía propia.

¿Acaso eso hacía que fuera algo?

Finalmente el camino que seguía desembocó en un brusco final. Allí, un búho me miraba fijamente. En sus ojos podía ver todo aquello que en un momento pensé, aquello que un día soñé. Y también veía dolor, veía sufrimiento. Veía demasiadas cosas.

Por desgracia, tardé demasiado en ver una pequeña astilla en su pata. La Levantó más que suplicando, invitándome. Me acerqué lentamente y sostuve tembloroso su extremidad. Agarré la astilla y tiré de ella.

En ese instante, el búho ya no estaba a mi lado, si no a un metro de distancia. De nuevo la sabiduría que escondían sus grandes ojos me sobrecogió. Detrás de él, el negro fondo se había convertido en una prolongación inconmensurable del camino que recorría. Como no podía ser de otra manera, aquella majestuosa ave comenzó un vuelo sin un final previsible hacia ese nuevo camino.

Y tan pronto como traspasó la línea que momentos antes delimitaba el camino del abismo oscuro, comprendí que era algo. Era el poseedor de una sonrisa, de decenas de fragmentos de hoja movidos por el viento y de un vuelo.

Era aquél que había creado cosas de la nada, haciéndolas mías. Porque cierto es, y no otra cosa, que si no fuera nada, esa sonrisa no existiría, esa hoja seguiría en el suelo y ya no habría más camino que recorrer.

Ahora sé que, además, tengo un escritorio, una máquina de escribir. Una historia a medio terminar. A medio empezar.

Y, por encima de todo, tengo algo que me inspira a escribir historias, a crear sonrisas, a hacer camino y a arrancar astillas. Porque la tengo a ella.

martes, 15 de diciembre de 2009

Callejón nocturno

Hacía bastante tiempo ya que el Sol se había puesto cuando yo regresaba congelado a casa. Había sido una noche atípica, aunque bastante agradable. Estaba extremadamente cerca de mi hogar cuando escuché algo procedente de un callejón, a mi derecha. Un sonido que ya sólo había oído en las películas y que hizo que se quebrara mi alma. Era el sonido del martilleo de una pistola.

- Ven -dijo una voz terriblemente grave.

El estómago me dió un vuelco y comencé a temblar. Debido a la falta de luz del callejón, ni siquiera podía ver de mi interlocutor nada que no fuera una silueta borrosa. Hice acopio de las escasas fuerzas que me quedaban y me dirigí hacia mi armado interlocutor.

- Te... te estás equivocando de persona -balbuceé.

- No buscaba a nadie en concreto, así que dudo que me haya equivocado -no sé si era por la falta de sueño, por el miedo o causa de mi imaginación, pero su voz me sonaba cada vez más grave-. Ven y siéntate a mi lado. Y, por favor, no trates de salir corriendo. Te daría antes de que empezaras a tensar algún músculo y no quiero eso. Si colaboras, esto terminará antes de que te des cuenta.

Cuando volví a ser plenamente consciente de qué hacía, y tal vez calmado mi subconsciente a raíz de la última promesa, me acerqué hacia el callejón, sentándome al lado de aquella voz, cuya representación visual seguía sin ser más que una difusa imagen negra.

- Buenas noches –saludó cordialmente-. Soy Felipe Pedreo. Tu confesor esta noche. Aquella persona con la que hablarás hasta que ya no quede nada que decir. Seré tu asesino y el mío.

- Has dicho que no me harías daño –el terror se apoderó de mí.

- No, eso no es verdad. He dicho que esto terminaría antes de que te dieras cuenta. Como entenderás, no tiene nada que ver una cosa con la otra.

Se hizo el silencio. Mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad. Pude ver que tenía el pelo algo alborotado, y me pareció ver que llevaba unas gafas. También creí discernir una especie de gabardina, pero no estaba seguro. Tras unos instantes en silenció, el recientemente bautizado para mí como Felipe, retomó la conversación.

- Te preguntarás porqué un hombre con una pistola puede querer algo que no sea ni tu dinero ni tu integridad sexual. La respuesta, aunque sencilla, es poco común. Necesito que alguien me escuche. Mi vida es una mierda y hace tiempo decidí ponerle fin, pero no quiero irme sin que alguien escuche lo que quiero y tengo que decir. Aún así, mi ego no es tan alto como para querer que todo el mundo oiga mi historia y se conmueva. Mi objetivo es que al menos un ser humano se siente a conversar conmigo sobre mi vida y la suya. Ya ves, una persona con una edad tan grande como la mía y ni siquiera he tenido la oportunidad de tener una disquisición seria con nadie. Nadie me ha escuchado. Y para eso, amigo mío, estáis tú y esta pistola.

