Todo es hoy un poco más oscuro. Has sido arrancado del lado de aquellos que te amaban, de aquellos que trataban de hacerte sonreir. Vuelves a empezar en un sitio frío, sin nadie. Obligado a morir cuando no entiendes bien el porqué. Con lágrimas como equipaje, realizaste el imprevisto viaje que te ha arrastrado al infierno helado.
Las estrellas serán tu manta, el odio la única forma de seguir adelante. No te conozco, no me conoces. Por lo visto compartimos una aversión mutua. Parece ser que no caes bien. Has sido rechazado por pensar diferente y ser consecuente con aquello que creías. ¿Qué sabe de leyes aquél que dice tener corazón? ¿Qué debe soportar alguien que quiere vivir como quiere?
¿Porqué tanto miedo a aquello que no entendéis? Vuestro desprecio me es indiferente, simplemente me dais pena. Ahora sólo siento rabia porque otra vida ha sido destrozada por vuestra incomprensión, por vuestra intolerancia. Decís buscar el bien común y cerráis los ojos al mal global. No merece la pena que nos quedemos sentados, buscando una respuesta. El mal ha llegado como siempre, sin avisar, plasmado en un papel firmado por gente elegante.
¿Y qué nos queda si no piedras? ¿Cómo poder expresar algo tan visceral? Compartimos un llanto. El mío más superficial, menos puro. El tuyo más sufrido, más sangrante. Un techo me verá acostarme hoy, y tú serás arropado por la nieve. Pero ambos soñaremos. Y nuestros sueños acabarán por quemar tan destrozada realidad.
martes, 28 de octubre de 2008
lunes, 20 de octubre de 2008
Día oloroso
Él levantó la cara de la almohada, completamente aturdido. El despertador le suplicaba por enésima vez que levantar su ya de por si horrendo trasero de la cama. Cuando se dio cuenta de que ponerle caras de pena no serviría de nada (por eso de que los aparatos no suelen tener muy desarrollado el sentido de la compasión) optó por salir a decirle hola al mundo. Como siempre, el mundo no devolvió el saludo.
Entró en la cocina, tosiendo como si en ello le fuera la vida (sería más propio decir que la vida se le iba por culpa de toser) y fue a servirse un nutritivo desayuno consistente en una cáscara de plátano y una raspa de sardina. Nutritivo donde los haya.
Después de devolver toda la materia orgánica ingerida a su lugar de origen (la basura) se marchó a su habitación, a ponerse sus mejores galas, pues hoy era uno de esos días (en los cuales, se alienaban todos los planetas) en los que había quedado con una persona del sexo opuesto. Tras ponerse muda limpia (apenas usada durante 3 días) y la camiseta casi nueva (¿Qué son 9 años?) salió por la puerta.
Esperaba que el oxígeno que se respiraba fuera suficiente como para camuflar la peste de una larga jornada sin oler nada parecido a un jabón. La reacción exagerada de la gente al pasar por su lado (fingir un desmayo y dos personas hospitalizadas con pronóstico reservado era algo excesivo, a su parecer) le dio a entender que más le valía que estuviera acatarrada.
Llegó al lugar, donde ella le estaba esperando. De quedarle algo del desayuno en el estómago, probablemente lo hubiera sacado todo fuera. Quizá fue el hecho de no haber comido caliente y bien desde hace meses o que su propio olor corporal comenzaba a quemarle neuronas, pero nunca la había recordado tan preciosa. Desde el primero de los pelos de su coronilla hasta el último de los átomos de la uña del pie ( si, siempre me han considerado algo fetichista ) eran un conjunto de lo que siempre había soñado.
Después de balbucear algo que creí que era una saludo y de que ella se tapara la nariz (muy disimulada ella, eso sí) salimos rumbo al parque. Después de hablar de temas varios y para nada trascendentales (existencia o no de Dios, política, creencias... vamos, nada de índole sexual) llegamos al lugar donde siempre solíamos aposentarnos.
Seguimos hablando, incluso parecía que no le daba asco. Comprobé, atónito, que la gente no me miraba tan disgustada. Tal vez era su influencia. Cada vez que la miraba sonreír (imaginaba que de mí) no podía evitar sentirme bien. Mi alma (nunca había pensado que alguien como yo pudiera tener una) se encontraba a gusto.
Pasamos la tarde, paulatinamente más cerca el uno del otro. Reímos, pasamos ratos tensos, nos abrazamos, y, finalmente, nos besamos. Volví a casa, pensando que no podía ser más feliz. Al llegar, mi hermano me miró, sin dar crédito a lo que veía. Me fui al baño, donde un ridículo espejo colgado de un cordel hizo que me viera como no me recordaba. La suciedad había desaparecido, así como ese aspecto cochambroso.
Nunca pensé que diría esto pero... parecía humano.
Entró en la cocina, tosiendo como si en ello le fuera la vida (sería más propio decir que la vida se le iba por culpa de toser) y fue a servirse un nutritivo desayuno consistente en una cáscara de plátano y una raspa de sardina. Nutritivo donde los haya.
Después de devolver toda la materia orgánica ingerida a su lugar de origen (la basura) se marchó a su habitación, a ponerse sus mejores galas, pues hoy era uno de esos días (en los cuales, se alienaban todos los planetas) en los que había quedado con una persona del sexo opuesto. Tras ponerse muda limpia (apenas usada durante 3 días) y la camiseta casi nueva (¿Qué son 9 años?) salió por la puerta.
