martes, 15 de diciembre de 2009

Callejón nocturno

Hacía bastante tiempo ya que el Sol se había puesto cuando yo regresaba congelado a casa. Había sido una noche atípica, aunque bastante agradable. Estaba extremadamente cerca de mi hogar cuando escuché algo procedente de un callejón, a mi derecha. Un sonido que ya sólo había oído en las películas y que hizo que se quebrara mi alma. Era el sonido del martilleo de una pistola.

- Ven -dijo una voz terriblemente grave.

El estómago me dió un vuelco y comencé a temblar. Debido a la falta de luz del callejón, ni siquiera podía ver de mi interlocutor nada que no fuera una silueta borrosa. Hice acopio de las escasas fuerzas que me quedaban y me dirigí hacia mi armado interlocutor.

- Te... te estás equivocando de persona -balbuceé.

- No buscaba a nadie en concreto, así que dudo que me haya equivocado -no sé si era por la falta de sueño, por el miedo o causa de mi imaginación, pero su voz me sonaba cada vez más grave-. Ven y siéntate a mi lado. Y, por favor, no trates de salir corriendo. Te daría antes de que empezaras a tensar algún músculo y no quiero eso. Si colaboras, esto terminará antes de que te des cuenta.

Cuando volví a ser plenamente consciente de qué hacía, y tal vez calmado mi subconsciente a raíz de la última promesa, me acerqué hacia el callejón, sentándome al lado de aquella voz, cuya representación visual seguía sin ser más que una difusa imagen negra.

- Buenas noches –saludó cordialmente-. Soy Felipe Pedreo. Tu confesor esta noche. Aquella persona con la que hablarás hasta que ya no quede nada que decir. Seré tu asesino y el mío.

- Has dicho que no me harías daño –el terror se apoderó de mí.

- No, eso no es verdad. He dicho que esto terminaría antes de que te dieras cuenta. Como entenderás, no tiene nada que ver una cosa con la otra.

Se hizo el silencio. Mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad. Pude ver que tenía el pelo algo alborotado, y me pareció ver que llevaba unas gafas. También creí discernir una especie de gabardina, pero no estaba seguro. Tras unos instantes en silenció, el recientemente bautizado para mí como Felipe, retomó la conversación.

- Te preguntarás porqué un hombre con una pistola puede querer algo que no sea ni tu dinero ni tu integridad sexual. La respuesta, aunque sencilla, es poco común. Necesito que alguien me escuche. Mi vida es una mierda y hace tiempo decidí ponerle fin, pero no quiero irme sin que alguien escuche lo que quiero y tengo que decir. Aún así, mi ego no es tan alto como para querer que todo el mundo oiga mi historia y se conmueva. Mi objetivo es que al menos un ser humano se siente a conversar conmigo sobre mi vida y la suya. Ya ves, una persona con una edad tan grande como la mía y ni siquiera he tenido la oportunidad de tener una disquisición seria con nadie. Nadie me ha escuchado. Y para eso, amigo mío, estáis tú y esta pistola.

- ¿Y porqué tengo que morir yo? ¿Por qué no me cuentas tu vida y luego me dejas salir y huir? –ahora pude ver que el color de su pelo era algo rubio. Llevaba unos vaqueros.

- No es tan sencillo. Necesito que esto quede entre nosotros dos. Nada debe salir de aquí. Algunas de las cosas atañen a terceros y no quiero perjudicar a nadie. Por eso, amigo mío, debes morir conmigo. No puedo arriesgarme.

- Ni siquiera te conozco –dije, desesperado.

- Eso da igual. Mañana, en el periódico, pondrá que dos personas murieron a causa de dos disparos. Una persona turbada se suicidó y se llevó a alguien consigo.

Comenzó a faltarme aire para respirar. Empecé a sollozar y por mi mente surcaron, veloces, millones de caras y de pensamientos. Concretamente, una cara se asentó con fuerza, haciendo que el resto parecieran simplemente un marco sin importancia.