- ¿Y porqué tengo que morir yo? ¿Por qué no me cuentas tu vida y luego me dejas salir y huir? –ahora pude ver que el color de su pelo era algo rubio. Llevaba unos vaqueros.

- No es tan sencillo. Necesito que esto quede entre nosotros dos. Nada debe salir de aquí. Algunas de las cosas atañen a terceros y no quiero perjudicar a nadie. Por eso, amigo mío, debes morir conmigo. No puedo arriesgarme.

- Ni siquiera te conozco –dije, desesperado.

- Eso da igual. Mañana, en el periódico, pondrá que dos personas murieron a causa de dos disparos. Una persona turbada se suicidó y se llevó a alguien consigo.

Comenzó a faltarme aire para respirar. Empecé a sollozar y por mi mente surcaron, veloces, millones de caras y de pensamientos. Concretamente, una cara se asentó con fuerza, haciendo que el resto parecieran simplemente un marco sin importancia.

- ¿En quién piensas? –me sobresaltó Felipe.

- ¿Cómo sabes que estoy pensando en alguien? –me sorprendí.

- Se te nota en la cara. Ante todo este esperpéntico panorama has sonreído. O estás tan desesperado como yo, o hay alguien que, pese a toda esta locura, te hace sonreír.

- Tienes razón –reconocí-. Se trata de mi pareja. Sara

- Vaya –Felipe sonrió-. ¿Tienes alguna foto?

Sorprendido por la pregunta, asentí nervioso. Rebusqué en mi cartera, la encontré y se la di. No pude evitar echarme a llorar.

- Es muy guapa –admitió-. Tienes suerte.

- ¿Cómo puedes tener el estómago para decirme eso? –dije, entre suspiros incontrolados.

- Tienes razón. Lo siento.

De nuevo, el silencio se apoderó de los dos. Me devolvió la foto de ella. La miré, tratando de recordar cada línea, cada detalle.

- En fin, creo que es hora de que empecemos -dijo.

- Haz lo que te dé la gana –contesté de mal humor.

- Comprendo esa reacción. Tampoco esperaba caerte bien.

- Cállate y empieza de una vez.

- Como quieras. La verdad es que desde que nací, tú eres la persona que más me ha escuchado. Mis padres estaban todo el día trabajando para poder costearme los estudios y apenas hablaban conmigo más que para lo más insulso. La gente con la que más contacto tenía durante el colegio era para jugar a fútbol y nunca intercambié más de dos palabras con ninguno. De siempre he sido una persona con muchas inquietudes… perdona, creo que todavía no me has dicho tu nombre…

- Martín, pero sigue.

- Vale. Como te decía, Martín, de siempre he sido una persona con una gran necesidad de contacto humano. Un contacto que nunca he recibido. Acabé mis estudios, y comencé a trabajar en una oficina, anhelando hablar con alguien. Mi jefe era un capullo que no se dirigía hacia mí nada más que para quejarse de lo mal que hacía todo. Mis compañeros no sólo no querían saber nada de mí si no que le daban la razón por evitarse problemas y subir puntos ante él. Empecé un matrimonio inercial con una persona a la que detesto simplemente porque pensaba que podría hablar. Me equivoqué. Sé que desde prácticamente el principio me es infiel, y la verdad es que me da bastante igual. La conclusión es que desde que puse un pie en el mundo, nadie nunca ha escuchado lo que tenía que decir. Millones de ideas mías han muerto, como tú y yo moriremos hoy, sin que nadie las escuchara. Eso es lo que quería que algún ser humano supiera. Ahora ya lo sabes. ¿Qué tienes que decir?

- Que eres imbécil, Felipe. Eres el ser humano más imbécil sobre la faz de la Tierra.

- ¿A qué se debe tal calificativo? –contestó, visiblemente asombrado.

- Dices que tu vida ha sido dura. Y, en cierto modo lo es. Sé lo que es que nadie te escuche. Mis padres murieron cuando no tenía ni cinco años, y he ido pasando temporadas de mi vida en casas de diferentes tíos que no querían saber nada de mí. En cada nuevo colegio al que tenía que ir se me marginaba por norma y nunca se me acercaron para nada que no fuera golpearme o quitarme los pantalones entre todos. Cuando por fin pude independizarme, ni siquiera había terminado mis estudios. Conseguí un trabajo de mierda donde, además, trabajaba solo. Mi sueldo era una miseria. Y no he conseguido una relación de verdad hasta hace irrisoriamente poco, después de estar varios años con una persona que me trataba como si fuera mierda. ¿Acaso crees que me di por vencido? No. Me levantaba cada mañana con un esfuerzo indecible para querer creer que yo valía algo, que alguien ahí fuera podría acabar por quererme, por respetarme y por oírme. Y lo conseguí. Y ni siquiera estoy diciendo que por querer suicidarte seas un cobarde. Digo que eres un cobarde por querer llevarte una vida sólo porque te has rendido.