Esperaba que el oxígeno que se respiraba fuera suficiente como para camuflar la peste de una larga jornada sin oler nada parecido a un jabón. La reacción exagerada de la gente al pasar por su lado (fingir un desmayo y dos personas hospitalizadas con pronóstico reservado era algo excesivo, a su parecer) le dio a entender que más le valía que estuviera acatarrada.
Llegó al lugar, donde ella le estaba esperando. De quedarle algo del desayuno en el estómago, probablemente lo hubiera sacado todo fuera. Quizá fue el hecho de no haber comido caliente y bien desde hace meses o que su propio olor corporal comenzaba a quemarle neuronas, pero nunca la había recordado tan preciosa. Desde el primero de los pelos de su coronilla hasta el último de los átomos de la uña del pie ( si, siempre me han considerado algo fetichista ) eran un conjunto de lo que siempre había soñado.
Después de balbucear algo que creí que era una saludo y de que ella se tapara la nariz (muy disimulada ella, eso sí) salimos rumbo al parque. Después de hablar de temas varios y para nada trascendentales (existencia o no de Dios, política, creencias... vamos, nada de índole sexual) llegamos al lugar donde siempre solíamos aposentarnos.
Seguimos hablando, incluso parecía que no le daba asco. Comprobé, atónito, que la gente no me miraba tan disgustada. Tal vez era su influencia. Cada vez que la miraba sonreír (imaginaba que de mí) no podía evitar sentirme bien. Mi alma (nunca había pensado que alguien como yo pudiera tener una) se encontraba a gusto.
Pasamos la tarde, paulatinamente más cerca el uno del otro. Reímos, pasamos ratos tensos, nos abrazamos, y, finalmente, nos besamos. Volví a casa, pensando que no podía ser más feliz. Al llegar, mi hermano me miró, sin dar crédito a lo que veía. Me fui al baño, donde un ridículo espejo colgado de un cordel hizo que me viera como no me recordaba. La suciedad había desaparecido, así como ese aspecto cochambroso.
Nunca pensé que diría esto pero... parecía humano.
lunes, 13 de octubre de 2008
CIES
Mis sucias manos agarran los barrotes que tienen frente a sí. Creo que los ojos que me pertenecen y ahora mismo miran a través de mi jaula nunca han conocido la felicidad. Miseria ha sido mi máxima desde que nací, hace mucho tiempo, lejos de aquí. Mi inocencia fue aplastada por una realidad cruel y burlona. Pusisteis una losa sobre mi cabeza nada más empezaba a ver el mundo y me impedisteis crecer. No entendía nada de mi país de origen. Mis hermanos y mis padres trabajábamos durante todo el día. No sabíamos de palabras tan comunes en esta tierra como pueden ser horario, jornada laboral, salario... Salíamos con el alba y regresábamos a la noche. Era todo lo que hacíamos.
¿Porqué entonces el hambre? Eramos trabajadores, y a duras penas conseguíamos algo que llevarnos a la boca. Varios hermanos murieron por falta de alimento. No pude con aquella situación. Un amigo mío me habló acerca de la posibilidad de cambiar de país. No era fácil ni estaba exento de peligro pero, ¿Qué opciones tenía? Todavía hay gente que me lo recrimina. Qué sabrán ellos. No tienen ni idea de lo que es despertarse por las mañanas preguntándose si hoy podrás comer. Desconocen lo que es perder un hermano por inanición o porque no tengas posibilidad de conseguir un medicamento adecuado para alguna enfermedad que tiene cura desde hace mucho tiempo.
Vivís perfectamente bien. Contratáis a gente de otros lugares en condiciones pésimas, pagándoles menos de lo que merecen por hacer trabajos que vosotros, culos finos del primer mundo, no haríais porque lo consideráis deshonroso para el nivel de vida que lleváis. Muchos no tienen más opción que delinquir por supervivencia. Y tenéis las narices de culparnos.
Viendo vuestro mundo aquí, desde un centro de internamiento para personas ilegales, veo vuestras preocupaciones como lo que realmente son: basura. Considerar un problema no tener dinero para salir un fin de semana o no poder comprarte ropa cara es un insulto. Habéis olvidado lo que es el miedo, lo que es no tener algo que llevarse a la boca. Estáis inmersos en una burbuja de felicidad ficticia que os impide ver más allá de vuestros propios genitales. Nacéis, existís y morís sólo para trabajar y autodestruir vuestro tiempo libre.
Acabo de llegar a este sitio y no sé cuánto tiempo permaneceré aquí. Quizá una semana, quizá año y medio. Puede que más. Ya no estoy triste ni tengo miedo. Durante el tiempo que he estado aquí he sido perseguido, señalado, burlado, agredido, culpado, prejuzgado... Todo por mi origen. Mi lugar de procedencia es miserable, sí, pero vuestra burbuja está llena de gente miserable.
Antes de despedirme, antes de que pase a ser sólo una voz intranquilizadora que oísteis una vez, quiero recordaros una cosa. Las fronteras sólo existen en vuestra mente. No hay un primer mundo ni un tercero. Compartís y matáis de hambre a vuestros compatriotas, y estáis orgullosos de ello.
Perpetuáis la matanza con vuestra complicidad.