- ¿En quién piensas? –me sobresaltó Felipe.

- ¿Cómo sabes que estoy pensando en alguien? –me sorprendí.

- Se te nota en la cara. Ante todo este esperpéntico panorama has sonreído. O estás tan desesperado como yo, o hay alguien que, pese a toda esta locura, te hace sonreír.

- Tienes razón –reconocí-. Se trata de mi pareja. Sara

- Vaya –Felipe sonrió-. ¿Tienes alguna foto?

Sorprendido por la pregunta, asentí nervioso. Rebusqué en mi cartera, la encontré y se la di. No pude evitar echarme a llorar.

- Es muy guapa –admitió-. Tienes suerte.

- ¿Cómo puedes tener el estómago para decirme eso? –dije, entre suspiros incontrolados.

- Tienes razón. Lo siento.

De nuevo, el silencio se apoderó de los dos. Me devolvió la foto de ella. La miré, tratando de recordar cada línea, cada detalle.

- En fin, creo que es hora de que empecemos -dijo.

- Haz lo que te dé la gana –contesté de mal humor.

- Comprendo esa reacción. Tampoco esperaba caerte bien.

- Cállate y empieza de una vez.

- Como quieras. La verdad es que desde que nací, tú eres la persona que más me ha escuchado. Mis padres estaban todo el día trabajando para poder costearme los estudios y apenas hablaban conmigo más que para lo más insulso. La gente con la que más contacto tenía durante el colegio era para jugar a fútbol y nunca intercambié más de dos palabras con ninguno. De siempre he sido una persona con muchas inquietudes… perdona, creo que todavía no me has dicho tu nombre…

- Martín, pero sigue.

- Vale. Como te decía, Martín, de siempre he sido una persona con una gran necesidad de contacto humano. Un contacto que nunca he recibido. Acabé mis estudios, y comencé a trabajar en una oficina, anhelando hablar con alguien. Mi jefe era un capullo que no se dirigía hacia mí nada más que para quejarse de lo mal que hacía todo. Mis compañeros no sólo no querían saber nada de mí si no que le daban la razón por evitarse problemas y subir puntos ante él. Empecé un matrimonio inercial con una persona a la que detesto simplemente porque pensaba que podría hablar. Me equivoqué. Sé que desde prácticamente el principio me es infiel, y la verdad es que me da bastante igual. La conclusión es que desde que puse un pie en el mundo, nadie nunca ha escuchado lo que tenía que decir. Millones de ideas mías han muerto, como tú y yo moriremos hoy, sin que nadie las escuchara. Eso es lo que quería que algún ser humano supiera. Ahora ya lo sabes. ¿Qué tienes que decir?

- Que eres imbécil, Felipe. Eres el ser humano más imbécil sobre la faz de la Tierra.

- ¿A qué se debe tal calificativo? –contestó, visiblemente asombrado.

- Dices que tu vida ha sido dura. Y, en cierto modo lo es. Sé lo que es que nadie te escuche. Mis padres murieron cuando no tenía ni cinco años, y he ido pasando temporadas de mi vida en casas de diferentes tíos que no querían saber nada de mí. En cada nuevo colegio al que tenía que ir se me marginaba por norma y nunca se me acercaron para nada que no fuera golpearme o quitarme los pantalones entre todos. Cuando por fin pude independizarme, ni siquiera había terminado mis estudios. Conseguí un trabajo de mierda donde, además, trabajaba solo. Mi sueldo era una miseria. Y no he conseguido una relación de verdad hasta hace irrisoriamente poco, después de estar varios años con una persona que me trataba como si fuera mierda. ¿Acaso crees que me di por vencido? No. Me levantaba cada mañana con un esfuerzo indecible para querer creer que yo valía algo, que alguien ahí fuera podría acabar por quererme, por respetarme y por oírme. Y lo conseguí. Y ni siquiera estoy diciendo que por querer suicidarte seas un cobarde. Digo que eres un cobarde por querer llevarte una vida sólo porque te has rendido.