Un pesado silencio se apoderó de los dos. Ambos respirábamos de una forma bastante audible.

- Tienes razón. Aún tengo una posibilidad de ser feliz, de ser escuchado –se levantó-. Voy a salir ahí fuera para gritarle a todo el mundo que puedo ofrecer algo. Que todavía soy alguien.

- No por mucho tiempo –susurré. El se giró y me miró extrañado. Sus ojos casi se caen de sus órbitas cuando observaron como mi mano sostenía la pistola que hasta hace poco él había tenido en su poder-. No sabes hasta qué punto entristece ver que alguien es capaz de rendirse tan pronto. He tenido paciencia con la vida y con el mundo. He procurado conseguir la constancia para tratar de superar todo. Eres cruel, Felipe. Eres cruel y odioso. Si hay alguien en la vida que no merezca ser feliz, ese eres tú.


Apunté y se oyó un gran estruendo. La bala atravesó la cabeza, haciéndola saltar por los aires. Todo quedó lleno de sangre. Debido a lo tenso de toda la conversación, no fui consciente hasta que fue demasiado tarde de que ya era prácticamente de día. Comenzaron a oírse pasos y gritos. No me vi con fuerzas de tener que enfrentarme a aquello. No pude soportar la idea de tener que contar lo sucedido a Sara y que fuera consciente de lo que he hecho. De esta monstruosidad. Sabía que habría huellas de los dos en la pistola. Así que hice lo poco que se me ocurrió. Por primera vez en mi vida me rindí. Levanté la pistola.

A la mañana siguiente el periódico relataba como dos personas habían muerto durante la pasada noche a causa de dos balas.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Escribir por escribir

El editor miró ceñudo al que, en definitiva, no era más que un simple empleado. Lo observó visiblemente malhumorado, sosteniendo en sus manos un fajo de folios debidamente encuadernado. Pasaba las hojas con desdén y rapidez, pese a que sus ojos no se apartaban de él. Suspiró y arrojó el documento a su mesa, sin ceremonias ni cuidado.

- A ver, Manuel, eres uno de mis mejores escritores. Mucha gente ha leído tus libros, los disfrutan y piden tu nombre en casi todas las librerías del país, incluso del mundo. Y creo que te pedí algo tremendamente sencillo. Para la mayoría de escritores, se trataría de algo irrisorio. Conozco tu vida, tus inquietudes y tus relaciones. Has vivido infiernos y has rozado la felicidad con la llema de los dedos, hasta que finalmente has conseguido, por el momento, alcanzarla. Únicamente te rogué que escribieras un libro sobre tus vivencias, obviamente sin decir que son tuyas. Que relataras tus romances, tus errores, tus acciones. Aquellos viajes maravillosos de los cuales he sido partícipe cuando me los relatabas, con una emoción contagiosa. Sientes cada momento de tu vida con una intensidad digna de envidia, ¿Por qué demonios no puedes escribir sobre ella?

- Tienes razón sobre varias cosas. Es verdad, soy uno de tus mejores escritores. Mucha gente me ha leído y todas esas chorradas, que no son más que unos datos que sirven para engordar tímidamente mis ingresos, y algo más descaradamente los tuyos. Y es verdad, cada momento de mi vida es para mí algo indispensable para ser quien soy. En mi casa tengo mi propio texto, mucho más extenso, real e intenso que este que sin miramientos has arrojado sobre la mesa. Y has de saber que, al llegar a casa, lo quemaré. Y la razón es muy simple. Siempre he vivido para vivir. Escribir sobre ladrones, princesas, asesinatos, naves espaciales, romances ajenos, ciudades lejanas... no me supone ningún tipo de problema. Me llena, es innegable. Pero al menos sé que hay una parte de mí que sigue siendo, en parte, únicamente mía. ¿Qué sería de mis amigos si todo lo que he vivido con ellos no son más que una anécdota en un libro? Me horroriza pensar que todos esos momentos que constituyen lo que soy ahora pasen a formar parte del recuerdo difuso de algún lector imbécil. Que un folio sea testigo perpetuo de lo que sentí, por mucho que ese sentimiento cambie. No, señor editor. Mi vida es mía y sólo quiero compartirla con la gente que aprecio.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Lo que pudo ser

Un hombre y una mujer se cruzaban, mirándose. La noche es fría y ambos avanzan deprisa, pese a lo cual, frenan progresivamente conforme se acercan. Sostenien la mirada durante un tiempo y luego continuan el camino. La cara del chico denota contradicción, pero no se gira. No se vuelve para mirar a aquella chica a los ojos. No retrocede para hablar con ella, para intercambiar impresiones. Para decirle que su sola mirada ha bastado para arrastrar todos sus tapujos y timidez al más puro vacío. Que quería conocerla. Quería amarla.