¿Porqué entonces el hambre? Eramos trabajadores, y a duras penas conseguíamos algo que llevarnos a la boca. Varios hermanos murieron por falta de alimento. No pude con aquella situación. Un amigo mío me habló acerca de la posibilidad de cambiar de país. No era fácil ni estaba exento de peligro pero, ¿Qué opciones tenía? Todavía hay gente que me lo recrimina. Qué sabrán ellos. No tienen ni idea de lo que es despertarse por las mañanas preguntándose si hoy podrás comer. Desconocen lo que es perder un hermano por inanición o porque no tengas posibilidad de conseguir un medicamento adecuado para alguna enfermedad que tiene cura desde hace mucho tiempo.
Vivís perfectamente bien. Contratáis a gente de otros lugares en condiciones pésimas, pagándoles menos de lo que merecen por hacer trabajos que vosotros, culos finos del primer mundo, no haríais porque lo consideráis deshonroso para el nivel de vida que lleváis. Muchos no tienen más opción que delinquir por supervivencia. Y tenéis las narices de culparnos.
Viendo vuestro mundo aquí, desde un centro de internamiento para personas ilegales, veo vuestras preocupaciones como lo que realmente son: basura. Considerar un problema no tener dinero para salir un fin de semana o no poder comprarte ropa cara es un insulto. Habéis olvidado lo que es el miedo, lo que es no tener algo que llevarse a la boca. Estáis inmersos en una burbuja de felicidad ficticia que os impide ver más allá de vuestros propios genitales. Nacéis, existís y morís sólo para trabajar y autodestruir vuestro tiempo libre.
Acabo de llegar a este sitio y no sé cuánto tiempo permaneceré aquí. Quizá una semana, quizá año y medio. Puede que más. Ya no estoy triste ni tengo miedo. Durante el tiempo que he estado aquí he sido perseguido, señalado, burlado, agredido, culpado, prejuzgado... Todo por mi origen. Mi lugar de procedencia es miserable, sí, pero vuestra burbuja está llena de gente miserable.
Antes de despedirme, antes de que pase a ser sólo una voz intranquilizadora que oísteis una vez, quiero recordaros una cosa. Las fronteras sólo existen en vuestra mente. No hay un primer mundo ni un tercero. Compartís y matáis de hambre a vuestros compatriotas, y estáis orgullosos de ello.
Perpetuáis la matanza con vuestra complicidad.
domingo, 12 de octubre de 2008
Rata
| Mi historia es un tanto atípica en cuanto a lo extraña que es. Soy una especie de Peter Pan que ni quiere ser mayor, ni lo intenta. De mi nacimiento no se sacó nada en claro, exceptuando el hecho de que dejé de estar en la tripita de mi madre (o eso al menos le aseguró el médico a ella), aunque a veces me gustaría volver, estando como está la vivienda. Ya que la educación oficial no me iba nada mal, aproveché para matricularme en la escuela de la vida, suspendiendo todas las materias que de ella derivaban salvando, por supuesto, "técnicas y procesos del malmeter", "critique por la espalda" y "¿A la cara? No, gracias". Quizá estos nombres de asignaturas suenen poco serios, pero no deja de ser enseñanza pública, qué te esperabas. Diría que el fracasar en mis estudios no oficiales me marcó, y puede que así sea, pero eso me ha hecho ser como soy (que tampoco es decir mucho). Es probable que usted, ávido lector, haya ya deducido (o le haya obligado a su padre a que lo haga por usted) que mi amor propio no conoce fronteras. Lejos de desmentirlo, diré que la constante humillación de la que hago gala en estas pobres líneas, no sólo la practico en carne propia. Más aún, se podría señalar que sacar defectos ajenos (cómo es lógico y natural, sin atender a los míos) es mi pasión. Obviamente, siempre ejecuto los conocimientos adquiridos en mis estudios paralelos, salvándome de tener que decirle nada al objeto de mis observaciones. Si algo he aprendido es que mi agujerito es muy acogedor, y de vez en cuando puedo pegar un grito desde él, con el fin de que el personal se sienta algo inquieto, sin saber muy bien a qué demonios viene ese berrido venido del averno. Desconozco cuando dejaré este mundo (al que, qué rayos, le he cogido cariño), tampoco me importa. No sé cuanta gente quiere que lo abandone para siempre y quién de verdad me tiene un mínimo de aprecio. A veces (creo), me da la sensación de que la forma de tratar al ser humano (sí, tildo con ese adjetivo a casi todas las personas) puede que haga que me aleje de mis seres queridos. Quizá mearme en sus caras de forma periódica a traición no es buena idea. Aquí tengo yo un gran conflicto interno. Todo lo que de pequeño me han inculcado (o por lo menos, cómo me comporto) me dice que no debo ser honesto. Pero es posible que paulatinamente la única compañía que tenga sea la de una telefonista diciéndome que me cambie a movistar. No suelo encontrar la presencia de ánimo para tener la valentía de exponer mis opiniones negativas hacia otras personas directamente. No creáis, sin embargo, que me callo lo que mi cerebro a duras penas procesa. Suelo expresar ese tipo de ideas a conocidos míos (a ser posible amigos mutuos, así los dos nos podemos reír bien a gusto o ponerlo a caldo). Tampoco os penséis que las criticas suelen ser constructivas, faltaría más. Procuro destruir siempre un poquito. Todo esto ha desvariado en un gran miedo a toda idea que vaya contra mí. Suelo decir que las respeto (¡Ja! ¡Inocentes!) y la gente me admira por ello. Intento, no obstante, utilizar todos los medios a mi alcance para quitar de en medio todo aquello que me incomoda haciendo ver que es lo más justo. Aunque imagino que es lo que tiene vivir en un agujero, el terror. Quizá se me pase con la edad, aunque visto lo visto, no sólo tengo pocas esperanzas, si no que me encanta hacer con las pocas que me quedan lo mismo que ya he dicho que hago con mis seres queridos y no tan queridos. Mearme periódicamente en su cara. |
viernes, 10 de octubre de 2008
Alas cortadas
La imagen era desoladora. Aquél animal luchaba por seguir lo que su propia naturaleza le indicaba. Trataba de elevarse del suelo, tal y como lo habían hecho generaciones y generaciones de sus antepasados. Su emplumado cuerpo se ponía en posición milimétrica, su instinto lo empujaba a ello, pero no obtenía respuesta de sus extremidades laterales, pues éstas no existían ya. Daba vueltas, desesperada, tratando de escapar de allí, lejos. No era para menos. A su alrededor, sus compañeras genéticas se burlaban de él. Le menospreciaban constantemente por sus intentos, por sus ideas que veían en el vuelo la mejor forma y más natural de ser ellos mismos. Hacían corros, cuchicheaban cuando pasaba, triste y abatida tras un nuevo intento.