Un pesado silencio se apoderó de los dos. Ambos respirábamos de una forma bastante audible.

- Tienes razón. Aún tengo una posibilidad de ser feliz, de ser escuchado –se levantó-. Voy a salir ahí fuera para gritarle a todo el mundo que puedo ofrecer algo. Que todavía soy alguien.

- No por mucho tiempo –susurré. El se giró y me miró extrañado. Sus ojos casi se caen de sus órbitas cuando observaron como mi mano sostenía la pistola que hasta hace poco él había tenido en su poder-. No sabes hasta qué punto entristece ver que alguien es capaz de rendirse tan pronto. He tenido paciencia con la vida y con el mundo. He procurado conseguir la constancia para tratar de superar todo. Eres cruel, Felipe. Eres cruel y odioso. Si hay alguien en la vida que no merezca ser feliz, ese eres tú.


Apunté y se oyó un gran estruendo. La bala atravesó la cabeza, haciéndola saltar por los aires. Todo quedó lleno de sangre. Debido a lo tenso de toda la conversación, no fui consciente hasta que fue demasiado tarde de que ya era prácticamente de día. Comenzaron a oírse pasos y gritos. No me vi con fuerzas de tener que enfrentarme a aquello. No pude soportar la idea de tener que contar lo sucedido a Sara y que fuera consciente de lo que he hecho. De esta monstruosidad. Sabía que habría huellas de los dos en la pistola. Así que hice lo poco que se me ocurrió. Por primera vez en mi vida me rindí. Levanté la pistola.

A la mañana siguiente el periódico relataba como dos personas habían muerto durante la pasada noche a causa de dos balas.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Escribir por escribir

El editor miró ceñudo al que, en definitiva, no era más que un simple empleado. Lo observó visiblemente malhumorado, sosteniendo en sus manos un fajo de folios debidamente encuadernado. Pasaba las hojas con desdén y rapidez, pese a que sus ojos no se apartaban de él. Suspiró y arrojó el documento a su mesa, sin ceremonias ni cuidado.

- A ver, Manuel, eres uno de mis mejores escritores. Mucha gente ha leído tus libros, los disfrutan y piden tu nombre en casi todas las librerías del país, incluso del mundo. Y creo que te pedí algo tremendamente sencillo. Para la mayoría de escritores, se trataría de algo irrisorio. Conozco tu vida, tus inquietudes y tus relaciones. Has vivido infiernos y has rozado la felicidad con la llema de los dedos, hasta que finalmente has conseguido, por el momento, alcanzarla. Únicamente te rogué que escribieras un libro sobre tus vivencias, obviamente sin decir que son tuyas. Que relataras tus romances, tus errores, tus acciones. Aquellos viajes maravillosos de los cuales he sido partícipe cuando me los relatabas, con una emoción contagiosa. Sientes cada momento de tu vida con una intensidad digna de envidia, ¿Por qué demonios no puedes escribir sobre ella?

- Tienes razón sobre varias cosas. Es verdad, soy uno de tus mejores escritores. Mucha gente me ha leído y todas esas chorradas, que no son más que unos datos que sirven para engordar tímidamente mis ingresos, y algo más descaradamente los tuyos. Y es verdad, cada momento de mi vida es para mí algo indispensable para ser quien soy. En mi casa tengo mi propio texto, mucho más extenso, real e intenso que este que sin miramientos has arrojado sobre la mesa. Y has de saber que, al llegar a casa, lo quemaré. Y la razón es muy simple. Siempre he vivido para vivir. Escribir sobre ladrones, princesas, asesinatos, naves espaciales, romances ajenos, ciudades lejanas... no me supone ningún tipo de problema. Me llena, es innegable. Pero al menos sé que hay una parte de mí que sigue siendo, en parte, únicamente mía. ¿Qué sería de mis amigos si todo lo que he vivido con ellos no son más que una anécdota en un libro? Me horroriza pensar que todos esos momentos que constituyen lo que soy ahora pasen a formar parte del recuerdo difuso de algún lector imbécil. Que un folio sea testigo perpetuo de lo que sentí, por mucho que ese sentimiento cambie. No, señor editor. Mi vida es mía y sólo quiero compartirla con la gente que aprecio.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Lo que pudo ser