Eso bien pudo ser el principio de algo eterno. Una anécdota que contar a los nietos frente a una hoguera. Algo que recordar durante una discusión. El comienzo de un gran abrazo. Un abrazo reparador capaz de acabar con cualquier duda.

Una persona nerviosa en un taxi, mirando por la ventanilla. Los edificios se suceden uno tras otro, a gran velocidad. Y sin embargo, al ocupante y cliente le parece como si estuviera yendo hacia atrás. Por fin vislumbra aquél gran letrero. Aeropuerto. Rezaba por llegar a tiempo. Otra discusión. Otra maldita discusión.

Rezaba por llegar a tiempo.

Cruza como una exalación dentro del edificio y corre a preguntar por la puerta de embarque. La señorita le dice que no puede hacer nada, que está despegando. Desde su posición puede ver por la ventama como el avión comienza a elevarse. El avión donde estaba ella. Una ausencia inamovible.

Nadie regresa por la puerta de embarque. No está ella, con los ojos llorosos, dispuesta a devolverle la vida. Se ha ido, y se ha ido para siempre. Algo que quizá pudiera haber cambiado de no haber sido todo tan confuso. De no haber discutido por tonterías. De haber terminado la conversación. De haber cogido un taxi cinco minutos antes. Y ahora, lo único que le queda es el olvido.

Una persona vuelve a casa, de noche. La calle está desierta y está muy cansado. Necesita llegar a casa lo antes posible, se siente desfallecer. Cada paso sienta como una losa en su ya de por sí mermada capacidad motora. Y como siempre, regresando por aquél camino, la misma disyuntiva. Izquierda o derecha. Nunca había sabido qué camino le dejaba más rápido en su tranquila casa, en su cómoda cama. En la tranquilidad que ahora tanto ansiaba. Por no pensar, escogió la izquierda. Llegó a su casa, a su cama y a su tranquilidad sin ningún percance. Aquella noche durmió estupendamente y de un tirón. Morfeo le acunó con sueños de felicidad.

Mientras tanto, en la calle de la derecha, momentos antes, el asesino degollaba a la víctima.

No deja de ser curioso lo fácil y complicado a la vez que resulta que nos ocurra algo sorprendente. Inquietante. Encantador.

Determinante.

Aunque, por otro lado, no deja de ser normal.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Melancolía

Para hacer justicia a mi nombre y antes que nada, quizá debería relataros todas las cosas que he sido. Más aún, deberíais saber todas las cosas que puedo llegar a ser. Porque, aunque sea cierto que se me conoce por muchos nombres, nunca se tiene una idea real de lo que soy hasta que se me vive. No tengo un comienzo concreto, y mientras seas capaz de leer, mientras exista alguien, estaré ahí, al acecho o devorándote. Pero basta de presentaciones. Ya nos conocemos.

Durante mi intempestiva existencia, he recorrido la historia (literalmente, de principio a fin) representado en la imagen de las más diversas cosas. Puedo ser el mar. Puedo ser una lágrima. Puedo ser la carta que sostengas tembloroso entre las manos. Soy el lugar equivocado y el momento equivocado. Un caballo demasiado lento. La suerte del otro.

Habito en las voces, en los lugares, en los sonidos. En las ideas. Soy esa frase que no quieres oír o no quieres recordar. Soy ese sitio con el que topas sin quererlo. Esa canción. Ese piano. Ese saxofón. Esa voz.

Pertenezco a todo aquello que no quieres reconocerte. Esa foto que dice más de lo que se ve. Ese gesto sencillo que te desgarra. La ausencia que te destroza. El viento susurrándote que no. O que sí.

También tengo residencia en ese vaso medio vacío. Soy esos hielos derritiéndose. Esa ceniza que cae. El polvo que desaparece. El recuerdo que quieres olvidar y no puedes. Soy tu vida.

Formo parte de esa persona que quieres encontrar y que no existe. Soy la idea de la muerte y sus consecuencias.