Muchos sucedáneos al vuelo habían aparecido ya, y todos olvidaban, y en cierto modo temían, aquella forma natural y primigenia de idiosincrasia, algo que de verdad les hacía únicos. Tenían formas elaboradas de conseguir alimento, para lo cual esclavizaban a otras especies. Los animales que se usaban eran los mismos, pero se les negaba la oportunidad de vivir en libertad. Nadie se quejó, eran conscientes de que, sin el vuelo, toda forma de conseguir sustento era complicada.
Se olvidaron de los nidos, ya que no alcanzaban las altas copas de los árboles. Comenzaron a construir elaborados complejos donde vivían, siempre con miedo, pues, aunque no lo supieran, aquélla no era la forma en que su instinto, ya muy mermado, les instaba a vivir. Así mismo, cambió la forma de desplazarse. No podían migrar ya, y necesitaban deslazarse. Diseñaron complicados artefactos, con el fin de poder desplazarse por tierra, mar y aire. Todos los objetos necesarios para tal fin salían de fábricas que, paulatinamente, iban tornando gris el cielo por el que sus antepasados se desplazaban, ajenos a la tragedia que se avecinaba.
Sus vidas se volvieron tan cómodas, que consideraron un regalo la desaparición de las alas. Incluso, cuando algún recién nacido poseía alas, estas eran inmediatamente cortadas, en pos de la seguridad. Todos aquellos individuos que poseían el ansia de volar eran menospreciados, ridiculizados a diario. Las mismas aves que, en el fondo de su alma, soñaban con poder hacerlo, se burlaban de las que eran lo suficientemente honestas como para formular el deseo en voz alta, sin importarles el ridículo.
La que en estos momentos, trataba de alzarse contra todo pronóstico, no consiguió su objetivo. Sola no consiguió nada. Se giró y embistió contra aquellas que se burlaban de ella. Ya no quería conseguir nada.
Sus compañeras se habían reído de su sueño. Su meta ahora era hacer más incómoda su realidad.
Muchos sucedáneos al vuelo habían aparecido ya, y todos olvidaban, y en cierto modo temían, aquella forma natural y primigenia de idiosincrasia, algo que de verdad les hacía únicos. Tenían formas elaboradas de conseguir alimento, para lo cual esclavizaban a otras especies. Los animales que se usaban eran los mismos, pero se les negaba la oportunidad de vivir en libertad. Nadie se quejó, eran conscientes de que, sin el vuelo, toda forma de conseguir sustento era complicada.
Se olvidaron de los nidos, ya que no alcanzaban las altas copas de los árboles. Comenzaron a construir elaborados complejos donde vivían, siempre con miedo, pues, aunque no lo supieran, aquélla no era la forma en que su instinto, ya muy mermado, les instaba a vivir. Así mismo, cambió la forma de desplazarse. No podían migrar ya, y necesitaban deslazarse. Diseñaron complicados artefactos, con el fin de poder desplazarse por tierra, mar y aire. Todos los objetos necesarios para tal fin salían de fábricas que, paulatinamente, iban tornando gris el cielo por el que sus antepasados se desplazaban, ajenos a la tragedia que se avecinaba.
Sus vidas se volvieron tan cómodas, que consideraron un regalo la desaparición de las alas. Incluso, cuando algún recién nacido poseía alas, estas eran inmediatamente cortadas, en pos de la seguridad. Todos aquellos individuos que poseían el ansia de volar eran menospreciados, ridiculizados a diario. Las mismas aves que, en el fondo de su alma, soñaban con poder hacerlo, se burlaban de las que eran lo suficientemente honestas como para formular el deseo en voz alta, sin importarles el ridículo.
La que en estos momentos, trataba de alzarse contra todo pronóstico, no consiguió su objetivo. Sola no consiguió nada. Se giró y embistió contra aquellas que se burlaban de ella. Ya no quería conseguir nada.
Sus compañeras se habían reído de su sueño. Su meta ahora era hacer más incómoda su realidad.
sábado, 20 de septiembre de 2008
Banderas Negras
Al poco de entrar en contacto con este mundo, observé, con curiosidad, todo cuanto mis infantiles ojos podían ofrecerme. Un inmenso abanico de posibilidades se abrían ante mí, como un basto océano, dispuesto a ser devorado por una mente ansiosa de conocer. Descubrí la vida, la literatura, el amor, el deporte, la filosofía, el sexo, la risa, la muerte, la moral, la ciencia, el ocio, las matemáticas... Pero nunca llegué a entender del todo el significado de una palabra que estaba en boca de muchos, pero pocos empleaban en su vida. Aquella palabra era política.