Un hombre y una mujer se cruzaban, mirándose. La noche es fría y ambos avanzan deprisa, pese a lo cual, frenan progresivamente conforme se acercan. Sostenien la mirada durante un tiempo y luego continuan el camino. La cara del chico denota contradicción, pero no se gira. No se vuelve para mirar a aquella chica a los ojos. No retrocede para hablar con ella, para intercambiar impresiones. Para decirle que su sola mirada ha bastado para arrastrar todos sus tapujos y timidez al más puro vacío. Que quería conocerla. Quería amarla.

Eso bien pudo ser el principio de algo eterno. Una anécdota que contar a los nietos frente a una hoguera. Algo que recordar durante una discusión. El comienzo de un gran abrazo. Un abrazo reparador capaz de acabar con cualquier duda.

Una persona nerviosa en un taxi, mirando por la ventanilla. Los edificios se suceden uno tras otro, a gran velocidad. Y sin embargo, al ocupante y cliente le parece como si estuviera yendo hacia atrás. Por fin vislumbra aquél gran letrero. Aeropuerto. Rezaba por llegar a tiempo. Otra discusión. Otra maldita discusión.

Rezaba por llegar a tiempo.

Cruza como una exalación dentro del edificio y corre a preguntar por la puerta de embarque. La señorita le dice que no puede hacer nada, que está despegando. Desde su posición puede ver por la ventama como el avión comienza a elevarse. El avión donde estaba ella. Una ausencia inamovible.

Nadie regresa por la puerta de embarque. No está ella, con los ojos llorosos, dispuesta a devolverle la vida. Se ha ido, y se ha ido para siempre. Algo que quizá pudiera haber cambiado de no haber sido todo tan confuso. De no haber discutido por tonterías. De haber terminado la conversación. De haber cogido un taxi cinco minutos antes. Y ahora, lo único que le queda es el olvido.

Una persona vuelve a casa, de noche. La calle está desierta y está muy cansado. Necesita llegar a casa lo antes posible, se siente desfallecer. Cada paso sienta como una losa en su ya de por sí mermada capacidad motora. Y como siempre, regresando por aquél camino, la misma disyuntiva. Izquierda o derecha. Nunca había sabido qué camino le dejaba más rápido en su tranquila casa, en su cómoda cama. En la tranquilidad que ahora tanto ansiaba. Por no pensar, escogió la izquierda. Llegó a su casa, a su cama y a su tranquilidad sin ningún percance. Aquella noche durmió estupendamente y de un tirón. Morfeo le acunó con sueños de felicidad.

Mientras tanto, en la calle de la derecha, momentos antes, el asesino degollaba a la víctima.

No deja de ser curioso lo fácil y complicado a la vez que resulta que nos ocurra algo sorprendente. Inquietante. Encantador.

Determinante.

Aunque, por otro lado, no deja de ser normal.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Melancolía

Para hacer justicia a mi nombre y antes que nada, quizá debería relataros todas las cosas que he sido. Más aún, deberíais saber todas las cosas que puedo llegar a ser. Porque, aunque sea cierto que se me conoce por muchos nombres, nunca se tiene una idea real de lo que soy hasta que se me vive. No tengo un comienzo concreto, y mientras seas capaz de leer, mientras exista alguien, estaré ahí, al acecho o devorándote. Pero basta de presentaciones. Ya nos conocemos.

Durante mi intempestiva existencia, he recorrido la historia (literalmente, de principio a fin) representado en la imagen de las más diversas cosas. Puedo ser el mar. Puedo ser una lágrima. Puedo ser la carta que sostengas tembloroso entre las manos. Soy el lugar equivocado y el momento equivocado. Un caballo demasiado lento. La suerte del otro.