El olvido.

La sensación que tienes cuando terminas de escribir algo que no querrías haber escrito.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Edunel II

Sentado en mi sillón de cuero, observaba entre perplejo y asustado aquél sobre que había aparecido no sé muy bien cómo en mi escritorio. No había sellos, ni destinatario. Simplemente aparecía un remite, en tinta negra, probablemente escrito con pluma, con una tipografía que parecía del siglo XVII. Una sola y única palabra que no había vuelto a mi cabeza desde hacía mucho. Desde aquellos años en el manicomio.

Mi secretaria abrió la puerta. Llevaba un jersey azul, de cuello alto. Me gustaba ese jersey. El pelo castaño y las gafas apoyadas en la nariz, en esa postura que uno espera de una secretaria.

- La policía está ahí fuera. Desean hablar con usted a raíz de la desaparición de Euclides.

- Muy bien, diles que suban.

Me giré, mirando de frente a aquél papel que me acreditaba a ejercer la abogacía. Me costó lo indecible poder superar aquél infierno que fue el sanatorio mental. Medicinas que me aturdían y atontaban. No saber exactamente dónde estás. No saber si estás.

Pude con ello, lo superé. A pesar de las alucinaciones. A pesar de que mi primera y única amiga allí no fuera más que un producto de mi imaginación. Conseguí curarme, conseguí salir. Me dejaron volver a ejercer. Está bien, no tengo casi ningún cliente. No es extraño, ¿Quién quiere que le represente alguien que hasta hace poco era considerado una persona trastornada?

Y sin embargo, un tal Euclides, el 14 de mayo, decide cruzar a ciegas una autopista. Sobrevivió de milagro. Fue denunciado por temeridad, y pidió expresamente que yo lo representara. Durante el juicio ignoró por completo lo que ocurría, como si no fuera sobre su futuro sobre lo que se estaba hablando. Mientras testificaba dijo que aquella parafernalia le parecía más bien insulsa y que no estaba allí por su persona. "Mi misión es que Edunel llegue a una persona en concreto".

Aquella frase me puso los pelos de punta. Otra vez aquél nombre. Otra vez la pesadilla.

Otra vez.

Más tarde, durante un descanso del juicio, desapareció. Nadie sabe adónde fue. Yo no quería saberlo, sólo quería volver a mi despacho tras prestar una rápida declaración que prometí expandir en mi lugar de trabajo.

Y una vez aquí, esta maldita carta revive todo. Abro el sobre, como queriendo que se trate de una broma.

"Querido mío. Desde que llegué a Edunel (o volví, quién sabe) no he podido parar de pensar en ti. Cada árbol, cada brisa de aire puro. Todos los detalles que creo, incluso los más insignificantes, me recuerdan a tu persona. Sé que ahora creerás que todo esto forma parte de tu imaginación, incluso esta reflexión. Tampoco te pido que creas en esto, sé que al final ocurrirá lo que realmente quieras. Sólo quería darte las gracias. Gracias porque si no fuera por ti, por tu inspiradora presencia y porque, en el fondo, tu calidez siempre dio alas a mi imaginación, nunca podría haber llegado hasta aquí. Este lugar es precioso porque siempre es como quieres que sea.

Tampoco voy a decir que esto sea sólo para darte las gracias. También quiero pedirte que vengas conmigo. Sólo hay algo que mejoraría este lugar, y es que tú estuvieras conmigo. No hace falta un billete ni equipaje. Basta que lo desees. Basta que creas que ya has tenido suficiente y que en realidad la vida que vives no puede depararte nada que no esperes o que no temas. Simplemente necesitas creer que ya has tenido suficiente.

Te amo.

P.D :Si crees que estás listo, simplemente cierra los ojos."

Cuando volví a abrirlos, me encontraba en un prado inmenso.

-Mi vida -escuché detrás de mí. Esa voz sonaba como una cascada. Como el aleteo de miles de mariposas. Como sentir el Sol en la cara. Como el sueño de dos enamorados.

Me giré, nervioso. Nos miramos. Nos encontrábamos en un gran prado, con alguna flor diseminada por el lugar. La brisa mecía nuestros cabellos.

Al momento corrimos uno en brazos del otro, y la tensión pareció disiparse, como si hubiera dejado paso a algo más poderoso. Como si algún dios hubiera dejado espacio en un pequeño espacio de realidad para crear aquél momento. Como el mar revuelto. Como un grupo de caballos corriendo salvajes por un camino de tierra. Como una bandada de gaviotas sonriendo a las nubes.

Por fin, después de mucho tiemo, era libre.