En principio, por lo que pude deducir al principio, significaba algo así como la forma de establecer una sociedad, de cómo organizarla. De entrada, eso me descolocaba. ¿Cómo podía ser que ante algo de tanta importancia, hubiera tanta gente que se sintiera indiferente? Supuestamente era algo que a todos atañía, no había cabida para tamaña indiferencia. Era una palabra que me apasionaba, algo con lo que quería inmiscuirme, pero no sabía cómo.
Un día me propuse hacer una cosa. Compré una bandera que representara todas las prácticas políticas que conocía. Adquirí una que representaba la nación de mi país, una con una esvástica, una bandera con una oz y un martillo con un fondo rojo y una bandera que representaba un breve periodo republicano antes de una guerra civil. Las extendí, una por una, en mi casa, y las observé.
Era consciente de que cosas tan simples como una bandera reflejaban mucho. Una forma de vida, una forma de pensar. Algo que llevar dentro de ti, que te ayuda a desenvolverte en la vida. Un cristal para observar el mundo, sabiendo que cada persona tenía un cristal por completo distinto. Largo rato estuve mirando cada una de ellas, observando. Elegí una al azar.
Escogí la de la esvástica, por ser la que me parecía más curiosa. Me informé sobre su significado, lo que representaba. Tantos muertos y tanto sinsentido me espantaron. Mi cabeza no concebía que ningún ser humano fuera mejor que otro, o que tuviera preferencia nadie sobre nadie, ni mucho menos por su color de piel. Cambié de bandera, escogí, ahora, la de mi país. En principio no había allí nada que me inquietara o incomodara, hasta que me informé de la forma de gobierno. Consistía en una monarquía parlamentaria, donde ya había patente una gran desigualdad a la diferencia entre familia real y pueblo llano. Algunas noticias que leí sobre el tema acabaron por convencerme de este hecho y deseché aquél trapo.
Pasé, ahora, a la bandera de la república pasada. El sistema me pareció correcto, coherente. No había, en principio, nadie por encima de nadie. Cuando vi el deterioro que tuvo progresivamente así como que los problemas sociales no remitieron, lo descarté también, arrojando aquellas tres franjas de colores distintos al mismo sitio donde descansaban las otras desechadas. Alcé ahora la roja con la oz y el martillo, agarrándola con las manos. Partía de una buena base, como fui comprendiendo conforme leía, pero los horrores que había creado, así como lo crudo de su práctica, hizo que la arrojara.
Nada tenía yo, pues, a lo que aferrarme. Una tras otra, las prácticas políticas habían acabado por oscurecer mi alma. Bajé de mi casa a la calle, cegada por la tristeza. Compré unos botes de pintura, y subí a mi casa.
Al rato salí a la calle, con las banderas de nuevo en la mano, así como los botes. Fui buscando sitios en la ciudad, que ahora se encontraba de noche, para ir colgando las banderas. Había decidido que, ya que ellas habían oscurecido mi alma, iba a pagarles con la misma moneda.
Aquella mañana, las banderas que había adquirido, despertaron negras, colgadas en distintos puntos de la urbe. Y, lo que más llamó la atención, es que todas las banderas de la ciudad, amanecieron del mismo color.
Mi alma respiró tranquila, pues había conseguido trasladar su negrura a un trozo de tela que ya no significaba nada para ella. Y ahora, al margen de todas las mentiras, comencé a descubrir qué significaba la palabra política.
En principio, por lo que pude deducir al principio, significaba algo así como la forma de establecer una sociedad, de cómo organizarla. De entrada, eso me descolocaba. ¿Cómo podía ser que ante algo de tanta importancia, hubiera tanta gente que se sintiera indiferente? Supuestamente era algo que a todos atañía, no había cabida para tamaña indiferencia. Era una palabra que me apasionaba, algo con lo que quería inmiscuirme, pero no sabía cómo.
Un día me propuse hacer una cosa. Compré una bandera que representara todas las prácticas políticas que conocía. Adquirí una que representaba la nación de mi país, una con una esvástica, una bandera con una oz y un martillo con un fondo rojo y una bandera que representaba un breve periodo republicano antes de una guerra civil. Las extendí, una por una, en mi casa, y las observé.
Era consciente de que cosas tan simples como una bandera reflejaban mucho. Una forma de vida, una forma de pensar. Algo que llevar dentro de ti, que te ayuda a desenvolverte en la vida. Un cristal para observar el mundo, sabiendo que cada persona tenía un cristal por completo distinto. Largo rato estuve mirando cada una de ellas, observando. Elegí una al azar.
Escogí la de la esvástica, por ser la que me parecía más curiosa. Me informé sobre su significado, lo que representaba. Tantos muertos y tanto sinsentido me espantaron. Mi cabeza no concebía que ningún ser humano fuera mejor que otro, o que tuviera preferencia nadie sobre nadie, ni mucho menos por su color de piel. Cambié de bandera, escogí, ahora, la de mi país. En principio no había allí nada que me inquietara o incomodara, hasta que me informé de la forma de gobierno. Consistía en una monarquía parlamentaria, donde ya había patente una gran desigualdad a la diferencia entre familia real y pueblo llano. Algunas noticias que leí sobre el tema acabaron por convencerme de este hecho y deseché aquél trapo.