Habito en las voces, en los lugares, en los sonidos. En las ideas. Soy esa frase que no quieres oír o no quieres recordar. Soy ese sitio con el que topas sin quererlo. Esa canción. Ese piano. Ese saxofón. Esa voz.

Pertenezco a todo aquello que no quieres reconocerte. Esa foto que dice más de lo que se ve. Ese gesto sencillo que te desgarra. La ausencia que te destroza. El viento susurrándote que no. O que sí.

También tengo residencia en ese vaso medio vacío. Soy esos hielos derritiéndose. Esa ceniza que cae. El polvo que desaparece. El recuerdo que quieres olvidar y no puedes. Soy tu vida.

Formo parte de esa persona que quieres encontrar y que no existe. Soy la idea de la muerte y sus consecuencias.

El olvido.

La sensación que tienes cuando terminas de escribir algo que no querrías haber escrito.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Edunel II

Sentado en mi sillón de cuero, observaba entre perplejo y asustado aquél sobre que había aparecido no sé muy bien cómo en mi escritorio. No había sellos, ni destinatario. Simplemente aparecía un remite, en tinta negra, probablemente escrito con pluma, con una tipografía que parecía del siglo XVII. Una sola y única palabra que no había vuelto a mi cabeza desde hacía mucho. Desde aquellos años en el manicomio.

Mi secretaria abrió la puerta. Llevaba un jersey azul, de cuello alto. Me gustaba ese jersey. El pelo castaño y las gafas apoyadas en la nariz, en esa postura que uno espera de una secretaria.

- La policía está ahí fuera. Desean hablar con usted a raíz de la desaparición de Euclides.

- Muy bien, diles que suban.

Me giré, mirando de frente a aquél papel que me acreditaba a ejercer la abogacía. Me costó lo indecible poder superar aquél infierno que fue el sanatorio mental. Medicinas que me aturdían y atontaban. No saber exactamente dónde estás. No saber si estás.

Pude con ello, lo superé. A pesar de las alucinaciones. A pesar de que mi primera y única amiga allí no fuera más que un producto de mi imaginación. Conseguí curarme, conseguí salir. Me dejaron volver a ejercer. Está bien, no tengo casi ningún cliente. No es extraño, ¿Quién quiere que le represente alguien que hasta hace poco era considerado una persona trastornada?

Y sin embargo, un tal Euclides, el 14 de mayo, decide cruzar a ciegas una autopista. Sobrevivió de milagro. Fue denunciado por temeridad, y pidió expresamente que yo lo representara. Durante el juicio ignoró por completo lo que ocurría, como si no fuera sobre su futuro sobre lo que se estaba hablando. Mientras testificaba dijo que aquella parafernalia le parecía más bien insulsa y que no estaba allí por su persona. "Mi misión es que Edunel llegue a una persona en concreto".

Aquella frase me puso los pelos de punta. Otra vez aquél nombre. Otra vez la pesadilla.

Otra vez.

Más tarde, durante un descanso del juicio, desapareció. Nadie sabe adónde fue. Yo no quería saberlo, sólo quería volver a mi despacho tras prestar una rápida declaración que prometí expandir en mi lugar de trabajo.

Y una vez aquí, esta maldita carta revive todo. Abro el sobre, como queriendo que se trate de una broma.

"Querido mío. Desde que llegué a Edunel (o volví, quién sabe) no he podido parar de pensar en ti. Cada árbol, cada brisa de aire puro. Todos los detalles que creo, incluso los más insignificantes, me recuerdan a tu persona. Sé que ahora creerás que todo esto forma parte de tu imaginación, incluso esta reflexión. Tampoco te pido que creas en esto, sé que al final ocurrirá lo que realmente quieras. Sólo quería darte las gracias. Gracias porque si no fuera por ti, por tu inspiradora presencia y porque, en el fondo, tu calidez siempre dio alas a mi imaginación, nunca podría haber llegado hasta aquí. Este lugar es precioso porque siempre es como quieres que sea.

Tampoco voy a decir que esto sea sólo para darte las gracias. También quiero pedirte que vengas conmigo. Sólo hay algo que mejoraría este lugar, y es que tú estuvieras conmigo. No hace falta un billete ni equipaje. Basta que lo desees. Basta que creas que ya has tenido suficiente y que en realidad la vida que vives no puede depararte nada que no esperes o que no temas. Simplemente necesitas creer que ya has tenido suficiente.

Te amo.

P.D :Si crees que estás listo, simplemente cierra los ojos."

Cuando volví a abrirlos, me encontraba en un prado inmenso.

-Mi vida -escuché detrás de mí. Esa voz sonaba como una cascada. Como el aleteo de miles de mariposas. Como sentir el Sol en la cara. Como el sueño de dos enamorados.

Me giré, nervioso. Nos miramos. Nos encontrábamos en un gran prado, con alguna flor diseminada por el lugar. La brisa mecía nuestros cabellos.

Al momento corrimos uno en brazos del otro, y la tensión pareció disiparse, como si hubiera dejado paso a algo más poderoso. Como si algún dios hubiera dejado espacio en un pequeño espacio de realidad para crear aquél momento. Como el mar revuelto. Como un grupo de caballos corriendo salvajes por un camino de tierra. Como una bandada de gaviotas sonriendo a las nubes.

Por fin, después de mucho tiemo, era libre.

miércoles, 21 de octubre de 2009

El Castillo de Tartaglia

Eran ya pasadas las doce de la noche cuando estaba llamando a la entrada del Castillo de Copérnico, situada en una pequeña colina solitaria de la región de Galileo. Una vez más me reprochaba a mí misma el estar golpeando la gran y pesada puerta de madera, mientras repasaba mentalmente la disparatada cadena de acontecimientos que me acercaba inexorablemente a un final inexplicable. La lluvia caía con fuerza en mi cabeza mientras el viento me helaba.

Al otro lado de la puerta se oyó el eco de unos pasos rápidos y firmes. Suspiré. Pude percibir cómo alguien ponía en marcha los mecanismos de apertura de la puerta. Posteriormente, un largo y quedo chirrido anunció que ésta se encontraba abierta.

Frente a mí, no estaba otro que el popular escritor Esteban Mayor. Lo saludé con un ademán de cabeza y él me invitó a entrar. Pasamos por un amplio pasillo de piedra gris, en silencio. Por todo foco de luz, una vela que él llevaba en la mano.

Subimos por una escalera de caracol y finalmente llegamos a una pequeña y agradable habitación, alumbrada por una chimenea. Frente a ella, dos cómodos sillones de cuero. Las paredes de la habitación estaban cubiertas por estanterías que no parecían tener fin, las cuales se hallaban repletas de libros. El anfitrión señaló uno de los sillones y él se sentó en el otro.

- Me alegra que haya aceptado mi invitación -comenzó él.

- Oh, cállate -le espeté mientras dejaba mi bufanda de lana sobre una mesita de cristal situada al lado de mi asiento-. No te soporto como ser humano ni mucho menos como escritor. Si vine es porque no sé porqué demonios alguien como tú va a querer que yo venga a esta mierda de lugar.

- Precisamente es tu falta de aprecio hacia mí y hacia mi trabajo lo que hace que estés sentada en ese sillón. Verás, mi editorial me ha encargado un nuevo libro sobre vampiros, pero esta vez ambientado en algo más clásico. Ya sabes, castillos, poderes místicos, permisos para entrar... cosas de esas.

- Al menos así puede que quede mejor que la bazofia de tu anterior saga.

- Si, ya sé que no te gusta de mi trabajo. Teniendo en cuenta que te dedicas a pintar cuadros, sigue siendo un misterio para mí porqué dijiste de mí que era el escritor más inepto que habiás visto y leído en tu vida.

- Creo que el talento que tienes bien merecía un elogio a la altura.