Pasé, ahora, a la bandera de la república pasada. El sistema me pareció correcto, coherente. No había, en principio, nadie por encima de nadie. Cuando vi el deterioro que tuvo progresivamente así como que los problemas sociales no remitieron, lo descarté también, arrojando aquellas tres franjas de colores distintos al mismo sitio donde descansaban las otras desechadas. Alcé ahora la roja con la oz y el martillo, agarrándola con las manos. Partía de una buena base, como fui comprendiendo conforme leía, pero los horrores que había creado, así como lo crudo de su práctica, hizo que la arrojara.
Nada tenía yo, pues, a lo que aferrarme. Una tras otra, las prácticas políticas habían acabado por oscurecer mi alma. Bajé de mi casa a la calle, cegada por la tristeza. Compré unos botes de pintura, y subí a mi casa.
Al rato salí a la calle, con las banderas de nuevo en la mano, así como los botes. Fui buscando sitios en la ciudad, que ahora se encontraba de noche, para ir colgando las banderas. Había decidido que, ya que ellas habían oscurecido mi alma, iba a pagarles con la misma moneda.
Aquella mañana, las banderas que había adquirido, despertaron negras, colgadas en distintos puntos de la urbe. Y, lo que más llamó la atención, es que todas las banderas de la ciudad, amanecieron del mismo color.
Mi alma respiró tranquila, pues había conseguido trasladar su negrura a un trozo de tela que ya no significaba nada para ella. Y ahora, al margen de todas las mentiras, comencé a descubrir qué significaba la palabra política.
lunes, 15 de septiembre de 2008
Perdón
Una gran roca sobrevoló el cielo, directo hacia aquella gran y elaborada estructura de piedra. Toda ella tembló, y algunos bloques salieron disparados. El monarca observaba todo aquello con una mueca en el rostro. Veía como sus murallas estaban siendo destruidas y su población masacrada. El único consuelo era que el pueblo rival estaba en una tesitura parecida. Y parecía que su ciudad, al igual que la del enemigo, iban a resistir, como siempre, un día más.
La aversión que sentía hacia aquél lugar era, como casi toda aversión, por completo irracional. Mientras aquél rey devorado, como toda su estirpe, por el odio, daba órdenes firmes a sus subordinados para que repararan las murallas, era por completo consciente de que tardarían exactamente lo mismo en reformar las suyas propias que su adversario. Así basaban su vida y su existencia. En una lucha contra un enemigo tan igual al suyo, que pensar en derrota o victoria era absurdo.
No obstante, todo el reino se contagiaba de aquella lucha, de aquella sed de sangre. Nombrar el otro reino era perseguido, mal visto y, en muchas ocasiones, castigado incluso con la muerte. Todo el pueblo sentía una devoción sangrienta contra el pueblo contiguo. No se conocía la paz, ni mucho menos la compasión.
Nadie recordaba con exactitud los orígenes de aquella guerra. Los antepasados de ambos monarcas fueron antaño grandes amigos, camaradas. Fue una disputa entre ellos lo que hizo que se enemistaran. La leyenda cuenta que una espada cayó sobre el césped cuando ambos se encontraban de caza. Ambos atribuyeron aquél insólito hecho únicamente a Dios, y comenzaron a discutir acerca de quién debería quedarse aquella arma. Según narraba el rey a sus nietos en los escasos momentos que pasaba junto a ellos, la leyenda cuenta que el monarca contrario engañó a su antepasado, arrebatándola la espada y huyendo.
Un soldado penetró corriendo el largo pasillo por donde paseaba el monarca, camino a reunirse con sus generales. Le comunicó que había encontrado una preocupante pintada en una de las calles principales de su ciudad. Se apresuró, junto con su séquito, para ver dicho mensaje, y lo que vio lo dejó sin palabras. En grandes letras rojas, podían leerse mensajes panfletarios, apoyando al pueblo vecino. El monarca enrojeció de ira y volvió corriendo a su castillo, dispuesto a reunirse con sus generales de mayor confianza.
La ira dominaba cada una de sus acciones. En un principio pensó en buscar al autor de aquella atrocidad, pero ante lo grande de la ciudad, desechó la idea. Declaró ante sus generales que iba a crear la gran ofensiva. El todo o nada. O volvía con la espada que le pertenecía por derecho en una mano y la cabeza de su némesis en la otra, o no volvería. Dispuso su numeroso ejército, y, al anochecer, partió hacia la batalla.
A mitad de camino, ocurrió algo que sorprendió sobremanera al rey, que lideraba a sus soldados. Se encontró frente al ejército adversario. El silencio fue mortal, y ni el viento se atrevió a turbar aquella tensión. Todas las miradas se volvieron sobre los dos soberanos, que sentados sobre sus monturas, se observaban desde la distancia. No se puede decir que uno de los dos diera el primer grito, pues la orden de atacar pareció que saliera de una misma voz, cuando ambos tenían el brazo en la misma posición.
Aquél gesto, algo tan simple, desencadenó una marea humana de cascos, armas, rabia, sangre y sinrazón. Seres humanos, de uno y otro bando, gritaban, bien de dolor o bien por un odio inercial. Los campos no tardaron en teñirse de rojo, a la vez que cada vez había más personas tumbadas que de pie. El rey observaba todo aquello, nervioso y contrariado. La tristeza de ver a su pueblo muriendo contrarrestaba con la alegría por el enemigo pisoteado.