- Muy aguda. En fin, vayamos al grano. No soy mucho de ambientarme antes de escribir una historia ni nada por el estilo, pero mis editores comenzaron a lanzarme demasiadas peticiones. Que si pon algún animal que defina la escena, que si un ambiente sórdido, que si un miembro de la nobleza... Así que por eso me vine aquí, a un sitio alejado y oscuro para poder empaparme de la cultura. Este castillo, aquí donde lo ves, perteneció al conde de Tartaglia, un tirano feudal como cualquier otro. Incluso creo que tienen un museo sobre él en el pueblo, pero ya sabes, habladurías de gente de pueblo.

- Yo soy de pueblo.

- Lo que sea. El caso es que llevo aquí más de un mes y soy incapaz de escribir algo que no sea superficial, sin sentido...

- Creía que a estas alturas estarías acostumbrado.

-... y no sé porqué -prosiguió, ignorando mi comentario-. Paseo en solitario por un castillo lleno de ruidos que podrían ser cualquier cosa. Aquí hasta las mañanas son siniestras y todo iría genial si no fuera porque un maldito gato golpea mi ventana todas las noches y no me deja dormir.

- Bueno, basta -dije, levantándome del sillón mientras comenzaba a ponerme la bufanda y el abrigo.

- ¿Qué ocurre?

- Que ya he perdido bastante mi tiempo. Ya creo que eres el escritor más inepto que he visto nunca. Me atrevería decir que el más inepto de toda la historia. Si te molestaras un poco en mirar a tu alrededor verías que tu maldita historia se está escribiendo sola. Si hubieras perdido diez minutos de tu tiempo en entrar en el museo del pueblo hubieras visto decenas de testimonios de hace quinientos años que aseguraban que en el castillo en el que ahora vives se podía oír gritar a multitud de hombres, presos de un sufrimiento terrible. Dicen que todavía huele a sangre en los calabozos, aunque apuesto a que ni siquiera habrás bajado. ¡Hasta un puñetero gato toca a tu ventana! ¿Qué más quieres?

Salí de allí, entre frustrada y enfadada. Avancé por el camino y un gato negro saltó de una rama cercana y se quedó, inmóvil, tres metros por delante de mí. La nieve estaba a ambos lados del camino y Esteban hacía rato que había cerrado la puerta del castillo, enojado también.

El minino, de tamaño medio, me miraba con unos ojos negros, profundos. Con la sabiduría de alguien que ha vivido mucho. Parecía sonreir. Finalmente saltó del camino y se perdió entre el bosque. Yo me acerqué a mi coche, entré y salí de allí.

Meses después, acababa de vender mi cuadro de Noche en el Castillo de Tartaglia cuando recibí una llamada telefónica. La editorial había cerrado el contrato con Esteban Mayor y, por lo visto y todavía en el castillo, éste se había suicidado. Consternada, fui a beber un vaso de agua a la cocina. Cené y me acosté.

Me tumbé, mirando a la ventana.

Y allí estaban, inmóviles y pacientes, como si siempre hubieran estado allí, aquellos ojos negros y profundos, implorándome entrar desde el otro lado.

jueves, 8 de octubre de 2009

Payaso triste

Aquél día volvía a casa del colegio como cualquier otro. Con mis ocho infantiles años todo parecía nuevo. Con la seguridad que da la rutina, giré la esquina que me llevaba a mi portal. Y justo allí, en la puerta de mi edificio, había un payaso. Ya había visto muchos. En la tele, en el circo... Pero aquél era distinto.

Llevaba un disfraz de un color azul chillón y una gran pajarita morada brillante. La cara pintada de blanco y unos grandes labios gruesos de un rojo intenso estaban pintados sobre su cara en forma de una sonrisa. Una peluca roja y una nariz a juego. Estaba sentado, con las manos agarradas en las rodillas. A ratos tenía la mirada fija en el suelo. Otras veces se quedaba mirando el horizonte, como imaginándose lejos de allí. Lejos del mundo.