Se había quedado solo, pues sus generales habían ido a ayudar a sus hombres. Una figura a caballo pasó veloz a su lado, arrebatándole la corona. Observó su cabeza, sin aquél aro dorado que siempre llevaba, y le siguió, con su montura. El misterioso jinete, envuelto en mantas negras, rodeó el campo de batalla, sin pasar por él, y avanzó en dirección contraria a la ciudad del rey.
Tras un rato cabalgando, el extraño soltó la corona y siguió su camino. Entonces, el soberano giró la cabeza, observando donde se encontraba. Y entonces lo vio. Era el monarca enemigo.
- ¡Me has tendido una trampa! -exclamó.
-No me engañarás. ¡Me has pillado desprevenido pero ahora acabaré contigo!
-Sois unos idiotas los dos -se giraron, y vieron a la figura envuelta en capas negras-. Pero no tenéis la culpa. La cosa parece que viene de familia.
-¿Quién demonios eres tú? ¡Seguro que esto es cosa tuya, maldito bastardo decrépito! -exclamó uno de los dos reyes.
- ¡Calla esa lengua o te la corto!
- ¡Basta! -la figura negra, cuyo rostro estaba tapado por una capa y un sombrero de ala ancha, se acercó al medio de ambos monarcas-. Me he cansado de esto. ¡Generaciones de gobernantes perdidos en una guerra absurda y ni siquiera nadie ha tenido la molestia de ver de dónde procede! ¿Alguno tiene la más remota idea? ¿Sabéis porqué estáis enviando a vuestro pueblo a morir día tras día?
- ¡Por la espada! -gritaron ambos al unísono.
- No existe tal espada. A ninguno de los reyes que han tenido esas malditas ciudades sin suerte se le ha ocurrido investigar. ¡La disputa procede por un maldito jamón!
- ¡Mientes! -exclamaron. El misterioso hombre sacó un libro de entre sus ropas.
- Cito, de las memorias de vuestro antepasado, cuya disputa ha generado este caos y esta parodia de honor -girándose hacia uno de los dos monarcas-. "El maldito bastardo de Julius no ha querido comer del jamón que le he regalado por su cumpleaños porque decía que estaba muy lleno tras el banquete. Es la peor afrenta que podía hacerme. Puede que estuviera realmente lleno por el banquete, pero podía haber hecho un esfuerzo. Hasta que no me presente mis disculpas no pienso volver a hablarle." -cerró el libro-. Ya ves, toda esta basura, toda esta guerra, todo el sufrimiento que habéis generado se remonta a un patético jamón. ¿No tenéis nada que decir?
El silencio se apoderó de aquél extraño trío, aunque de fondo seguía sonando el sonido de la muerte, la lucha, la espada contra la espada. Silencio que pronto fue interrumpido.
- ¡El retrasado de tu antepasado no quiso comer del jamón del mío!
- ¡El tuyo es un insolente!
Pronto comenzaron a discutir nuevamente, acercándose el uno al otro amenazándose con las espadas. El hombre les interrumpió.
- ¿Tienen hijos?
- No -contestaron ambos.
- Mejor - sacó de entre sus ropajes dos espadas y les rajó el cuello a los dos.
Aquél hombre nunca más fue visto entre aquellas ciudades. Las nuevas generaciones, poco a poco, olvidaron las rencillas. Sin embargo, durante un tiempo, las madres siempre les recordaban a sus hijos que el perdón no es símbolo de debilidad. Que, de haber sabido pedir disculpas en el momento oportuno, todavía tendrían un padre que no murió en una disputa absurda. Fue dicho popular entre aquellos lugares que, no se sabía si perdonar era divino o no. Pero era lo que les hacía mejores como humanos.
La aversión que sentía hacia aquél lugar era, como casi toda aversión, por completo irracional. Mientras aquél rey devorado, como toda su estirpe, por el odio, daba órdenes firmes a sus subordinados para que repararan las murallas, era por completo consciente de que tardarían exactamente lo mismo en reformar las suyas propias que su adversario. Así basaban su vida y su existencia. En una lucha contra un enemigo tan igual al suyo, que pensar en derrota o victoria era absurdo.
No obstante, todo el reino se contagiaba de aquella lucha, de aquella sed de sangre. Nombrar el otro reino era perseguido, mal visto y, en muchas ocasiones, castigado incluso con la muerte. Todo el pueblo sentía una devoción sangrienta contra el pueblo contiguo. No se conocía la paz, ni mucho menos la compasión.
Nadie recordaba con exactitud los orígenes de aquella guerra. Los antepasados de ambos monarcas fueron antaño grandes amigos, camaradas. Fue una disputa entre ellos lo que hizo que se enemistaran. La leyenda cuenta que una espada cayó sobre el césped cuando ambos se encontraban de caza. Ambos atribuyeron aquél insólito hecho únicamente a Dios, y comenzaron a discutir acerca de quién debería quedarse aquella arma. Según narraba el rey a sus nietos en los escasos momentos que pasaba junto a ellos, la leyenda cuenta que el monarca contrario engañó a su antepasado, arrebatándola la espada y huyendo.
Un soldado penetró corriendo el largo pasillo por donde paseaba el monarca, camino a reunirse con sus generales. Le comunicó que había encontrado una preocupante pintada en una de las calles principales de su ciudad. Se apresuró, junto con su séquito, para ver dicho mensaje, y lo que vio lo dejó sin palabras. En grandes letras rojas, podían leerse mensajes panfletarios, apoyando al pueblo vecino. El monarca enrojeció de ira y volvió corriendo a su castillo, dispuesto a reunirse con sus generales de mayor confianza.
La ira dominaba cada una de sus acciones. En un principio pensó en buscar al autor de aquella atrocidad, pero ante lo grande de la ciudad, desechó la idea. Declaró ante sus generales que iba a crear la gran ofensiva. El todo o nada. O volvía con la espada que le pertenecía por derecho en una mano y la cabeza de su némesis en la otra, o no volvería. Dispuso su numeroso ejército, y, al anochecer, partió hacia la batalla.
A mitad de camino, ocurrió algo que sorprendió sobremanera al rey, que lideraba a sus soldados. Se encontró frente al ejército adversario. El silencio fue mortal, y ni el viento se atrevió a turbar aquella tensión. Todas las miradas se volvieron sobre los dos soberanos, que sentados sobre sus monturas, se observaban desde la distancia. No se puede decir que uno de los dos diera el primer grito, pues la orden de atacar pareció que saliera de una misma voz, cuando ambos tenían el brazo en la misma posición.
Aquél gesto, algo tan simple, desencadenó una marea humana de cascos, armas, rabia, sangre y sinrazón. Seres humanos, de uno y otro bando, gritaban, bien de dolor o bien por un odio inercial. Los campos no tardaron en teñirse de rojo, a la vez que cada vez había más personas tumbadas que de pie. El rey observaba todo aquello, nervioso y contrariado. La tristeza de ver a su pueblo muriendo contrarrestaba con la alegría por el enemigo pisoteado.
Se había quedado solo, pues sus generales habían ido a ayudar a sus hombres. Una figura a caballo pasó veloz a su lado, arrebatándole la corona. Observó su cabeza, sin aquél aro dorado que siempre llevaba, y le siguió, con su montura. El misterioso jinete, envuelto en mantas negras, rodeó el campo de batalla, sin pasar por él, y avanzó en dirección contraria a la ciudad del rey.
Tras un rato cabalgando, el extraño soltó la corona y siguió su camino. Entonces, el soberano giró la cabeza, observando donde se encontraba. Y entonces lo vio. Era el monarca enemigo.
- ¡Me has tendido una trampa! -exclamó.
-No me engañarás. ¡Me has pillado desprevenido pero ahora acabaré contigo!
-Sois unos idiotas los dos -se giraron, y vieron a la figura envuelta en capas negras-. Pero no tenéis la culpa. La cosa parece que viene de familia.
-¿Quién demonios eres tú? ¡Seguro que esto es cosa tuya, maldito bastardo decrépito! -exclamó uno de los dos reyes.
- ¡Calla esa lengua o te la corto!
- ¡Basta! -la figura negra, cuyo rostro estaba tapado por una capa y un sombrero de ala ancha, se acercó al medio de ambos monarcas-. Me he cansado de esto. ¡Generaciones de gobernantes perdidos en una guerra absurda y ni siquiera nadie ha tenido la molestia de ver de dónde procede! ¿Alguno tiene la más remota idea? ¿Sabéis porqué estáis enviando a vuestro pueblo a morir día tras día?
- ¡Por la espada! -gritaron ambos al unísono.
- No existe tal espada. A ninguno de los reyes que han tenido esas malditas ciudades sin suerte se le ha ocurrido investigar. ¡La disputa procede por un maldito jamón!
- ¡Mientes! -exclamaron. El misterioso hombre sacó un libro de entre sus ropas.
- Cito, de las memorias de vuestro antepasado, cuya disputa ha generado este caos y esta parodia de honor -girándose hacia uno de los dos monarcas-. "El maldito bastardo de Julius no ha querido comer del jamón que le he regalado por su cumpleaños porque decía que estaba muy lleno tras el banquete. Es la peor afrenta que podía hacerme. Puede que estuviera realmente lleno por el banquete, pero podía haber hecho un esfuerzo. Hasta que no me presente mis disculpas no pienso volver a hablarle." -cerró el libro-. Ya ves, toda esta basura, toda esta guerra, todo el sufrimiento que habéis generado se remonta a un patético jamón. ¿No tenéis nada que decir?
El silencio se apoderó de aquél extraño trío, aunque de fondo seguía sonando el sonido de la muerte, la lucha, la espada contra la espada. Silencio que pronto fue interrumpido.
- ¡El retrasado de tu antepasado no quiso comer del jamón del mío!
- ¡El tuyo es un insolente!
Pronto comenzaron a discutir nuevamente, acercándose el uno al otro amenazándose con las espadas. El hombre les interrumpió.
- ¿Tienen hijos?
- No -contestaron ambos.
- Mejor - sacó de entre sus ropajes dos espadas y les rajó el cuello a los dos.
Aquél hombre nunca más fue visto entre aquellas ciudades. Las nuevas generaciones, poco a poco, olvidaron las rencillas. Sin embargo, durante un tiempo, las madres siempre les recordaban a sus hijos que el perdón no es símbolo de debilidad. Que, de haber sabido pedir disculpas en el momento oportuno, todavía tendrían un padre que no murió en una disputa absurda. Fue dicho popular entre aquellos lugares que, no se sabía si perdonar era divino o no. Pero era lo que les hacía mejores como humanos.
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