Pero no eran esos pequeños detalles lo que le diferenciaba especialmente del resto de payasos. Aquel payaso era el primero al que yo había visto llorar. Parte de su maquillaje estaba disuelto por las lágrimas, y la sonrisa dibujada quedaba macabra en contraste con la cara de tristeza de aquel hombre.

Por primera vez pareció darse cuenta de mi presencia. Se esforzó en sonreir, pero su intento terminó en una especie de balbuceo culminado por un sordo sollozo.

Titubeé, sin saber muy bien qué hacer. Con la inocencia que caracteriza la infancia, me acerqué.

-Hola -le saludé.

-Hola -contestó, de manera apenas audible.

-¿Por qué estás triste?

-¿Por qué crees que estoy triste?

-Estás llorando.

- Buena observación.

Se hizo un silencio incómodo, el primero que recuerdo en mi vida.

-Odio mi trabajo.

-¿No te gusta ser payaso?

-Antes sí. Lo adoraba. Las risas de los niños eran todo lo que necesitaba para saber que lo que hacía merecía la pena. ¿Pero sabes? No lo merece.

-A mí me gustan los payasos...

-Ahora sí, pero ¿Y cuando crezcas? ¿Te acordarás de mí? ¿De alguna actuación infantil? ¿Pensarás que te ha servido para algo? No lo creo.

-¿Por qué? -cada frase mía iba sumiendo al payaso en una depresión mayor, mientras yo veía que la conversación iba alcanzando una altura que con esa edad no tenía.

-Recuerdo mi primera actuación. Era el cumpleaños de un chico de cinco años, con melena rubia y unos preciosos ojos castaños. Aquél día fue el que más se río de todos los que actuaron, y me llevé un grato recuerdo y una foto de él encima de mí que siempre llevaba conmigo en todas las actuaciones. Pasaron los años y yo seguí, ilusionado con mi trabajo. Hasta que diez años después , dando un paseo por la noche encontré a un joven tirado en la acera. Se encontraba tumbado, únicamente con la cabeza apoyada en el bordillo. Los brazos abiertos, como esperando una explicación, y las piernas se encontraban en un ángulo que parecía imposible. Su jersey negro llevaba restos de lo que parecía su propio vómito, que se encontraba desperdigado en torno al cuerpo. Iba a seguir mi camino hasta que me fijé más en el chaval. Un chico con melena rubia y unos ojos inconfundibles. Me acerqué a él, le dije quién era, pero me apartó de su lado con un empentón, diciendo que le dejara en paz. Le mostré la foto y la hizo añicos. Me escupió y dijo que un payaso siempre era un payaso. Y encontes entendí que yo pertenezco a una parte de la vida que la gente cada vez más se esfuerza por dejar atrás y olvidar. Se avergüenza de haber pasado tiempo conmigo. A partir de ese día en cada niño veo un reflejo de aquél chico de melena rubia y ojos castaños, y en cada persona más mayor veo gente que pretende olvidar haberme conocido. Y me he cansado. La gente no merece tener una infancia. Y yo no quiero proporcionársela.

Hacía rato que yo ya estaba llorando, pero no aguanté más. Entré corriendo en el portal, desconsolado.

-¡No huyas de tu infancia! ¡No tengas miedo por crecer! ¡Pero sobre todo, hazte un favor a ti mismo y no destroces tu vida!

Hoy en día, recuerdo con cariño aquella anécdota. No porque creciera antes ni porque me aferrara más a la infancia. Tampoco supuso un punto de inflexión. Pero fue aquella conversación la que hizo que, hoy día, lleve más de treinta años dedicándome a algo que me hace tremendamente feliz. Soy payaso.

Obviamente me entristece que las personas olviden esa parte de su vida. O mejor dicho, que renieguen de ella y hagan como si no hubiera existido. Pero me gusta pensar que hay gente que puede recordar con cariño haber estado conmigo.

Y, por encima de todo, creo que todo el mundo tiene derecho a una infancia, por mucho que luego la desperdicie en la inútil carrera hacia el futuro, donde uno tiende a olvidar todo lo aprendido.